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Genocidio, no eufemismos

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Como se puede observar, el de hoy es un correo atípico: casi la mitad del espacio ha sido destinado a reproducir textualmente la carta enviada por el embajador de la República de Turquía, Taner Karakas, al jefe de redacción de PERFIL, Javier Calvo. No se trata de una carta de lector, aunque también lo es si se considera que el señor Karakas pide responder dos textos publicados en la edición del pasado domingo: uno, informativo, firmado por Hernán Dobry y titulado “Francisco recordó una herida que aún sangra”, con la volanta “Armenia, a 100 años de la masacre” (páginas 60 a 63, sección El Observador); el otro, una columna de opinión del embajador armenio en Buenos Aires, Alexan Harutiunian, con el título “Transmitir valores universales”.    

El diplomático otomano critica lo expresado en esos espacios y formula apreciaciones que, analizadas por este ombudsman, pueden ser entendidas en el marco de la histórica política negacionista de los sucesivos gobiernos turcos desde fines del siglo XIX hasta nuestros días, incluyendo la trágica ejecución masiva y el obligado desplazamiento territorial de la minoría armenia entre 1915 y 1924.

No analizaré lo que al embajador le resulta molesto de la columna de su colega armenio, por cuanto lo inscribo en la natural polémica que mantienen ambos países. Sí, aspectos que –como bien dice el firmante de la carta– nuestros lectores merecen conocer, aunque hayan sido ya muy bien expuestos tanto en el artículo de Dobry como en la amplia cobertura de los actos del centenario publicada ayer por PERFIL:

  • La palabra genocidio es el centro del cuestionamiento que plantea el embajador –quien ha reiterado sus argumentos casi con idénticas palabras en otros medios e incluso ante organismos nacionales, provinciales y municipales de nuestro país–. En su exposición, afirma que no encuadra su empleo en lo que las Naciones Unidas han definido como tal en su convención de 1948 y eso es correcto: la intensa presión ejercida por Turquía en ese foro, acompañada por buena parte de las potencias que son sus aliadas (en particular Estados Unidos, con derecho a veto e influencia decreciente en el plano de la política internacional sobre sus socios europeos), impidió que la ONU condenara hasta hoy los trágicos acontecimientos. Pero no se trata, en estas páginas periodísticas, de trasladar literalmente a sus textos informativos u opiniones lo que la política internacional y las posturas nacionales consideran válidos. La palabra genocidio fue bien definida por el jurista polaco Rafael Lemkin, quien investigó lo ocurrido con los armenios en Turquía y enfatizó tal antecedente para condenar lo que el nazismo hizo con los judíos y otras minorías entre la década del 30 y mediados de la del 40, aplicable también a lo que los militares argentinos consumaron entre 1976 y 1983 (con algunos ramalazos previos desde 1974). Lemkin quiso encuadrar en la palabra  genocidio –del griego genos (familia, raza, tribu, pueblo) y el latín cidere/caedere (matar)– las masacres por motivos raciales, nacionales o religiosas. El diccionario de la lengua española, tan rico y definitorio para poner nombre a cada cosa, dice que es el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Llamar pan al pan y vino al vino es una de las bases periodísticas de este diario.

Durante décadas, casi un centenar de años, los países occidentales más avanzados omitieron aplicar esa palabra a la tragedia en cuestión, pero ahora, hasta presidentes también aliados a Turquía, como el de Alemania y el de Francia, no vacilaron en aplicarla en la recordación del centenario, el pasado viernes en Ereván, capital de Armenia. Poco más de veinte países han aceptado definir oficialmente como genocidio los acontecimientos de 1915/24, pero la tendencia negacionista está dejando paso a cada vez más y mayor respaldo hacia la causa histórica de los armenios. La Argentina es uno de éstos.

  • Las palabras del gobierno de Turquía fueron también reproducidas  en este diario, como exige su código de conducta. Una columna erróneamente atribuida al canciller de ese país, Mevlut Cavusogluo (en verdad, se trató de un comunicado de prensa de esa cancillería, lo que valida su contenido aunque no la firma), fue publicada en la página 62 de la edición del domingo 19. El título fue “Los hechos niegan al Papa” y se exhibe allí la postura oficial turca, sin llegar al extremo del presidente otomano, Recep Erdogan, quien definió como “estupideces” las afirmaciones del Papa citadas por Dobry en su artículo y descalificó la consistencia de las demandas armenias.

Encuestas.  Por mera cuestión de espacio y la veda que rige en la Ciudad de Buenos Aires, omitiré escribir sobre las encuestas y sus diferencias, publicadas en los últimos tiempos en éste y otros medios. Prometo hacerlo la semana próxima.



jpetraca