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Francisco y la política

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La elección de Jorge Bergoglio como máxima autoridad vaticana reactualizó una lógica procedimental y discursiva muy arraigada en la cultura política argentina: las apelaciones a lo religioso –a las instituciones, a sus referentes, al universo de símbolos y lenguajes– bajo la pretensión de transferir legitimidades hacia la arena de la disputa política. Se abrió así un nuevo escenario político en el que su figura se posiciona como un actor ineludible en la escena internacional. 

Históricamente, el dispositivo católico ubica la figura del papa como un protagonista carismático único en la catolicidad. La renuncia por problemas internos de Benedicto XVI, según afirmó, “después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia”, desacralizó y secularizó el cargo. Las consecuencias de ese hecho, que se dio por primera vez en la historia vaticana, son impredecibles. 

El papa Francisco tuvo como primera tarea obligada la de poner orden en el Estado del Vaticano en lo referido, entre otras cuestiones, a sus finanzas, a las denuncias de abuso sexual y a las relaciones con el exterior; asimismo, la de mostrar otra imagen pública de la institución eclesiástica que se diferencie de la degradada en los últimos años de Juan Pablo II y ausente y conflictiva durante Ratzinger. 

Sus mensajes son traducidos en clave política y son motivo de especulaciones y cálculos a nivel planetario. Los tiempos, los gestos y las palabras son decodificados desde múltiples aristas. En definitiva, forma parte de una nueva fase de la política global, convertida en un gran tablero de ajedrez con piezas religiosas que han recobrado mayor centralidad. Los temas sociales y políticos son su fuerte, teniendo en cuenta que Europa se inclina a la derecha y a la extrema derecha, y las antiguas esperanzas socialistas y verdes se desvanecen, con crisis profundas de empleo y una xenofobia latente, y con los Estados Unidos eufóricos en sus guerras preventivas que destruyen pueblos y civilizaciones. En este contexto, sus mensajes de crítica “al sistema” y a la “globalización financiera”, su rechazo a toda guerra y en especial en Medio Oriente, sus gestos de humildad y sus pedidos de mayor justicia y distribución de la riqueza tienen repercusión mediática mundial. 

Si bien su postura puede parecer novedosa, no olvidemos que son continuidad de una política vaticana que viene privilegiando esos temas desde hace décadas. Su experiencia, sus gestos y sus formas latinoamericanas y argentinas son diferentes de la forma alemana y doctoral de Ratzinger, pero tiene amplias similitudes en lo gestual y popular con las del polaco Juan Pablo II, aunque sus palabras apuntan a públicos diferentes. Mientras trata de incluirlos a “todos”, Francisco elude ser explícito en los temas controvertidos. No está en su horizonte de sentido realizar reformas estructurales, sino extender los límites actuales. Estamos frente a un conservador inteligente que piensa políticamente la presencia pública y religiosa de la institución católica en un mundo que reconoce globalizado y en el que lo mediático tiene trascendencia. Hay que tener en cuenta, al analizar su figura y sus promesas, que el que ha cambiado no es el Vaticano sino que el cambio se produjo en las grandes potencias y sus sociedades, que cada vez más son la expresión del ajuste globalizador y de la respuesta militar a las amenazas. (...)

Luego de dos años de mandato, el Papa aparece preocupado por los problemas internacionales y de reestructuración del Vaticano, y por los temas internos de la Argentina, tanto en lo político como en lo religioso. En un año electoral como es 2015, ha decidido tener una presencia discreta y apoyar a los candidatos de los partidos mayoritarios como a personas en particular, dado que éstos se reconocen también en su pensamiento y figura. El “recen por Cristina” y las entrevistas dadas a la presidenta Kirchner muestran un nuevo modus vivendi cordial y complementario entre el gobierno nacional y el cardenal Bergoglio, que también colabora con la gobernabilidad y amplía el sustento de la Presidenta. Asimismo, aumenta la visibilidad católica y dificulta a los poderes Legislativo y Judicial la aplicación de medidas tendientes a ampliar derechos en temas relacionados con la despenalización del aborto, la salud reproductiva, la conciencia individual y la libertad e igualdad religiosa. 

Los cambios producidos en el proyecto de reforma del Có- digo Civil a lo propuesto por las comisiones de expertos y en las audiencias públicas expresan los intereses realmente existentes. La influencia de la Iglesia y de sus lobbies de apoyo, que había sido relativizada parcialmente en las discusiones parlamentarias sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y en la formulación de políticas educativas desde la perspectiva de género, recuperó así su protagonismo y eficacia. 

Los obispos católicos venían pronunciándose, desde la Asamblea Plenaria de 2012, en contra de varios aspectos del proyecto, fundamentalmente en las cuestiones que aludían a la fecundación artificial. Condenaban la negación de 
la condición de persona a los embriones aún no implantados en el seno materno y rechazaban la maternidad subrogada. Finalmente, se excluyeron del proyecto de reforma los artículos que regulaban la fertilización post mortem, la gestación por sustitución y la protección del embrión no implantado. Y el polémico artículo 19 quedó redactado de la siguiente manera: “Comienzo de la existencia. La existencia de la persona humana comienza con la concepción”, con lo cual se eliminó toda referencia a las situaciones de reproducción humana asistida y se obturó la discusión aún pendiente sobre despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo. 

Si bien sobre estos tópicos se generaron marchas y contramarchas, nunca estuvo en la agenda de la 
reforma del Código Civil la modificación del articulado referido a la personería jurídica pública de la Iglesia Católica ni a la eliminación del Registro Nacional de Cultos, en el que no se incluye a los que “profesan la religión Católica Apostólica Romana”.

*Investigador del Conicet/ Fragmento de su nuevo libro, El mito de la Argentina laica (Capital Intelectuall). 



Fortunato Mallimaci