COLUMNISTAS

Gelman y la verdad

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Aunque parezca sobreabundante, también este ombudsman quiere recordar a Juan Gelman a días de su muerte. Pero no por su enorme oficio de poeta sino por su compromiso con la lucha por un mundo mejor (con errores y aciertos, pero lucha al fin), con la verdad y con  un periodismo cuestionador, analítico, profundo y honesto. Ahí están, para acompañar lo que acabo de decir, sus magníficos análisis de política internacional en las contratapas del diario Página/12, siempre contracíclicas, siempre bien informadas, siempre con la mira puesta en los excesos del poder.
La verdad, entonces, es el tema. Elegí dos párrafos de su discurso al recibir en 2007 el Premio Cervantes. En ambos casos, allí están esa búsqueda de verdad, esa exigencia de justicia y ese rescate de la memoria:

“Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes los mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces”.

“Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.”
Y no diré más.

Otra vez Photoshop. En las últimas dos columnas, este ombudsman consideró espurio el recurso de intervenir fotografías para darle un mayor énfasis al mensaje que se pretende transmitir. Recurso habitual en otras publicaciones, no es adecuado a la línea editorial de PERFIL. Y más: está taxativamente prohibido. En la página 197 de Cómo leer el diario, el libro que contiene las reglas de estilo para todas las áreas (redacción, diagramación, diseño y fotografía), dice: “La fotografía tiene autonomía propia, es una manera de informar en sí misma y agrega información”, y tras definirla así es taxativa respecto de su tratamiento en la edición: “La foto documental es la que se toma en el momento mismo en que los hechos suceden, sin que medie una producción: es el caso, por ejemplo,  de las competencias deportivas, los actos políticos o los accidentes callejeros. En PERFIL está prohibido modificar una foto documental”.

El pasado domingo, la foto principal de la página 20, –una imagen del jefe de Gabinete de Ministros, Jorge Capitanich, adjudicada a Gastón Renis– fue intervenida con el estallido de un tomatazo, con la evidente intención de enfatizar las contradicciones entre el funcionario y sus dichos y otros miembros del gabinete y sus hechos. Se trató, sin dudas, de una violación a lo impuesto por el manual de estilo, y con un agravante: tampoco se consignó en el crédito de la ilustración que se utilizó Photoshop ni quién fue el autor de la intervención; en tal caso –dice el manual– “irá como crédito el nombre del ilustrador que hizo el trabajo en Photoshop (y no el del fotógrafo).

Salvo que el director de este diario, único con autoridad para establecer o aprobar modificaciones, disponga cambiar Cómo leer el diario en su totalidad o parcialmente, el respeto por sus normas de estilo debería ser total.

Otros errores. Probablemente por las dificultades de las últimas semanas para una corrección adecuada de las ediciones de PERFIL se vienen deslizando algunas equivocaciones de estilo que será conveniente desterrar. Una de ellas, que he visto en diversas notas de distintas secciones, es utilizar las llamadas itálicas o bastardillas en los títulos. Debo recordar a los editores que ellas sólo pueden ser empleadas en las “bajadas” y no en volantas o títulos, donde la palabra correspondiente irá encomillada (comilla simple cuando se trate del título de una obra de cualquier disciplina artística o del espectáculo; comilla doble en caso de palabras extranjeras). Los lectores estarán agradecidos si se cumple esta norma.



Julio Petrarca