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Flaubert, una y otra vez

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Lejos de mí querer adoptar un tono confesional, pero si tuviera que mencionar tres desdichas de mi vida, serían: tener quince kilos de más, ir por el segundo o tercer divorcio y haberme convertido en periodista de investigación. Este último punto tiene a la vez ciertos beneficios, como estar habilitado para hablar de lo que no sé, opinar de lo que no conozco, polemizar sobre aquello que ignoro. Incluso el periodismo de investigación nos permite hablar sobre libros que no hemos leído, y ser igualmente respetados en términos profesionales. De hecho, ahora mismo pienso opinar acerca de Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero, novela recientemente publicada por Eterna Cadencia, de la que aún no leí ni una línea.

Aunque, mejor dicho, no pienso hablar del libro, sino de la reseña que sobre él se publicó en este mismo suplemento Cultura, el domingo pasado. La reseña periodística, como género, está atravesada por una tensión: por un lado, pretende informar a los lectores sobre los contenidos del libro, sus argumentos, su estilo, la trayectoria del autor. La reseña supone, generalmente con razón, que el lector no leyó el libro, y se siente en la obligación de resumírselo (cuando se apoya sólo sobre esta dimensión, este tipo de reseñas corre el riesgo de volverse apenas una glosa del libro reseñado). Por otro lado, la reseña pretende instalar una dimensión crítica, algún tipo de discusión a partir de libro reseñado, ir un poco más allá de la demostración de que el libro ha sido leído, para testimoniar ante todo que el libro ha sido pensado. La reseña de la novela de Romero –a cargo de Betina González– busca balancearse entre una y otra opción, y en general lo logra. Pero hay un punto sobre el que vale la pena detenerse, aun sin haber leído el libro. Un punto que toca un nudo mayor y que permite reflexionar sobre los modos en que la crítica lee, lo que cierta crítica parece exigirle hoy a una novela, lo que la crítica puede hacerle decir a la literatura o, tal vez, lo que le impide decir. Es el momento en que la crítica, en lugar de abrir una discusión, la obtura. El instante en que nos informa sobre sus propias limitaciones antes que sobre las de la novela reseñada. Algo de eso ocurre en un párrafo crucial de la reseña de González cuando, para justificar su valoración negativa de la novela, escribe: “El problema es que los episodios se acumulan en la vida de Roque, pero Roque sigue siempre igual, como si nunca creciera (…) No hay relato porque no hay verdadera transformación del personaje ni verdaderos conflictos que hagan avanzar la trama”. Cada una de esas frases está cargada de la más convencional ideología literaria. Hace más de 130 años que Flaubert escribió Bouvard y Pécuchet, novela donde la trama no avanza y los personajes no crecen, no aprenden nunca de sus errores. ¿Qué trama avanza en El castillo, de Kafka, o en Proust o en las más grandes novelas modernas? ¿Cómo puede pensarse aún que son los “conflictos” los que hacen avanzar una trama? Dicho de otro modo: ¿cómo las tácticas flaubertianas pueden aún ser revulsivas, pueden ser pensadas como “un problema”? Yo me inclinaría por lo contrario: pensar de qué modo esa tradición se ha vuelto ya mainstream, lugar común, como suele suceder muy a menudo en la narrativa contemporánea. Ahí sí hay “un problema” que la reseña de González no logra ni siquiera rozar.



Damián Tabarovsky