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Giuseppe Ungaretti y Mr. Gardiner

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Todos recuerdan a Mr. Gardiner, el personaje de Desde el jardín, de Jerzy Kozinski, una novela que sirvió –y sigue sirviendo– para arrojar luz sobre ciertos aspectos problemáticos del análisis del discurso. Mr. Gardiner es un jardinero de escasas luces que trabaja en la casa de un viejo millonario. Un día el viejo muere y Mr. Gardiner termina viviendo en la casa de otro millonario a quien un día visita el presidente de los Estados Unidos. Mr. Gardiner sólo habla del jardín, de la poda, de las estaciones, de las lluvias: su mundo. Cuando se lo presentan al presidente de los Estados Unidos, Mr. Gardiner le dice, refiriéndose a los árboles: “Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien”. El millonario y el presidente interpretan entonces sus simples palabras como una parábola, confiriéndole a ella un sentido del que originalmente las palabras carecen. “Debo reconocer, señor Gardiner –le respondió el presidente–, que hace mucho, mucho tiempo no escucho una observación tan alentadora y optimista como la que acaba de hacer”. Mr. Gardiner es lisa y llanamente un idiota. El presidente cita en un discurso a Mr. Gardiner, y entonces se le abren todas las puertas de la nación.

La historia de Mr. Gardiner sigue usándose para hacer analogías con los personajes más diversos, desde Bachelet a Cobos, pasando por el ingeniero Blumberg. En cualquier caso se trata de cierta serendipia aplicada al discurso, es decir, alguien pretende decir algo, pero el que escucha entiende lo que quiere. Yo así veo al poeta italiano Giuseppe Ungaretti, a quien en cierto momento leí mucho, pero que ahora me parece el más grande bluff que dio la literatura mundial en el siglo XX. Entiendo, la poesía es imprecisión; cuanta más precisión en un discurso, menos poesía. Pero aquí se trata de otra cosa. Veo la lisa y llana estupidez elevada a nivel de poesía. Y sin embargo no consigo desentrañar qué es lo que hace a Ungaretti tan particularmente estúpido, y es probablemente ahí donde reside su genio, si es que alguno tiene. Si como se dice usualmente, la mayor astucia del diablo consiste en hacernos creer que no existe, la mayor astucia de Ungaretti consistió en hacernos creer que existía, que su hermetismo era trascendente y que su poesía significa un mensaje de esperanza para los hombres.

Es raro, pero leo: “He sido/ un pantano de sombra/ Ahora muerdo/ el espacio/ como un niño el seno/ Ahora estoy ebrio/ de universo”, y todo lo que veo es una sucesión de palabras que parecen pronunciadas por el Mr. Gardiner de Kozinski. Está hablando de otra cosa, es indudable que la trascendencia la ponen los otros.

¿Pero no será eso, ahora que lo pienso? Tal vez la poesía es eso. Miremos alrededor. Todo está lleno de poetas, no menos idiotas que Mr. Gardiner o que el propio Ungaretti. Hay malos poetas que escriben mejores poemas que los de Ungaretti.
Hace unos años entrevisté a Giancarlo Giannini, y durante todo el tiempo insistió en el hecho de que no era él quien actuaba, sino el público, que su técnica actoral consiste en convertirse en un contenedor donde los espectadores puedan colocar lo que quieran y ver entonces lo que se les antoje. A lo mejor la poesía es un contenedor de ese tipo.



Guillermo Piro