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Hasta la próxima

Inviernos.

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Es inútil. A una no le sale. No puede desprenderse de lo que la rodea y el resultado es que el clima viene y se impone y una dice bah a mí qué me importa, yo me hago la que no se da cuenta. Por si usted no lo descubrió, querida señora, ese “una” vengo a ser yo. Y es inútil, repito, ¿cómo se hace para aislarse del frío, la llovizna, las neblinas matinales, cómo, si ellas se meten por todos los intersticios posibles? Y vea usted, estimado señor, que la vida está llena de intersticios y no sé si no es que la vida misma, nuestra realidad, es un intersticio interminable. Bueno, terminemos con estas filosofículas superficiales y casi tópicas, y vayamos a lo que importa. Que es nada más y nada menos que el frío. Pero ¿es que nunca va a dejar de hacer frío? ¿Es que los viejos dioses que reglaban el clima no pueden dejarnos en paz? ¿Es que están tan viejos que solamente pueden repetir y repetir lo que desde hace siglos y milenios vienen haciendo? A ver si alguien les avisa que ya basta, que está bien, que ya cumplieron con su deber y que es hora de dejar el escenario a la primavera, que en este momento entre bambalinas se peina y se maquilla y se mira al espejo y decide que ya es hora de volver y que si no fuera por ese viejo insoportable que es el invierno ella ya estaría vestida de gasa bailando en nuestros jardines y parques y fuentes y ríos y bosques y umbrales de nuestras casas. Basta, don Invierno, basta, ya está, vuélvase a casita bien abrigado y calentito cerca de la estufa y déjele el sitio a su prima Vera que es un amor, rubia y esbelta y complaciente y dispuesta a favorecer al amor y su séquito, vamos, raje de una vez, compañero, y no vuelva hasta dentro de nueve, diez meses, vaya, no se demore, le pagamos aguinaldo y todo y usted se va, ¿eh?, sin preguntar nada y sin reclamar aguinaldo ni esas cosas desagradables que les hacen tanto mal a nuestros bolsillos, a nuestras cuentas en el banco, a nuestro ánimo y a nuestros sueños.

Vaya, dele, no haga que pensemos con nostalgia y hasta con una lágrima indiscreta en aquellas diosas y semidiosas tan monas, tan bien vestidas siempre que hasta parece que por Dior y compañía, tan bien peinadas y maquilladas que hasta parece que por los camarines de la Metro Goldwyn Mayer, y lamentemos que se hayan ido… No para siempre, ah, no, pero que tengamos que añorarlas. Vaya, no se preocupe, vamos a estar todas y todos bien. Y sabemos que va a volver, pero no se apure, que en esta vida todo llega, en estos casos para mal, en otros para bien. Le recomiendo, eso sí, la nostalgia de aquellas diosas que supimos conseguir, aquellas a las que se homenajeaba con flores y frutos del campo, con amor y con ganas de seguir viviendo. Gracias, amén.