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Frío y horror

Estuve resfriada. Cosa nada extraña porque a mí el frío no me sienta. No estoy formateada para la base Marambio y más bien florezco, es un decir, más allá de los 30º C y acunada por la humedad del Paraná. La vida, el destino, qué sé yo, no me permiten hibernar como los osos: entonces me resfrío, me quedo metida en casa sin asomar afuera ni la punta del meñique izquierdo, y me dedico con furor y con unción a tareas de ama de casa, escritora, esposa, amiga (madre y abuela y suegra lo menos posible), y a inventar algo para lograr que el tiempo pase. Leo lo más posible, Márkaris y Camilieri desde ya, y todo lo que puedo acerca de cosas como la teoría de las cuerdas, el universo líquido, la conjetura de Maldacena, el eco del Big Bang y lo que venga acerca de esos tipos que se asoman al espacio negro y vuelven y nos dicen cosas inesperadas, maravillosas y tan razonables que nos hacen dudar de lo que hasta hoy creíamos que era la vida real. No sé lo que es la vida real: no he logrado averiguarlo. Pero cuando me canso de darle vueltas al asunto, me arrimo al aparato infernal y digo veamos y lo digo llena de esperanzas.

Desde ya le digo, estimado señor, que no hay caso. Media hora después he perdido toda la fe que tuve alguna vez en la grandeza del ser humano. Sí, querida señora, sí, usted tiene razón, sus sospechas son fundadas, sí, desdichadamente sí: estuve mirando televisión. Media hora, dije. Un sigo y medio diría yo. Cuando usted quiera discutimos el asunto ese del tiempo. Por ahora le digo que a medio paso del infarto masivo decidí hacer un inventario acerca de lo que iba viendo y lo mío fue un fracaso total. Al inventario lo borré de un plumazo, también es un decir, y lo único que me quedó fue un barullo de escenas inconexas de las que voy a tratar de darle un informe que más que informe va a ser un montón de temas (¿temas?) desagradables.

No, no me estoy tirando contra la televisión. Sostengo y sostendré que es un invento, descubrimiento o lo que sea, estupendo, maravilloso y repleto de posibilidades en cuanto a educación, información, relaciones entre los Estados y muchísimos etcéteras. De dónde viene la podredumbre, no lo sé. El Gobierno, el comercio, el vil metal, Satanás, la mala leche, la ambición, la política, la economía, los prejuicios, vaya usted a saber, pero pasa como con los teléfonos celulares, que son muy útiles pero que se usan para borrar de nuestro horizonte a todos los otros seres humanos y reemplazarlos por el tic tic tac pim pum del mensajito, la llamada, la conexión con la compu, con la radio, con la máquina de fotos, con la picadora de carne, con las curitas, el papel higiénico, la lavandina, el termómetro, el gel para blanquear los dientes y el microscopio para ver qué es lo que nos ha infectado. No, no todo tiempo pasado fue mejor. Es mejor la compu que la Underwood semiportátil y el móvil que la telefonista que nos comunicaba con la tía que vive en Cañada de Gómez. Pero paso a enumerarle aquellos horrores de los que me acuerdo.

Primero, el festival del morbo. Sí, hay que difundir noticias, sean del tipo que sean, y hay que alertar a la gente sobre ciertas conductas, ciertos peligros, sí, pero contar una y otra vez y otra y otra y otra cómo la violaron, de qué manera, con qué detalles de fruición y espanto y cinco minutos después y por todos los canales una vez y otra y otra y otra, no. Basta. Una y otra vez cómo mataron al chiquito de dos años a patadas en la cabeza, ahora y después y más tarde y por todos los canales a ver quién es más impresionante, más sanguinario, más cruel, más brutal, más gozosamente inhumano en nombre de eso que se llama la información, eso, eso no, compañero, eso no. Informe, haga el favor, con voz de información, y pase a lo siguiente, ¿que probablemente es tan espantoso como lo anterior?, y, sí, tal vez la vida sea espantosa, pero le digo algo: puede ser multifacética, multicolor. ¿Que cualquiera puede llegar a ser brutal e inhumano en sus acciones? Cierto. Pero insisto en algo: nada es solamente como es y todo puede ser multitodo y lleno de esperanzas.
Y me quedo aquí porque me niego a hablar de imbecilidades. Me bastó con el morbo y dejo de lado por ahora las mentes vacías; lo siento, pero le prometo otra entrega en cuanto vuelva a resfriarme.



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