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Fútbol infame

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Hoy debuta la Argentina en el Mundial de Fútbol, pero escribo esta columna el martes, cuando faltan dos días para que empiece. En el portal de noticias de La Nación, al lado de la foto de Boudou, leo este titular: “La Argentina es furor en Belo Horizonte: más de diez cuadras de cola para ver a la Selección”. La cola, me entero más tarde, es para conseguir las entradas gratuitas que permitirán presenciar el entrenamiento del equipo argentino al día siguiente. El artículo es un buen ejemplo de varias cosas. De que hay demasiados cronistas en Brasil sin mucho que hacer en los días previos, de que algo que no es siquiera una noticia puede convertirse en nota de tapa, de que el aliento a los colores nacionales no es sólo natural en los hinchas, sino en los medios. En estos días prender la televisión es toparse con la prueba palmaria de que el chauvinismo deportivo es el punto de encuentro entre la propaganda gubernamental, el interés empresarial y la algarabía mediática. Como si el fútbol no alcanzara, en estos días se agregó la inusitada atención prestada a las selecciones masculina y femenina de hockey y hasta la pelea de un boxeador envejecido, lesionado y con pocas chances para el que la Televisión Pública asignó como comentarista a uno de los defensores incondicionales de las políticas oficiales. El deporte convertido en política de Estado, en argumento de venta y en comodín para llenar cualquier espacio, resulta abrumador, aun para los aficionados.

Mientras esto ocurre, llegan noticias de que en Brasil hay mucha gente descontenta con el torneo, con la corrupción y el derroche asociados, con su absurdo gigantismo. Aunque Brasil está cerca de la Argentina, un fenómeno así nos parece de marcianos. Acostumbrados a pensar que Brasil es un país de mentes limitadas que se satisface con las emociones colectivas más primarias, los argentinos se han convertido exactamente en eso, al menos según la imagen que los políticos y los medios le devuelven a los ciudadanos. Es como si finalmente se hubiera encontrado el contenido para esa entelequia denominada “pensamiento nacional”, tan mentada en estos días: su estrategia parte de suponer que los argentinos son un conjunto de imbéciles que se abrazan vistiendo la misma camiseta. No importan las disidencias ni las injusticias ni las desigualdades, en el fondo se trata de una masa uniforme y disciplinada detrás de la bandera. Alegría para todas y todos.

Mientras sufrimos el tercer Mundial bajo el kirchnerismo, que se perfecciona y nos somete como nunca  a su dieta de pasiones obligatorias, se suele recordar lo sucedido en el ’78 bajo la dictadura militar como ejemplo de utilización espuria del deporte. Pero hay una diferencia entre aquellos tiempos y estos que tiene que ver menos con los actores que con la globalidad. Entonces, el fútbol era una actividad optativa y civilizada, todavía no se suponía que fuera a priori la Fiesta de Todos, según el título de aquella película estrenada con el resultado a la vista. Hoy, frente al ruido infernal del deporte masivo, no parece haber escapatoria individual y despunta, en cambio, el deseo de destruir los estadios. Un estado colectivo de barbarie sugiere soluciones drásticas y las múltiples caras del fanatismo populista acechan el mundo como hace cien años.



Quintín