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Fútbol y política

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No es el mejor momento para reflexionar sobre el fútbol y la vida social cuando nuestro seleccionado puede “alcanzar la gloria”, en un país abatido por la mayor debacle futbolística imaginable. Soy un apasionado del fútbol, grité, sufrí y festejé durante el partido con Holanda, y sigo los avatares del fútbol nacional e internacional. A veces trato de encontrar fuentes, raíces, explicaciones sobre lo que sucede en y con el fútbol en otros planos de la vida social, sin éxito, porque no las encuentro.

Por qué la Argentina se destaca en fútbol es un enigma para mí sin solución. Producimos desde hace tiempo muy buenos jugadores; somos uno de los pueblos más apasionados por ese deporte. Somos por resultados la cuarta potencia del mundo; y estos días, como ya sucedió otras veces, una de las dos primeras. Esto no guarda correlación con otros planos de la vida social en los que no sólo no ocupamos lugares destacados sino que vamos en declive. El fútbol puede ayudarnos a olvidar esos planos, pero está lejos de resolverlos.

He leído estos días diversos comentarios periodísticos asociando el mal desempeño de los seleccionados europeos a la crisis económica en ese continente. En Brasil sólo la herida al orgullo de todos atempera un poco la propensión de los opositores a culpar al gobierno de la presidenta Dilma por lo sucedido. Y entre nosotros eso es moneda corriente. Ahora bien, desde que existen los campeonatos mundiales de fútbol, hace 84 años, nadie ha podido establecer una correlación ni siquiera vaga entre los resultados y los procesos políticos en ninguna parte. Menos en Brasil y Argentina. Perón nos mantuvo afuera de los mundiales de fútbol, no porque fuera escéptico sobre el impacto político de jugarlos. Los títulos de 1978 y de 1986 no cambiaron la historia de los gobiernos, el militar y el de Alfonsín.

Por lo demás, siempre nos consideramos fantásticos en fútbol, pero nuestra potencial fue por mucho tiempo fantasmal. Tuvimos, sí, jugadores descollantes siempre, y salvo el primer Perón nadie intentó aplicar restricciones a la exportación de esos talentos. Pero hasta 1978 nuestro papel en los mundiales fue deslucido –aunque en los sudamericanos fue casi siempre digno y a veces brillante–. Un balance bastante obvio es que en el fútbol como en otros planos de la vida del país contamos con individuos talentosos o excepcionales y fracasamos en el nivel de la dirigencia y del funcionamiento de las organizaciones. Nuestro fútbol de estilo “potrero” siempre fue sorprendentemente habilidoso, pero tuvimos que aprender de los europeos que además es necesario un espíritu de equipo, un sentido estratégico o metódico del juego y un estado físico excepcional. Y los europeos aprendieron algo de nosotros en la habilidad individual. De ese modo, todos mejoramos con los años. Y también otros que entraron en la escena más tarde, especialmente los africanos, igualmente bien dotados, cualquiera termine siendo su nacionalidad.

Algo que todavía no aprendimos es cómo controlar o neutralizar a los salvajes que siembran el ambiente del fútbol de violencia y amenazas. No representan el espíritu futbolero de la Argentina, pero así como sembraron inquietud y miedo en nuestros estadios ya empiezan a empiezan a hacerlo afuera del país. Ni cuando fracasamos en los mundiales, ni cuando triunfamos, las expresiones masivas de alegría o de tristeza fueron acompañadas de disturbios masivos serios. La cara amigable y entusiasta de la sociedad argentina aflora en los mundiales. La otra cara, amenazante y violenta, siempre acecha, pero no representa nada con los que podemos sentirnos identificados.

Ese costado amigable de los argentinos no asocia el fútbol a la política, aunque no faltan políticos que tratan de capitalizar los éxitos de los jugadores. La mayor parte de la gente es un poco menos elemental de lo que muchos suelen suponer. Cuando apoyan a un gobierno es porque tienen razones para hacerlo, como las tienen cuando no lo apoyan; son razones ajenas al fútbol. Cuando estallan de alegría por los triunfos en la cancha, o cuando se entristecen por las derrotas, tienen sobradas razones para hacerlo, ajenas a la política. El fútbol, y las emociones que despierta, son un fenómeno que se explica por sí solo y que se agota en sí mismo.

*Sociólogo.



Manuel Mora Y Araujo