COLUMNISTAS EPISODIO TRAUMATICO


Franco o sincero

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Esa mañana, el director de la cárcel de Olmos dijo: “Los va a acompañar un guardia sin armas, tranquilos, total acá no hay culpables...”. Adentro, comprendí el sarcasmo. Los presos que entrevistamos, con condena firme a veinte años de promedio, negaban toda o parte de su responsabilidad. “Me plantaron el arma”, “yo no fui el que disparó”, “me vendió mi abogado”, “me confundieron con uno parecido”. El trato era franco, los testimonios parecían sinceros.
Algunos años después, el “carapintada” Aldo Rico observó con ironía que “la duda era una jactancia de los intelectuales”. Aun cuando, naturalmente, no me involucraba, ese día confirmé que mi única verdad –contra lo que afirmaba Perón, citando o robando a Aristóteles– no sería la realidad, sino la duda. La verdad, manipulada por hábiles declarantes, se ajusta a los intereses propios. Brancatelli, Víctor Hugo Morales, Paenza, Niembro, Báez, Cristina, Moyano, Grindetti, Grondona. Según los cuentos de la Biblia, hay una que “nos hará libres”. Pobre de mí entonces, seré siempre prisionero de la duda.
Ella, la duda, me ha dado sus satisfacciones. Me hizo desconfiar de militarismos y peronismos varios, montonerismos, lopezreguismos, dictaduras, menemismos, kirchnerismos, camporismos, anibalismos, sciolismos, de escribas, verseros y relatores. Pero debo admitir que la compañera tiene sus lados sombríos. Hay que bancarse andar por la vida, en bolas y sin documentos, cantando como un loco suelto La canción de los vagabundos de Raúl González Tuñon, en versión de Alejandro del Prado. “... Prosigamos si dios quiere, nuestro camino sin dios, que siempre se dice adiós, y una sola vez se muere...”.
Hay que tener coraje para sufrir sin un Jesús en la boca, sin cruz, ni espada, sin una miserable verdad en la que refugiarse cuando la vida azota y desespera. Quién no desearía que haya un Dios, un Alá, un mesías, un dalai, un krishna, un gordo trucho de la India,  cualquiera que haga un poco de divina justicia cuando ves a un pibito tirado en la calle. Por suerte hay quien da una mano, Margarita Barrientos ponele. En esa gente, la que labura y sale cada día a ganarse decentemente la vida, en ésa sí que creo. Y en la Justicia, cuando resuelve las dudas de todos y dicta sentencia.
Es probable que Franco Macri, como capo mayor de “la familia”, sea el responsable final de las sociedades offshore, pero el nene Mauricio ya era grande cuando lo nombraron director y lo probaron como heredero de las empresas. Puede alegar, eso sí, que todo sucedió cuando sólo era uno de esos tristes niños ricos de los que hablaba Menem. Franco lo pasaba por arriba y abajo no respetaban su cargo. Entonces nadie le pedía opinión, ni una declaración jurada.
Era, probablemente, un simple “extra” en la película de su vida. Como en la que aparece arriba del caballo, en segundo plano. Fue con un amigo a ver el rodaje y les pidieron que montaran un par de yeguas para hacer número. No recuerdo ahora el título, pero hay una copia. Ahí está, en blanco y negro, el tanito del Newman, antes de Boca, antes de ver El padrino, en la casa paterna y escuchar decir: “La política y el crimen es lo mismo”. Antes del secuestro, de que lo encierren en un ataúd y lo mantengan cautivo doce días en un pozo.
Parece ser que fue tras ese episodio traumático cuando se fueron abriendo lentamente uno del otro. El padre no confiaba en el hijo y al hijo le pesaba cada vez más el Corleone que cargaba sobre los hombros. Todo puede explicarse, pero hay que hacerse cargo de lo que toca. Me dice mi duda que una verdad, como la que ahora el Gobierno promete decir siempre, para ser tal debe tener una memoria completa y de piernas largas, capaz de saltar las trampas del olvido. Mientras tanto, a la hora de seguir persiguiendo mi verdad, me resguardo de la intemperie bajo el techito de la duda. Mauricio no será Franco, pero debe ser sincero.

*Periodista.



Carlos Ares