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Garche

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La escena transcurre en el centro comunitario evangélico del barrio 17 de Octubre, en las afueras de Salta capital. Un cura barbado y casi cincuentón les pide a sus vulnerables oyentes: “Cuando oren, acuérdense de Cristina”. El relato forma parte de una de esas crónicas periodísticas imperdibles, que firma Gabriel Sued en La Nación del domingo 5 de octubre (“Juan Carlos Molina: con la fe kirchnerista y la palabra de Dios”). Le dicen “cura”, “Juan Carlos”, “secretario”, “Molina”, “padre” o un porteño “Juanca”. A Molina lo hizo funcionario la presidenta Cristina Kirchner nombrándolo jefe de la Sedronar, la burocracia teóricamente antidrogas, hace diez meses. No se angustia por el mix de funcionarios, roles y sentido de pertenencia, columpiándose entre su condición sacerdotal y su crudo alineamiento político. Aunque no puede celebrar sacramentos en público, sigue siendo un clérigo de la Iglesia, formalmente al margen de las prácticas religiosas convencionales, mientras se entrega de cuerpo y alma a su militancia en el Estado, para lo cual digiere sin tribulaciones un encuadramiento explícito: él trabaja con los (ex) “chicos” de La Cámpora.

Pero éstos no son los hallazgos más asombrosos de Sued, quien califica a Molina de “un bicho raro, de 47 años, que camina sin pausa el territorio, llevando la palabra de Dios y las políticas de Cristina”. El perfil muestra en acción a un hombre en cuya práctica personal se encarna la a menudo denunciada “crisis de valores”. El resume el cambio de paradigmas, esa nueva música que suena en el país, simbolizada en la partitura supuestamente transgresora cuyas notas toca con fidelidad este cura/funcionario/activista.

¿Provocador incontinente? ¿Inventor de ruidos reñidos con los cambios reales? La Iglesia ha tenido en la Argentina pastores colosales, que jamás confundieron lo epidérmico con lo sustancial. Pienso en obispos como Angelelli, Novak, Hesayne, Laguna, para citar a algunos inolvidables. Este Molina pertenece a otra raigambre, y por eso Sued lo delinea bien como “bocón, políticamente incorrecto y enemigo de la solemnidad”. ¿Políticamente incorrecto? No lo creo; su aparente incorrección es un rictus forzado de otredad. Hacerse el diferente no es lo mismo que serlo. Molina, por de pronto, es muy moderno: se tatúa la piel. Bajo su antebrazo derecho se inscribió en latín Tibi dabo ab imo pectore (“Te doy desde lo más profundo del corazón”). En la espalda, debajo del cuello, se hizo perforar con tinta “En el nombre de Jesús”.

Gestos tinellescos y esencialmente sospechosos de frivolidad; ¿se tatuó para no olvidarse de su juramento sacerdotal? Extraño. Es cierto que Cristina le colgó una pesada mochila a Molina, porque la Sedronar de la era kirchnerista tuvo como jefe entre 2004 y 2011 a José Granero, finalmente procesado por tráfico de efedrina, con la que se confeccionan las drogas sintéticas. A Molina le toca reescribir la historia, por eso es tan efectista y adicto a las puestas en escena coloridas. Lo hizo cuando se declaró a favor de una descriminalización a libro cerrado del consumo de drogas. En pocas horas salieron a cruzarlo todos los curas que batallan contra el paco en la zona metropolitana. “¿Cómo decodifican los chicos de nuestros barrios la afirmación de que es legal la tenencia y el consumo personal? Nos parece que, al no haber una política de educación y prevención de adicciones intensa, reiterativa y operativa, se aumenta la posibilidad de inducir al consumo de sustancias que dañan a las personas. (…) Desde nuestra mirada, las drogas no dan libertad sino que esclavizan. La despenalización, a nuestro parecer, influiría hoy en el imaginario social instalando la idea de que las drogas no hacen tanto daño”. Firmaban la desautorización 19 curas: Lorenzo de Vedia, Carlos Olivero, Juan Isasmendi, Guillermo Torre, Martín Carrozza, Eduardo Drabble, Gustavo Carrara, Hernán Morelli, Nicolás Angellotti, Pedro Bayá Casal, Gastón Colombres, Franco Punturo, Sebastián Risso, Sebastián Sury, Damián Reynoso, José María “Pepe” Di Paola, Basilicio Brites, Jorge García Cuerva y Juan Manuel Ortiz de Rozas. ¿La respuesta del militante cristinista a los curas de práctica diaria? “Me sacaron de contexto”.

“Me siento Susana Giménez”, les confiesa a sus diez funcionarios, que lo siguen como comitiva, todos menores de 35 años. La mayoría viene del ministerio de Alicia Kirchner, de quien Molina fue asesor. “No tengo filtro, me desgasta tener filtro”, se ufana, pero este cura Molina es un hombre de extrema confianza de la Presidenta. “Hablamos mucho”, dice él. Nació en Chillar, en la provincia de Buenos Aires, desde donde sus padres emigraron (justamente) a Río Gallegos. ¿Y por qué quiso ser cura?, le pregunta Sued. “Me enamoré profundamente de Jesús. Me di cuenta de que no era un touch and go, un garche”.

Molina cuestionaba a Jorge Bergoglio cuando era obispo de Buenos Aires y cabeza del Episcopado. Hasta que el jesuita se convirtió en el papa Francisco. Lo citó en febrero en Santa Marta y todo cambió; desde ese día todo fue Francisco Conducción. Más señales de seudoimpostura arrabalera: “Yo había escuchado los rumores de que (Cristina) me quería para la Sedronar y le iba a contestar que no, pero me cagó (sic). Tiene esa capacidad de descolocarte”. Al igual que sus camaradas de ruta, no oculta su objetivo y lo proclama en público: “Tenemos que elegir a un buen custodio del proyecto y en 2019 tiene que volver Cristina”.

Tatuado, desconfiado de los “garches” y convencido de que ella lo cagó, el lenguaje y los dispositivos del funcionario son una radiografía de alta definición del curso de los acontecimientos en una Argentina que sigue “ampliando garantías” y perorando sobre la mayor inclusión de “todos y todas”. No es un garche, es algo mucho más sombrío, que nada tiene de agradable.



peliaschev