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Habla la Iglesia

Triste respuesta presidencial a las críticas del Episcopado. Cumbre agrietada del PJ.

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Foto:Dibujo: Diego Temes

Una vez más, la Iglesia habló. Y lo hizo con voz potente –y sin eufemismos– acerca de temas concretos. “La Argentina está enferma de violencia”, señaló el documento de los obispos para referirse a este tema con la misma crudeza con la que en noviembre lo habían hecho respecto del narcotráfico. De esta manera, la jerarquía de la Iglesia se internó en uno de los problemas que más afligen: la violencia y la inseguridad. Lo hizo en el contexto de la creciente polémica que el tema genera dentro del Gobierno, que sigue empecinado en su insólita actitud de mirar para otro lado y de echarles la culpa a los otros. Esta tarea estuvo a cargo esta semana del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, y de La Cámpora. La respuesta al documento de la Conferencia Episcopal correspondió, en principio, a esta última y, como no podía ser de otra manera, lo que afloró fue la negación de la realidad.

La Iglesia tiene una ventaja fenomenal sobre el Gobierno: está presente en aquellos lugares en donde el Estado no está. Por lo tanto, no necesita de ningún organismo de estadística para apreciar el alcance real y la verdadera dimensión del delito y la violencia. Se asiste hoy a una oleada delictiva de violencia incontenible y de creciente audacia. Eso es producto del sentimiento de impunidad con la que se mueven los delincuentes que, ante cada iniciativa de las autoridades, redoblan la apuesta.

En la dura lucha que representa el combate contra el delito, la tarea fundamental de cualquier gobierno es la prevención. Ello exige no sólo atacar sus causas, sino también trabajar sobre la coyuntura. Eso es precisamente lo que está faltando. Todo esto demanda mucho trabajo y muchos recursos, de los que las arcas fiscales en muchos casos no disponen, lo cual agrava el problema. Además, la falta de una vocación por el diálogo con otras fuerzas del espectro político que exhibe el Gobierno ha socavado la posibilidad de elaboración de políticas de Estado sin las cuales este drama no tiene atisbos de solución.

La respuesta de la Presidenta a los obispos fue insólita aun cuando no sorpresiva. La distorsionada percepción de la realidad que exhibe Cristina Fernández de Kirchner no es novedad. “Cuando hablan de una Argentina violenta, quieren reeditar viejos enfrentamientos”, dijo. ¿Olvidó la jefa de Estado todo lo que ha hecho desde su gobierno para fomentar la división de los argentinos? ¿Tendrá conciencia de cuánto de esos viejos enfrentamientos ha sido reeditado desde el kirchnerismo durante la así llamada “década ganada”? ¿Sabrá del penoso saldo de familias divididas y amistades destruidas a causa de la intolerancia expuesta por el oficialismo y contagiada a otros sectores de la vida política y social de la Argentina?

Pero no sólo de la violencia habla el documento de la Conferencia Episcopal, sino que se explaya también sobre la corrupción, a la que califica como “un cáncer social”. La preocupación de los obispos sobre el tema no es nueva y es de tal hondura que hubo reuniones reservadas entre algunos prelados y algunos hombres de la Justicia en las que se analizaron los casos de aquellos funcionarios judiciales que, por investigar al poder, han sufrido y están sufriendo presiones y sanciones.

Desde este punto de vista, el fallo del juez federal Sebastián Casanello a través del cual se determina el procesamiento y el embargo de Leonardo Fariña y de Federico Elaskar fue recibido con alivio en el Gobierno y con alegría por Lázaro Báez. La falta de acción sobre este “empresario” K es tan inexplicable como escandalosa. Hizo recordar, además, al apresurado sobreseimiento que Norberto Oyarbide dictó sobre los Kirchner en la causa por presunto enriquecimiento ilícito.

Al igual que esta causa, en el futuro, el fallo de Casanello podría ser sujeto de revocatoria a través de la figura de “cosa juzgada írrita”. Es evidente que el apartamiento del caso del fiscal José María Campagnoli ha sido un paso clave en pos de direccionar la causa hacia la nada. Si todo termina en Fariña y Elaskar, estaremos asistiendo una vez más a la consagración de la más absoluta impunidad.

La reunión de gobernadores del Partido Justicialista ha desnudado las grietas que han comenzado a carcomer el proyecto de poder del kirchnerismo. La Cámpora buscó tener un lugar de preponderancia que molesta a la mayoría de los dirigentes de la cúpula del PJ.

El principal problema que tiene a futuro la agrupación cuyo mentor es Máximo Kirchner es que necesita imprescindiblemente del justicialismo. Sin ese acompañamiento, no hay posibilidad de mantener alguna cuota de poder cuando Fernández de Kirchner no sea más presidenta. Saben que el llano les augura tiempos difíciles. Hasta aquí han podido construir poder gracias a la plata del Estado, es decir, la de toda la ciudadanía. Es una militancia rentada que sólo se puede mantener así. Cuando esos fondos no estén, las cosas le serán mucho más difíciles. Es así de simple.

Al momento de escribir esta columna se conoció una triste noticia: el fallecimiento de la ministra de la Corte Suprema Carmen Argibay. La Argentina pierde así no sólo a una gran magistrada, sino también a un pilar de la democracia y la justicia independiente, bastión de la institucionalidad y la república.

Producción periodística: Guido Baistrocchi.



Nelson Castro