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Frankenstein, la pulga y el bon vivant

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“Las diferentes sensaciones de encantamiento o disgusto descansan, no tanto sobre la condición de las cosas externas que las suscitan, como sobre la sensibilidad peculiar a cada hombre para ser grata e ingratamente impresionado por ellas. De ahí proviene que algunos sientan placer con lo que a otros produce repulsión”

Immanuel Kant (1724-1804); de ‘Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime’ (1764)


Si a Borges nunca le dieron el Nobel de Literatura, ni el Citizen Kane de Welles ganó un Oscar, ¿realmente podemos confiar en la ecuanimidad de ciertos premios, aún los más prestigiosos? ¿Sirven para algo? Los que entrega el mundo del fútbol de elite, al menos, son útiles para atraer sponsors, facilitar alianzas comerciales y potenciar aún más el negocio, mientras los jugadores y sus parejas exhiben sus modelos exclusivos. ¿No es encantador? Tanto brillo ciega, a veces.

El Balón de Oro fue una excelente idea que, en 1956, tuvo la revista France Football para aumentar la venta de ejemplares en diciembre, consagrando al mejor jugador europeo de la temporada con el voto de un centenar de colegas de todo el continente. Al principio no había ceremonia, ni trofeo: sólo el honor de aparecer en la última tapa del año. Con los años, el premio se convirtió en un clásico. En 1995 se incluyó a los extranjeros –lo ganó el liberiano George Weah–y ya en 2007 internet globalizó la competencia. Esto “inspiró” a Blatter que, resignado a que el FIFA World player of the year creado por Havelange en 1991 jamás alcanzaría ni su prestigio ni su repercusión, le propuso al Grupo Amaury, propietario de la publicación, asociarse y unificar los premios. Así, en 2010, nació el Balón de Oro FIFA. Negocio para todos.

Elegir un “mejor jugador” niega, de hecho, el espíritu colectivo del juego donde cada pieza cumple con un rol. ¿Pero a quién le importan estas nimiedades? Todo es comparable si la gente se engancha, se divierte y, sobre todo, si consume. Vayamos a lo nuestro, entonces. La entrega de la pelotita dorada 2013 y la polémica que desató.

La ceremonia fue como todas. Tediosa, con sonrisas de ocasión, un clima de acto escolar donde la tensión se devora lo festivo. Otra vez Messi sorprendió con un audaz traje fucsia aterciopelado de Dolce & Gabbana, pero se lo veía algo incómodo, como un adolescente en su primer baile. Sólo lo rescataba la sonrisa de Antonella Roccuzzo, su mujer, preciosa con su vestido entallado de lentejuelas color azul petróleo.

Franck Ribéry –que tuvo un año soñado y ganó todo con el Bayern, por lejos el mejor equipo del año–, llegó resignado, sonriente, disimulando la bronca, de la mano con su discreta mujer. Esa debía ser su noche, pero todos sabían que el premio sería para el otro. El tercero en discordia. El jugador que parece diseñado en un laboratorio. El que deslumbra, irrita; divide aguas. Cristiano Ronaldo.

Llegó con un sobrio smoking negro junto a la deslumbrante Irina Shayk y el mundo se detuvo. Parecía el Sean Connery de 1964, en Goldfinger. Los planos cortos de las cámaras eran impiadosos, crueles. La Pulga –que por primera vez no llegó como favorito después de un año difícil con problemas físicos y extrafutbolísticos– se aburría; y el pobre Ribéry parecía De Niro en el Frankenstein de Coppola. Imposible no darle el oro al baby face que, encima, llevó a Junior, su hijito de tres años. Ganó James Bond, obvio. ¿Fue justo? Sí. Ya diré por qué.

¿Qué es Cristiano Ronaldo sin la pelota? Una multinacional, un producto; un bon vivant. Que no es lo mismo que ser un dandy, ojo. Lo aclara con precisión de cirujano Jules Barbey d’Aurevilly en su ensayo de 1845 Lord Brummell y el dandismo, que cuenta la vida del célebre Beau Brummell y dice: “Lejos del veleidoso bon vivant, el colmo de la mundanidad del dandy es su orgulloso desdén de lo mundano; mantener la elegancia, sí, pero alejado de los excesos del lujo”.

No creo que a Cristiano Ronaldo lo angustien estas sutilezas. Por lo que se ve es un bon vivant sin culpas, metrosexual de manual, físico perfecto, rostro impecable, ropa de marca, mansiones, yates, Ferraris, esas cosas. Se exhibe, vende y se esconde. 

¿Y qué es Cristiano Ronaldo en la cancha? Un fenómeno. Que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de esa extravagancia llamada Lionel Messi. Es completo. Tiene una pegada fantástica, sin problemas de perfil, con pelota detenida y en movimiento; es veloz, potente, juega por las bandas, por el centro; define como un killer y es un cabeceador temible gracias a su doble salto, la misma técnica que usaba Pelé. Levantó su segundo Balón de Oro con una efectividad asombrosa en el Madrid: 230 goles en 223 partidos en su quinta temporada. ¿Promedio? ¡1,03! En un año sin títulos, metió 62 tantos en 53 encuentros; 56 en 46 fechas en el club; y 6 más en 7 partidos con Portugal, que de su mano llegó al Mundial. Impresionante. 

¿Ribéry? Es un extremo formidable. Pieza clave en el arrollador Bayern de Heynckess. ¿Lo merecía? Si la competencia hubiese sido entre “terrenales” por supuesto. Pero la brecha entre el dúo Messi-Ronaldo y los demás sigue siendo abismal. Hace seis años que la pelea es entre ellos. Tercero puede ser cualquiera, y ése será su techo.

Malditas lesiones, Leo. Mal año para ganarlo todo, Franck, con el orgulloso CR7 harto de tragarse el sapo de ser el eterno segundo de Messi en cada ceremonia. No había manera: éste era para él. 

Podemos burlarnos. Llamarlo fifí, soberbio, muñequito de torta, llorón; reírnos porque el padre lo llamó Ronaldo porque admiraba a Ronald Reagan –hay que atreverse, ¿eh?–; verlo más como objeto que como sujeto. Lo que sea. Pero el tipo no es Beckham, que le pegaba como pocos, pero jugaba como muchos. Este es un crack que dejará su marca en la historia. Bravo, entonces. Lo ganó en buena ley.

Pero ojalá sea el último.



Hugo Asch