COLUMNISTAS OPINION

Fraudes en las ciencias sociales

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El señor Wormold (de Nuestro hombre en La Habana, la novela de Graham Green), representante de una firma de aspiradoras en la Cuba precastrista, es convertido de la noche a la mañana en agente secreto de su país gracias a la incompetencia de otro agente inglés. Desesperado por cumplir con su incomprensible tarea, logra hacer creer a sus superiores en Londres que el plano ampliado de una simple aspiradora es, en cambio, el de un arma poderosa en manos de los rebeldes. En la vida real, en 1996, un físico de la New York University vendió otra “aspiradora” casi del mismo tamaño que la del señor Wormold a la revista Social Text, especializada en temas sociológicos. Alan Sockal, el físico en cuestión, envió un artículo titulado “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, que fue aceptado y apareció en el número 46-47 de esa publicación en 1996.

El artículo, con más de un centenar de citas bibliográficas de los autores más resonantes de la física sumados a los nombres de Lacan, Derrida, Hobsbawn, Kuhn, Chomsky y a lo más granado de los representantes del posmodernismo, el estructuralismo, el género y cualquier otra corriente de ocasión en las ciencias sociales, comienza con un párrafo que indica que la intención del autor es destruir la presunción de que realmente existe un mundo externo con propiedades independientes de los seres humanos. Las conclusiones del extenso trabajo proclaman que “una teoría liberadora no puede completarse sin una total revisión de las matemáticas”, que “ni la lógica ni las matemáticas escapan a la contaminación de lo social” y que “como varias pensadoras feministas lo han repetido, esta contaminación es preponderantemente capitalista, patriarcal y militarista”. Para llegar a esas conclusiones Sockal recurrió, en las numerosas páginas de su artículo, a párrafos relativos a la física cuántica, la teoría del caos, el análisis del discurso, el estructuralismo en general, otros “ismos” sociológicos, económicos y filosóficos y teorías de la liberación (tanto femenina como cualquier otra). Como lo sintetiza Miguel de Asúa, la tesis del artículo “es que la ciencia de fines del siglo XX (que el autor llama ‘ciencia posmoderna’) finalmente ha superado el paradigma cartesiano-newtoniano, demostrando que la realidad física es una construcción social y lingüística, que el conocimiento científico es un mero reflejo de las ideologías dominantes y de las relaciones de poder inherentes a la cultura que lo produce, y que el discurso científico no puede aspirar a una posición epistemológica privilegiada respecto de los saberes de las comunidades marginales. El argumento se centra en el desarrollo de las teorías de gravedad cuántica y se desarrolla en varias etapas”. (De Asúa, Miguel: “Experimento peligroso”, en Ciencia Hoy. Vol. 6, Nº 36, 1997).

El escándalo irrumpió en el mundo académico cuando en junio de 1996 Sockal, el autor de tan esforzada síntesis, confesó, en un artículo publicado Lingua franca, que con su artículo anterior “preocupado por la aparente declinación del rigor académico en ciertas áreas de las humanidades” decidió ponerla a prueba por medio de “un modesto experimento”. El mentado “experimento” consistió, precisamente, en comprobar si una revista dedicada a los estudios culturales le publicaría una parodia compuesta por absurdos si éstos “sonaban bien y adulaban los preconceptos ideológicos de los editores”. Ante su moderado asombro, se lo publicaron.

El experimento de Sockal no fue el último en esta modalidad académica de concebir experimentos inventando los datos, pero tampoco fue el primero. Los estudios culturales cuentan con un buen historial de fraudes de toda calaña.

George Psalmanazar, autor de An Historical and Geographical Description of Formosa (1741) y amigo de Samuel Johnson (quien decía que Psalmanazar era el hombre más inteligente que había conocido), causó una gran conmoción con la descripción de la religión, la organización, el idioma y toda clase de costumbres y hábitos de los hombres de esa isla. Formosa era entonces prácticamente desconocida y la descripción que ofrecía el autor despertó gran interés porque siendo él, supuestamente, un natural de esa región, debía saber de qué estaba hablando. Las 182 páginas dedicadas a la etnografía estaban llenas de detalles sobre el tipo de gobierno, la religión, los días festivos, las ceremonias, los sacerdotes, la vestimenta, el sistema de pesos y medidas, el tipo de moneda e intercambio.

La multiplicidad de lo abarcado contribuyó, seguramente, a la plausibilidad, pero más aún, como lo explica Rodney Needham en su espléndido libro Exemplars, el hecho de que describía todo lo que a un lector británico del siglo XVIII podía parecerle natural y a la vez resultarle exótico y escandaloso. La supuesta monarquía, una jerarquía social muy estricta, una religión revelada en un libro sagrado, el uso del negro para los funerales junto a un sacerdote tiránico que escondía el libro sagrado, un dios que aparecía en forma de buey, el sacrificio de miles de niños y hasta el canibalismo eran todas propias de la sociedad que habitaba Formosa. Psalmanazar presentaba además un alfabeto del idioma local que decía dominar con fluidez. En el prefacio dejaba a salvo cualquier error diciendo que había dejado su tierra natal siendo muy joven.

Luego de dos ediciones que se agotaron rápidamente y ante algunas sospechas sobre la validez de su contenido, una junta de notables de la Real Academia Británica rechazó con firmeza la idea de que pudiera tratarse de un fraude. Algunas dudas sobre el posible equilibrio demográfico (dada la cantidad de niños sacrificados) fueron aclaradas por el autor con una postura funcionalista avant-la-lettre, ya que era por eso, aclaró, que allí existía la poligamia. En un tardío acto de arrepentimiento, Psalmanazar dejó un diario, que debía ser publicado después de su muerte, en el que contaba cómo todo había sido producto de su inagotable inventiva, incluso el complicado alfabeto y el hecho de que hubiese nacido allí.

*Investigadora del Conicet. Fragmento del libro Clases sociales y otras confusiones, editorial Eudeba.

Francis Korn