COLUMNISTAS OÍDOS SORDOS

Halcones y racistas en Medio Oriente

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El conflicto entre Israel y los palestinos fundamentalistas no es religioso. Sí es político, histórico y de vindicta y lleva bastante más de medio siglo. En 1948, cuando se creó el Estado de Israel, las potencias de Occidente creyeron enmendar sus tremendas culpas porque durante 15 años vedaron la entrada de los refugiados perseguidos por los nazis y también se resistieron a bombardear, cuando podían haberlo hecho, las vías donde los trenes llevaban a millones a la muerte. La independencia de Israel desencadenó una guerra y un tremendo sacrificio y representó el éxodo de 600 mil palestinos que nunca reconocieron ese nuevo Estado. Pero hay un hecho clave en el desentendimiento que viene costando mucha sangre. Y es que Israel tampoco reconoció aquel desplazamiento que llevó a los palestinos a deambular por distintos países árabes donde a veces los marginaron y “ghettificaron” y a veces los masacraron.

Hay oídos sordos y un odio que no cesa. Durante mucho tiempo el grupo dirigido por Yasser Arafat, transformado en Autoridad Palestina, subvencionado por varias naciones vecinas, vivió del terrorismo metódico contra los israelíes y se envolvió en una corrupción desaforada hasta concluir en búsqueda de buenas relaciones. Aquellos terroristas terminaron mutando en lo que hoy es Hamas en la Franja de Gaza y en Hezbollah en territorio libanés, los dos receptores del mejor armamento de Siria e Irán y de las jugosas transferencias de fondos de algunos países no muy lejanos. Se escuchan y se pretenden probar acusaciones de donaciones de Qatar, sponsor del club de fútbol Barcelona. Es imposible que en Gaza hayan construido casi una ciudad subterránea, con innumerables túneles bien hechos, sin mucho dinero. Seguirían sin cohetería sin las entregas a través de las cuevas que la ligan a Egipto y a la ayuda de los Hermanos Musulmanes. El plan es tirar a los judíos al mar, que desaparezcan.

El proceso es interesante, enfermizo y peligroso porque la euforia bélica y la destrucción están no sólo en la cabeza de los fundamentalistas palestinos. También se la encuentra en la de los ultrahalcones en Israel, que desearían aniquilar sin más y definitivamente a los palestinos. Hace pocos días el escritor pacifista David Grossman, autor del libro La vida entera e integrante del Movimiento Paz Ahora, advirtió que el conflicto de Gaza está haciendo emerger entre los nacionalistas israelíes “elementos salvajes, bárbaros y subversivos”, que en un futuro podrían “ser difíciles de contener”. Son los militantes del ultranacionalismo que llevan un cuchillo en la boca y todavía nadie los vio jugarse por la sobrevivencia del Estado de Israel. Para estos desaforados, dice Grossman, Netanhayu, que es un belicista consecuente, viene a ser algo así como una paloma pusilánime.

Otro escritor pacifista, Amos Oz, despertó una ola de protestas porque llamó “neonazis” a los jóvenes colonos extremistas que en los últimos meses han realizado actos de vandalismo contra propiedades árabes, iglesias de diferentes corrientes cristianas y contra el propio Ejército de Defensa (Tzáhal). Es una actividad que sus miembros han llamado “Tag Mejir” (“precio de etiqueta”). “Es un desprecio contra el recuerdo del Holocausto, han cruzado todos los límites; son racistas”, dice Oz. Otros colonos han ocupado tierras de Cisjordania, una movida provocadora, desmesurada.
A Oz, de 74 años, hijo de pioneros, que ha vivido su vida en un kibutz de espíritu socialista, que donó los derechos de autor de sus obras a la caja de esa organización, Premio Príncipe de Asturias, de alto brillo intelectual y moral, lo llamaron de todo menos homosexual. Lo acusaron de ser un militante anti-Estado de Israel. No faltaron los que se ofendieron porque Oz hizo mal uso del Holocausto como ejemplo. Lo exhortaron a retractarse. La prensa lo lapidó. Lo mismo que los miembros nacionalistas y de extrema derecha que abundan en el Parlamento.

La historia demuestra que el conflicto de palestinos contra israelíes sólo se puede resolver entre ellos o no lo resolverá nadie. Ninguna potencia occidental desea ponerse en el medio de esta tragedia.

*Periodista y escritor.



Daniel Muchnik