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¿Griesa es Braden?

La aparición de propaganda política aggiornando la consigna "Braden o Perón" a la disputa con los holdouts, atrasa al país unos setenta años. 

Es muy probable que la Argentina no sea el único en sus compulsiones por retornar permanentemente al pasado. Nunca he patrocinado una exclusividad de nuestros males, así como tampoco estoy convencido de la exclusividad de nuestros rasgos positivos. Lo que me trae, en este punto, a esta reflexión, es la aparición en las calles de un cartel de propaganda política que no es que sea insólito – en la Argentina hemos perdido la capacidad de asombrarnos – pero sí es profundamente deprimente. Es una auténtica fotografía de un país congelado en el pasado.

Delante de mí, mientras estoy haciendo este editorial paraEsto que Pasa, tengo copias facsimilares de afiches de hace 68 años con la leyenda “Braden o Perón”, “Perón o Braden”. Son carteles de la campaña electoral presidencial de 1946. El 24 de febrero de aquel año el país votó y eligió a Juan Perón presidente de la Nación. Este es un dato de la Historia. Reflexionemos en el peso específico y en la densidad de esos 68 años. Hace unas 48 horas, en las calles céntricas de Buenos Aires –una vez más, vandalizando alegre e impunemente el mobiliario urbano– ha aparecido una campaña, aparentemente anónima (hay quienes la vinculan con el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, que ansiosamente aguarda ser el próximo presidente del país) titulada “Ayer, Braden o Perón. Hoy, Griesa o Cristina”.Si no fuera trágico, sería patético. Y si no fuera trágico ni patético, es francamente bochornoso.

Por de pronto, veamos la antigüedad del alegato. ¿Qué cantidad de argentinos sabe hoy quien fue Spruille Braden? Porque no estamos hablando de Barack Obama, George Bush, Bill Clinton, o Ronald Reagan.

En mayo de 1945, cuando culminaba la Segunda Guerra Mundial con la derrota del totalitarismo nazi-fascista, Braden llegó a Buenos Aires como nuevo embajador de los Estados Unidos. Ese mismo mes se estaba decidiendo el destino de la humanidad. Las tropas del Ejército Rojo ya habían penetrado profundamente en el corazón del Tercer Reich, y las tropas anglo norteamericanas, con colaboración de otros países aliados, avanzaban con igual rapidez  desde el oeste al centro para converger en la toma de Berlín. El nazismo, encarnado en esa figura paradigmática del mal de todas las épocas que fue el Führer Adolf Hitler estaba colapsando. El problema con el nazismo, y sobre todo lo que implicó la derrota militar de Alemania, fue que, a partir de la desaparición de una parte decisiva de la clase dirigente nazi más prominente, una de las grandes alarmas mundiales fue a dónde iban a parar los jefes y jerarcas nazis que habían logrado zafar de la derrota y habían logrado huir.

En aquel momento, el mundo estaba pendiente de cómo se iba a reconstruir la humanidad tras aquella épica gesta consumada por los Aliados, en particular, por la histórica alianza de los Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y la Francia libre. En este punto hay que situarse para advertir con qué preocupación y angustia se percibía en Washington, antes de la muerte de Hitler, el destino de la humanidad y sobre todo, que sería de los millares de criminales de guerra nazis y responsables políticos del Tercer Reich, que habrían de zafar de la derrota del Führer.

Que 68 años después, políticos argentinos que pretenden encarnar los problemas, temáticas y preocupaciones del siglo XXI imaginen que se pueda comparar al embajador norteamericano Spruille Braden con el octogenario juez de Nueva York Thomas Griesa, y que –consecuentemente- el binomio se compadezca con una transición equivalente, el Perón del 46 sería la Cristina del 2014, es una expresión de arcaísmo y desajuste político, ideológico y cultural francamente notable.

La razón principal de la preocupación que suscitaba Perón en 1945/1946, y no solo en los Estados Unidos, era cuál habría de ser la conducta de la Argentina ante la derrota de una Alemania a la que nuestro país solo le declaró la guerra formal y teóricamente prácticamente semanas antes de que terminara. A diferencia de Brasil, que se había alineado explícitamente en torno de los ideales de la democracia y de la libertad, la Argentina había jugueteado con un neutralismo irresponsable y culposo, imaginando que –típica maniobra argentina– la democracia perdía, Occidente era derrotado y ganaba el eje totalitario.

La Unión Democrática fue una alianza política electoral que se formó para hacer frente a la insurgencia del movimiento de Perón. El movimiento de Perón expresaba necesidades, reclamos y puntos de vista legítimos para que la Argentina ingresara en una era de justicia social. Pero ante las consignas de Perón, su inconfundible tufillo corporativo, la constancia de que Perón, efectivamente, como alto oficial del Ejército Argentino, había admirado explícitamente al régimen fascista de Benito Mussolini, y jamás había condenado al régimen de Hitler, se configura una alianza opositora que se centra específicamente en el peligro nazi. El peligro nazi fue entre 1943 y 1947 una realidad tangible y fehaciente en América Latina.

De esa Unión Democrática forman parte la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista, las fuerzas conservadoras, aglutinadas en el Partido Demócrata;  y el Partido Demócrata Progresista, fundado por Lisandro De la Torre, una fuerza política importante entonces. Es deprimente que políticos del peronismo como Domínguez o cualquiera que enarbole estas banderas, pretenda imaginar que el mundo de 2014 no es el 1946, y que el juez Thomas Griesa no es el malvado equivalente del imperialismo yanqui, como quisieron presentarlo a Braden, un hombre ciertamente intervencionista y bastante rústico, pero que encarnaba en aquel entonces las preocupaciones norteamericanas sobre la infiltración o la permanencia de retoños del nazismo en el hemisferio americano. La Argentina de aquellos años fue extraordinariamente generosa con los criminales de guerra nazi. En definitiva, no hay que olvidar que aquí fue aprehendido y llevado a juicio Adolf Eichmann.

Por eso, además de antigüedad y arcaísmo, esta consigna de “Braden o Perón, Griesa o Cristina” expresa una monumental mediocridad ideológica, política y cultural. Un país que se sigue sintiendo satisfecho reconfortándose con el recuerdo de consignas de hace siete décadas, cuando la abrumadora mayoría de los argentinos no habían nacido, es un país que va para atrás.

(*) Emitido en Radio Mitre, el martes 29 de julio de 2014. 



Pepe Eliaschev