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Ganas de leer

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Ah, disculpen, un minutito, por favor, ahora no puedo, ya arranco… ¿Un cheque? ¿Pero cómo podés pensar eso de mí?... Excusen este comienzo errático: estaba a punto de empezar a escribir esta columna cuando sonó el teléfono. Era un amigo íntimo al que le dije que esta semana, como las dos anteriores, pensaba escribir sobre un libro recién publicado por Eterna Cadencia, y me trató de vendido; insinuó que recibo dinero o prebendas o algo a cambio de mis notas. Eso me resulta doblemente indigno: primero, porque ese tipo de costumbres ocurren en las otras ramas del periodismo, pero nunca jamás en el periodismo cultural. La segunda y principal, porque me conoce de toda la vida y sabe que no me vendo… ¡sino que me regalo! ¡Lo hago gratis! (O tal vez no: escribo sólo a cambio del exiguo estipendio que recibo domingo a domingo por estar aquí). Ocurrió simplemente que recibí una gacetilla enviada desde la casilla de mail de Eterna Cadencia que anunciaba que esta semana publicarán Genios destrozados. Vidas de artistas, el más reciente libro de Daniel Guebel, y me dieron unas ganas irrefrenables de leerlo ahora mismo.

Por supuesto que todavía no lo he lecho, y ni siquiera lo compré (en la primera semana del mes se me va todo el sueldo pagando cuentas, gastos, deudas, y en las tres semanas siguientes hasta el nuevo cobro sólo logro comprar algún que otro libro de poesía, porque tienen pocas páginas y son más baratos), pero no dudo que alguna de esas dos cosas (comprarlo o leerlo) ocurrirá lo antes posible. Porque lo que me sucede antes, antes del acto de lectura, es el deseo de leer a Guebel.
Daniel Guebel es uno de los pocos escritores de los que espero ansioso la salida de su siguiente libro. No me pasa con muchos, quizás con sólo cinco o seis escritores argentinos, y con un poco de más de diez extranjeros. Leer a Guebel bajo el modo de la expectativa supone disfrutar incluso de aquello que le sale mal. Aun sus libros fallidos (¡recuerdo la época en que quería volverse best-seller escribiendo novelas de autoayuda sentimental!) tienen siempre un momento único, un párrafo perfecto, inolvidable. A veces se mete con temas ininteresantes y donde se nota que toca de oído, como el peronismo. Pero hasta en La carne de Evita hay un cuento (llamado La infección vanguardista) que justifica la lectura de todo el libro. Uno de esos cuentos que convierten a un escritor en un gran escritor. Porque grandes novelas son Los elementales, Matilde, Nina, El perseguido y El terrorista, novela que extrañamente no ha sido reeditada. Guebel pertenece a una generación a la que ya se le están reeditando muchas de sus novelas anteriores. Los casos más significativos son los de Sergio Chejfec y Alan Pauls, a quienes Alfaguara y Anagrama ha reeditado casi sus obras completas. De Matilde Sánchez se reeditó hace no mucho La ingratitud, su primera novela, y de Luis Chitarroni también su primera novela, El carapálida. No se entiende entonces por qué no ocurrió aún con El terrorista. Publicada en 1998, si se la leyese hoy seguramente se descubriría que la novela anticipa el clima de época actual, las discusiones del presente: es una ironía feroz de la estupidez cotidiana del periodismo. ¿De qué tratan los relatos de Genios destrozados? Pronto me enteraré, si es posible hoy mismo.



Damián Tabarovsky