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Hasta el mas honesto se tienta en convertirse en criminal

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Blatter, Valcke, Capitanich y todos los que pronosticaron que, durante el Mundial, sólo se hablaría de fútbol, fracasaron rotundamente. Desde que la FIFA empezó a vender este producto como artículo de primera necesidad universal, los partidos nos hipnotizan a punto de elevar durante cada noventa minutos los índices de asaltos e infidelidades. Pero no sólo no se recuerda que una sociedad haya mutado a partir de la borrachera de un suceso, sino que, apenas la pelota se detiene, el gran grano de la corruptela y la desvergüenza supura.


Como para no sumarle a vuestro cotidiano fastidio más menciones a apellidos casi tan junados en sus gestiones como en los trend topics –Boudou, Kiciloff, Macri, etc...– intentaré circunscribirme a nuestro día a día carioca.
El último miércoles, Jerome Valcke, un francés secretario general de la FIFA, ex enemigo al cual el presidente de la entidad supo acusar por extorsión, invadió la televisión brasileña hablando de las maravillas del torneo, de su logística y sus obras. El jueves, el propio Blatter desafió con insolencia indigna de un señor mayor preguntándole al mundo dónde habían quedado las protestas sociales. Y aseguró el éxito de “mi vigésimo mundial” (sic). Apenas 24 horas más tarde, la naturaleza de las cosas y de los hombres les contestaron brutalmente. Por un lado, las obras que elogió el abogado que supo hacerle perder una millonada a la FIFA por negociar con un futuro sponsor a espaldas de uno vigente del mismo rubro –tarjetas de crédito– crujieron de la mano de un puente que aplastó dos autos y un colectivo, mató a dos personas e hirió a una veintena en Belo Horizonte. Tuvo suerte la FIFA. Por debajo del viaducto suele pasar el colectivo de nuestro seleccionado. Y hasta mi compañero de TyC Sports, Esteban Edul, quedó a veinte segundos de la tragedia. Cualquiera de estos episodios –en distinta escala, claro– hubiera acercado al torneo a una crisis de continuidad sin precedentes. Porque, es bueno saberlo, para algunos dirigentes también las muertes valen distinto.

Ese mismo día, la Policía de Río de Janeiro y un fiscal al que aún parecen no haber domesticado, exigieron a la FIFA que entregue al dirigente que, desde el lujoso Copacabana Palace, maneja la infernal reventa de entradas que, dicen, han generado ingresos de hasta un millón de dólares por un solo partido. En línea con la mencionada explosión purulenta, aparecieron entradas en la reventa con los nombres de Julio y Humberto Grondona impresas, y un conspicuo mercenario vestido con la camiseta de Lanús exhibió su ticket a nombre de la AFA y la Federación Cordobesa de Fútbol. Sobrevolándolo todo, un señor de apellido Alvarez, que es el más impune ejemplar de impunidad y connivencia barra de la Argentina. Recursos de millonario, decenas de entradas por partido y toda la logística para entrar y salir del país y de los estadios con una facilidad y un rédito que tienta al más honesto en convertirse en criminal. Para probar, al menos, si es verdad que, en el fútbol, sólo caés si sos un pichi.

Imagino a muchos señores de traje –y un par de joggineta– esperando con ansiedad el comienzo de los cuartos de final. Es de manual: si hay partido, lo demás, en el peor de los casos, queda stand by. Y si los partidos son buenos y llegasen a jugar Brasil y la Argentina la final, capaz que zafamos y nos volvemos sanos y salvos a casa, donde todo es diferente y sabemos a quién tocar para que no nos jodan.

Para qué negarlo: también yo soñé con un viernes de idilio futbolero. Empezamos mal y terminamos con, más que nada, una muestra de carácter. A los alemanes le bastó un primer tiempo convincente y un gol oportunísimo para domar a un rival demasiado domesticado. Francia, que fue una de las minisorpresas del torneo –después de entrar en el torneo por la ventana, ganó su grupo con solvencia y agresividad– terminó siendo un adversario dócil que sólo se acordó de que los partidos se ganan atacando y haciendo goles cuando el cuarto árbitro levantó ese ridículo cartelón que anuncia los minutos de descuento (sepan los argentinos que desde que Araujo fue desgraciado del FPT, podemos dejar de decir “tiempo recuperado”, concepto que, por cierto, no figura en el reglamento de la FIFA).
Lo que vino después fue distinto. Por Brasil, ya que a Colombia le pasó algo similar a lo de los franceses. El final cerrado, con los brasileños desesperados por dejar el juego que, más de una vez, jugaron como si ellos mismos lo hubiesen inventado, dejó una falsa impresión del muy tibio equipo de Pekerman. Fui uno de los que imaginó que, si ganaban ayer, los colombianos podrían haber hecho historia. De la grande. Quedaron muy lejos de un equipo local muy recuperado anímicamente, liderado por su real figura del torneo, que es David Luiz y no Neymar. Neymar le puso magia hasta que Zúñiga lo rompió. La jerarquía se la da el zaguero saliente del Chelsea. Ayer acompañado como hacía rato no sucedía por Thiago Silva.

Fue mejor el atardecer futbolero que el mediodía. Bastante mejor. Y nos quedamos con las ganas de saber qué hubiera sido del partido si Colombia no se hubiese quedado en el hotel hasta bien entrado el segundo tiempo.
Hasta aquí, la historia se impuso a la amenaza de los recién llegados, aunque Francia tenga algo de la estirpe de los fundadores. Mucho de eso necesitará la Argentina contra Bélgica.

En frío y revisando los cuatro partidos que ambos jugaron hasta aquí, el equipo de Wilmots me da miedo. El de Sabella, también. Pero es de señor maduro y de buen cronista saber leer un viernes para no equivocar el pálpito de un sábado.
Para Bélgica no es lo mismo debutar en un Mundial que hacer historia. Tampoco lo será para nuestros muchachos quebrar una racha de 24 años sin semifinales –y cuatro más sin decencia futbolera–.
Pero sigo recordando que Messi es argentino. Y que, si no nos pasan por arriba con sus fútbol sin semáforos, los belgas pueden darse cuenta de que, enfrente, hay una camiseta cuya historia se merece una mejor noticia de las que venimos recibiendo.

*Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo