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Suele pasar. No con mucha frecuencia pero suele pasar.

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Suele pasar. No con mucha frecuencia pero suele pasar. En medio de una reflexión, que puede ser banal o crucial (no, no va a haber más aliteraciones, le prometo) una retrocede con algo de no tanto como espanto (ésta se me escapó) pero sí como con algo de inquietud. ¿Y si las cosas no fueran como son? O como creemos que son. ¿Si fueran traicioneras? ¿O simplemente maliciosas? Cosa que comportaría una especie de conciencia que invadiera todos nuestros actos y más. Una especie de materia oscura. Y ya que estamos: ¿y si la materia oscura fuera la responsable de semejante no sé si catástrofe pero sí semejante desastre? Puesto que sí, nos lo dicen los señores que de eso saben mucho, puesto que sí, en efecto el universo está compuesto por un noventa y cinco por ciento de materia oscura y el resto es fruslería nomás, supongamos aunque sea por juego que la materia oscura sea lo que nos engaña. Ay. ¿Querríamos salir del engaño? Hasta ahora nos ha ido no digo que bien pero pasablemente y en ocasiones maravillosamente. ¿Para qué nos vamos a poner a investigar? Acordémonos de la fábula “si quieres ser felices no analices etc”. Bueno, pues no investiguemos o investiguemos con cierta cautela que eso no nos cuesta nada. La tarea puede ser difícil ya que si vivimos en una ilusión, nos va a costar salir de ella: ¿qué hay más allá, eh? Y si lo que hay no nos gusta? ¿Y si es espantoso? ¿Y si abre las fauces y nos devora? Bueno, no se me asuste, querida señora.

Esto no es más que un juego que se juega sabiendo que en cualquier instante nos acordamos de que tenemos que ir al supermercado y dejamos de reflexiones y es posible que gracias a eso dejemos de lado toda inclinación hacia la espantosa tragedia que comporta (a veces) la curiosidad. Es tentador, ya lo sé. Y creo que hubo en nuestra larga historia como reyes (?) del mundo, por lo menos del mundo, porque no me animo a decir del universo, vea, creo que hubo quienes se inclinaron a ese tipo de cavilaciones y que gracias  ellos tenemos cosas como Las Señoritas de Avignon y la vacuna contra la viruela (y ya vamos hacia la vacuna contra el cáncer) y la Quinta Sinfonía de un tal señor Beethoven y la relatividad general concebida por un tal señor Einstein y pare de contar porque si seguimos no terminamos ni hoy ni mañana. Y no es que seamos genios. Per sí es que tenemos algo, no sé muy bien qué y si usted es creyente ya me entiende y si no lo es posiblemente no le importe, tenemos algo que nos inclina a pensar y a pensar tanto tonterías como detalles ínfimos que de pronto pueden adquirir dimensiones siderales. Bienvenido sea ese algo. Que tal vez dependa de lo que cada uno de nosotros y cada una de nosotras utiliza para seguir viviendo, bailando, comiendo, pensando, enamorándonos, desesperándonos y… sí, depende. Depende de las formas. Hay quienes piensan el mundo en sonidos, perdón, en música quise decir.

Hay quienes lo piensan en dimensiones, hay quienes lo piensan en colores, hay quienes lo piensan en signos que pueden ser palabras cifras notas y lo que a usted se le ocurra, y todos tenemos razón porque todo eso es el mundo y sigo sin animarme a hablar del universo. Que es, me parece a veces, demasiado enorme aunque si se lo mira por el microscopio, en fin, ya alguien más importante que yo habló de eso, es muchísimo más pequeño, y si se lo mira por el radiotelescopio despierta reflexiones frente a las cuales estas pocas palabras no tienen sentido. O tal vez sí, quizás todo tenga sentido y eso nos consuele frente a la impresión de finitud que nos asalta cada vez que nos arriesgamos, cada vez que medimos el camino que podemos recorrer con nuestras  virtudes y nuestras falencias.  Habrá que ver qué armas, qué utensilios reclama cada uno de nosotros para hacer semejante excursión por esos senderos ya recorridos desde que alguien miró a su alrededor y pensó en el sentido de li que veía. Mejor no pensemos en ese antiguo padre de la filosofía y el espanto. Mejor. Hablemos de otra cosa. De su profesión, querida señora, de sus títulos académicos, estimado señor, de las plabras, esas palabras que, ellas también, forman el mundo.