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Gravar la renta financiera: ¿un castigo solamente al capital?

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default Foto:Cedoc
Hace cuatro meses el gobierno de Birmania, el cual dice ser socialista, pero de facto es de centroderecha, decidió estatizar, a través del municipio de Yangôn, el servicio de colectivos (“buses”) de transporte público.

A pesar de su ideología, el gobierno entendió que era más práctica esta solución porque el sistema anterior funcionaba con privados, dueños de cada unidad, que demoraban hasta una hora, esperando en un mismo lugar a que el ómnibus se complete de pasajeros para poder transportarlos, lo que generaba la protesta de quienes estaban esperando, provocando un enorme desorden en el transporte. Este problema se ha regularizado de forma inmediata a partir de la decisión del gobierno, en la cual, se buscó que la propiedad de los vehículos sea compartida con los ex dueños y financiada por los bancos del Estado a través de leasing con un convenio de reparto de utilidades sumado a una subvención al combustible.

Muchas veces, las soluciones “románticas” o “idealistas” se distancian de lo que sería una solución práctica, como lo ocurrido en el país asiático.

Cuando uno busca la practicidad, los conceptos fluyen naturalmente en base a las necesidades de las personas y no en función de la voluntad e ideología de los políticos de turno.
Este mismo enfoque se puede trasladar en propósitos impositivos, particularmente con la gravabilidad a los rendimientos financieros.

Es sabido que muchos legisladores y políticos que en forma “romántica” declaman “si está gravada la leche, ¿cómo no vamos a gravar la renta financiera?”. Sin entender que en Finanzas, el crédito se convierte en una herramienta fundamental, correlacionada directamente con el incremento en la provisión de trabajo en las empresas en todo el mundo. A través del financiamiento, las empresas se “apalancan”, crecen, se vuelven más productivas, sus rentabilidades mejoran y consecuentemente, pueden generar más empleo.

Financiamiento es trabajo y las cuestiones particulares que influyen contra el mismo, atentan contra él y por ende, contra el bienestar de la población. Esta es la parte no romántica de la película que muchos de los políticos ignoran u ocultan, entre ellos, ex diputados que han basado su carrera inculcando el romanticismo sin contar la verdad de la película.

El problema radica en el tamaño del sistema financiero argentino. Un mercado sumamente  pequeño, en el cual las empresas privadas compiten recurrentemente con el Estado y con otros agentes financieros, por un crédito.

En este juego de necesidades financieras, las que terminan perdiendo repetidamente son las Pymes, últimas en la cadena de financiamiento, pero primeras en la cadena de costos y con las tasas más caras del mercado.

De aquí surge la idea de que gravar pasivos, sea en el sistema bancario como en el mercado de capitales, redundará en un mayor costo para las tomadoras de tasa activa. Cuesta entender cuál sería el beneficio, dado que al ser el sistema tan pequeño por más que se imagine un impuesto extraordinario, el mismo, proporcionaría una muy baja recaudación.

Nuestro sistema financiero es básicamente transaccional y su volumen es hoy probablemente la décima parte de lo que debería ser, por ende, la masa crítica en sí misma no es significativa.

Por lo tanto, estaríamos hablando de generar un nuevo tributo, que castigaría a los inversores del sistema financiero sin una recaudación concomitantemente importante, y a su vez, complicando el costo de financiamiento de las empresas, peor aún para aquellas que hoy no pueden acceder al mismo. Con lo cual, si en la actualidad  las tasas son excesivamente caras, con el agregado de una carga impositiva, se elevarán aún más en el futuro.

El “romanticismo” propuesto por los legisladores inconscientemente en el último intento de gravar la renta financiera según el tratamiento de la Ley de Mercado de Capitales, probablemente logre filtrar un daño irreparable al financiamiento global de la Argentina, materia de por sí escasa tanto para el sector privado como para el público.

Si algo sabe la gente, es que no puede contar con financiamiento. Una simple muestra de ello es el éxito que están teniendo los créditos hipotecarios y la altísima demanda insatisfecha que se registra para este tipo de operaciones.

Castigar la renta financiera es castigar también a las empresas que pagan las tasas de interés, no se entiende cuál sería el beneficio y cuál la ganancia para aquellos que simpatizan con este tributo. Sin ir más lejos, la oposición, lo propuso en forma reiterada y ha habido legisladores que han machacado sobre el tema con una miopía que asombra. Difícil entender la racionalidad detrás de esa postura.

El castigo al capital ya lo intentó Karl Marx hace más de un siglo con un fracaso estrepitoso. ¿Quieren volver a recrear la situación?

* Desde Yangôn, Birmania.

Miguel Angel Arrigoni / FIRST CAPITAL GROUP *


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