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¿Habrá un 2015 normal?

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¿Se imagina, lector, esta escena: Cristina Kirchner entregándole la banda presidencial en 2015 a Scioli o a Massa? Hoy debería ser la imagen más probable. Pero para los kirchneristas resulta una escena imposible, porque no se ven a sí mismos pasándole el poder a un representante de otra forma de hacer política. Lo mismo sucede con muchos antikirchneristas, para quienes Scioli y Massa representan una continuidad light del kirchnerismo, y sólo pueden imaginar un cambio más drástico: Macri, por ejemplo.

Pero tanto para que Macri alcance la presidencia como para que Cristina logre alguna forma de re-reelección tendría que haber un deterioro económico, en el primer caso, o un deterioro institucional, en el segundo, algo que haría menos imaginable llegar a 2015 sin graves conflictos.

Hay quienes especulan con elecciones presidenciales anticipadas en 2014 sin un escenario destituyente sino por propia decisión de la Presidenta ante un contexto adverso. Mezclando deseos con razonamientos, pronostican una derrota contundente de Cristina Kirchner en las elecciones de octubre próximo, perdiendo la Ciudad de Buenos Aires ante el PRO, Santa Fe ante el Socialismo, Córdoba ante el PJ de De la Sota y Mendoza ante Cobos, con un Frente para la Victoria que, además, terminaría tercero en la mayoría de estos distritos completando su humillación. Y, en la provincia de Buenos Aires, perdiendo por muchísimo si se presentara Massa como candidato de su propio partido, o perdiendo igual por mucho si la oposición al kirchnerismo la encabezara De Narváez.

Para ellos, el Gobierno no conserva capacidad de gestión electoral, porque si Néstor Kirchner viviera ya habría anulado las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) de agosto, ya que el más votado del no kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires polarizará la elección, absorbiendo votos opositores y aumentando la diferencia a su favor en las elecciones de octubre y la derrota del kirchnerismo.

Una de las dudas que Massa tendría para presentarse él como candidato de su Frente Renovador es el temor a ser el generador de una debacle de Cristina Kirchner que pudiera anticipar el calendario electoral.

A quienes no les molestaría ese escenario pronostican que, tras el triunfo de la oposición en octubre y después de la frustrada experiencia de 2009, esta vez sí se unirían para que el presidente de la Cámara de Diputados sea de la oposición, imposibilitándole al Gobierno aprobar sin consenso ninguna otra ley entre diciembre de 2013 y de 2015. En cambio, temen por las leyes que el kirchnerismo podría aprobar en los 44 días que separan la votación del 27 de octubre y la asunción de los nuevos legisladores el 10 de diciembre, porque en ese mismo interregno, durante 2009, el Gobierno aprobó la Ley de Medios y la Ley de Reforma Política (las PASO).

Como no hay manera de que las elecciones de octubre dejen al Gobierno en minoría en el Senado, no se podrían anular las leyes que el kirchnerismo hubiera aprobado antes. Sin embargo, los más optimistas sueñan con senadores del peronismo con ambición de futuro y con que sus jefes, los gobernadores, viendo un colapso electoral del kirchnerismo, abandonen el oficialismo y se pasen al bloque del peronismo federal, tarea en la que operaría como consejero senior De la Sota (el gobernador de Córdoba se enoja cuando se habla de su edad, porque él tiene 63 años mientras que Binner ya cumplió los 70 y nadie lo inhabilita por eso).

Otro factor de tensión será la Corte Suprema de Justicia, que arrancará esta semana con el primer fallo que hará temblar al Gobierno: la elección de miembros del Consejo de la Magistratura por voto popular. Existe la posibilidad de que la Justicia acepte que una parte de los consejeros (los académicos) sea elegida por voto popular y de esa manera le permita al Gobierno, aunque sin alcanzar la mayoría en el Consejo, tener alguna forma de nacionalizar el resultado sumando todos los distritos electorales más pequeños donde ganará.

Y si la Corte Suprema rechazara en forma completa la elección de consejeros por voto popular y luego fallara a favor de Clarín en la Ley de Medios, el kirchnerismo tendría otra excusa para victimizarse y justificar que no lo dejan gobernar (la teoría del portazo).

Al revés están los que temen que el Gobierno vaya realmente por todo y esté dispuesto al fraude electoral. En la provincia de Buenos Aires la oposición tiene preparado, además de fiscales propios en todas las mesas, un dispositivo especial para los mil lugares de votación (en total son 4.162) donde se concentra más de la mitad de todos los votantes bonaerenses. Allí, autos custodiados controlarían la salida de las urnas, y habría también varios móviles con cámaras preparados para salir a filmar cualquier movimiento sospechoso.

Otros ven la búsqueda de la perpetuación del Gobierno inspirada en Putin, quien cruzó un período presidencial como primer ministro (jefe de Gabinete sería en la Argentina), con lo cual, a partir de 2015, Cristina Kirchner no sería presidenta en la forma pero sí en el fondo.

Hay para todos los gustos, desde renuncia con elecciones anticipadas hasta –aunque cada vez con menos fuerza– Cristina eterna. Pero resulta menos verosímil la variante lógica: que Cristina sea sucedida por alguien conectado pero no totalmente afín. A los argentinos, tan acostumbrados a los cambios drásticos, nos cuesta imaginar otra cosa.

La perspectiva que cada candidato tiene de 2015 explica las alianzas que para octubre de 2013 ha hecho o dejado de hacer: quién se juega todo y quién prefiere esperar. Pero todos coinciden en envidiar la suerte de Cristina: cuando un nuevo choque de trenes amenazaba con convertirse en un escándalo, el asesinato de Angeles Rawson lo eclipsó.



Jorge Fontevecchia