COLUMNISTAS RESPUESTA POLÍTICA

Franciscolemia

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Todo aquel que aspira a algo en este país tiene que haber pasado por Roma en el último año y medio. Francisco es el aire que se precisa para poder tener el visto bueno de la humanidad. La inmensa mayoría de quienes han ido a visitar al Papa lo tuvieron a no más de quince cuadras durante una década, pero hicieron lo imposible para no cruzarlo.

Desde aquel habemus papam, buena parte de quienes lo visitan no tienen ni la menor intención de vivir los valores austeros que parece transmitir al mundo este jesuita. Ven en él cierta sencillez que ellos en verdad aborrecen. Pero se precisa la foto cercana al líder, con el cual se comparte poco y nada en los fundamentos más íntimos.

Ese “como si” carente de pudor es lo que se presenta como perturbador. Se trata de un acercamiento a la legitimidad de otro –muy distinto a sí– para aumentar la propia.

Lejos de sacralizar al Pontífice interesa destacar en qué medida nuestros dirigentes precisan de otras figuras para tener notoriedad. El obispo más importante del mundo se ha vuelto un talismán contradictorio, un amuleto al cual hay que ir a tocar. Todos lo miran y todos quieren la foto.

Mendicantes, los políticos se toman unos días de vacaciones en la hermosa Ciudad Eterna para volver con el rosario bendecido (que jamás rezarán), luego de lo cual gozarán del usufructo de la imagen positiva ajena.

El Papa tiene un capital simbólico que todo político quiere: una absoluta aprobación. Su palabra ha logrado una sacralidad laica: todos quieren tener su venia, por ello todos van al pie.

No faltan quienes nos revelan que recibieron un correo electrónico o trasciende que el Papa les dijo algo en alguna conversación. En ese contexto, tener la aprobación de los dichos del Papa se ha transformado en una calcomanía que cualquiera quiere llevar en su auto (algo así como una bendición laica que da prensa e invisibiliza las lógicas de corrosión mutua de la cotidianeidad de la vida política argentina).

Todos saben que hoy el Papa “mide”. Si lo que se disputa en la contienda electoral de 2015 es la toma del poder público de la audiencia, y si hoy este hombre vestido de blanco mide, allá vamos y allá iremos. Punto. Pragmatismo político y tragarse el sapo de un pasado inmediato de repudio y/o silencio.

Sin duda Francisco es una referencia internacional y es normal que lo sea como líder religioso mundial. No se discute eso. Tampoco el problema es que algunos usen al Papa. Jorge Bergoglio conoce al dedillo cómo juegan las celebrities sedientas de flashes. El asunto es más profundo.

Esta migración hacia su persona evidencia la ausencia de valores de una nación que va detrás de quien tenga luminosidad pública, mostrando así cómo las lógicas de la conducción política son dependientes de prestigios ajenos y visibilizando la necesidad de una legitimidad extrínseca ante la vacancia de la propia.

La terminación “emia” en medicina indica una “presencia anormal en la sangre”. En la Franciscolemia argentina su “panpresencia” viene a ocupar un vacío ético institucional que busca una voz externa que disipe los conflictos internos. Grita nuestra crisis republicana y pone de relieve nuestra degradación moral como sociedad autónoma.

Ojalá nos repongamos de esta frenética Franciscolemia para que emerja una institucionalización política que obedezca a procesos de consenso y construcción social conjunta, asentados en debates políticos estables y constructivos que dependan de la honestidad y el compromiso de quienes fueron elegidos por la ciudadanía.

Seguir buscando en torno al Papa las respuestas políticas para el futuro es confirmar –una vez más– un cúmulo de derrotas en nuestros representantes. Es admitir la lamentable precariedad simbólica de nuestro presente. Ante ello tenemos que aceptar con responsabilidad cívica que debemos construir nuestro destino como sociedad recordando, de ser necesario, que no todos los caminos conducen a Roma.

*Filósofo y doctor en Ciencias Sociales.
@NicoJoseIsola



Nicolás José Isola