COLUMNISTAS

Hasta siempre

La esposa de Pepe Eliaschev realiza aquí un homenaje póstumo al periodista; un relato de la vida y los últimos momentos de quien colaboró con PERFIL desde su primera edición.

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Afuera, los reporteros con sus cámaras de televisión esperaban noticias sobre la salud de Cacho Castaña. Adentro, en la mañana del martes 18 de noviembre, el cuerpo de Pepe yacía en el Sanatorio de los Arcos esperando su viaje final. Cerca de su cama, el entrañable Jorge Lantos nos decía a nuestros hijos, Nicolás y Tomás, y a mí que a partir de ese momento Pepe nos acompañaría. Ante decisiones importantes, nos preguntaremos “¿qué haría Pepe?”.

Pepe no habría llamado a los medios para contar la triste noticia, nosotros tampoco. Lo llevamos al cementerio israelita de La Tablada, donde sabíamos que quería descansar. Lo despedimos ese mismo día con emoción junto al cálido rabino Adrián Herbst. Las bellas y sentidas palabras de Nicolás transmitieron nuestros sentimientos y los de los queridos que nos siguieron; cerró con los Beatles: “Y al final, el amor que te llevás es equivalente al amor que das” (And in the end, the love you take is equal to the love you make). Su familia, sus amigos y sus oyentes lo amaron.

Sus acciones, como periodista y ciudadano, nos vuelven a los chicos, a las nietas y a mí en torrentes de cariño y respeto de sus amigos, colegas e instituciones. Radio Mitre (con Tato Young, Nati López y sus columnistas en el aire y Mariano y Federico en la producción) y diario Perfil (con Rodrigo Lloret) lo sostuvieron delicadamente durante estos seis meses. Conmovidos, percibimos agradecidos la simpatía y la admiración hacia Pepe de miles de ciudadanos de a pie.

Recibió la mejor atención médica posible, junto a la dulzura y admirable humanidad de los doctores Lantos, Gustavo Kliger, Enrique Aman, Oscar Andriani, Gustavo Podestá, Ariel González Campaña, Carolina Chacón y Marta Invernizzi, y equipos de Guillermo Semeniuk y Vicente Galli; a ellos gracias infinitas.

Pepe tenía una personalidad tan compleja como firme. Podía ser tan arisco como sensible, exigente y generoso, chinchudo e irónico. Fue libre e hizo casi siempre lo que quiso. Ardiente, por momentos eligió batallas imposibles. Arbitrario, disparó invectivas a veces (pocas) inmerecidas. Audaz, fue contra la corriente cuando lo creía correcto. Irritó y se irritó; atravesó desiertos. Beligerante, trajo paz a sus oyentes cuando fue necesario, cuando la democracia tambaleó.

Por su versatilidad temática y sus múltiples intereses, Pepe apeló a cada uno de diferente manera. Lo expresa el micromundo del barrio de Monserrat, donde vivimos durante décadas. Algunos saludan al periodista “que decía tan bien lo que nosotros no podemos o no sabemos decir”. Otros celebran al hincha de fútbol y lamentan que se haya ido “justo ahora que Racing va puntero”. Recuerdan sensaciones y sentimientos provocados por la “música celestial” que difunde Esto que pasa. Afirman que crecieron oyendo su voz en la radio porque sus padres lo escuchaban. Sentencian que, además de gran periodista, era caballero y buen vecino. Prometen recordar “sus enseñanzas”. Escriben cartas como la de Alba, vecina: “Lo veía algunas mañanas, sobre todo los domingos, recorriendo su terraza, observando –pausado, pensativo– sus innumerables plantas”. Estas lo conectaron hace más de veinte años con su amiga Graciela Barreiro, integrante de Esto que pasa.

Orgulloso de su origen, Pepe fue un judío laico que amó a Israel, en la convicción de que esa democracia del Medio Oriente tiene derecho a existir, sin ser criticada permanentemente con doble estándar. El recuerdo de los sabores de la niñez lo llevaba a las caricias familiares y a la tradición cultural de sus ancestros, a su fraterna amistad con el escritor Marcelo Birmajer, columnista de su programa.

Tuvo una vida rica en viajes y experiencias profesionales. Trabajó como periodista en varios países y en todos los formatos. Supo transmitir su ansia por el rigor informativo a cientos de alumnos universitarios en Caracas, México y Buenos Aires. Realizó entrevistas a personajes memorables, entre ellos intelectuales y escritores de habla castellana, como Borges y Carlos Fuentes, personalidades como Cassius Clay, Ted Kennedy, Norman Mailer. Subrayó la diferencia entre información y material editorial. Pepe fue el primero que desplegó en la radiofonía local el concepto de “editorial”, que construía mientras hablaba. Su amor por el lenguaje lo vinculó en 1994 a su amigo Martín Hadis, parte de su equipo 2014.

Podría haberse postulado (sugerido por personalidades de agrupaciones políticas) a jefe de Gobierno, diputado, defensor del pueblo. Podría haber tenido cargos no electivos y muy bien remunerados. Podría haber “arreglado” con más de uno, en más de una ocasión. Podría haberse enriquecido con desmesura. Pero no, fue sincero y recto, Pepe hizo lo que le dictó su conciencia. El poder no lo sedujo. Independiente, fue crítico tenaz de todos los gobiernos. A Alfonsín, por ejemplo, recién lo frecuentó cuando fue ex presidente; éste le otorgó a Pepe su última entrevista.

Periodista hasta el fin, en la madrugada del martes 18, ya semiconsciente, alcanzó a decirme: “Tirame un título”. Muchos titulares en estos días hicieron justicia al apasionado y talentoso periodista y al hombre honesto, estudioso y trabajador. Quedan sus editoriales, su página web, su autobiografía (Me lo tenía merecido), una docena de libros, como Reagan, U.S.A., los años ochenta (1981), donde afiló su análisis y asomó su veta literaria, y Los hombres del juicio (2011), completo relato del juicio a las juntas militares y el costado humano de los protagonistas que las condenaron.
Porteño, amó a su país y también al Uruguay, donde encontró tranquilidad y amistad. A mí me inició en la profesión y Tomás siguió ese camino. Me dio dos hijos maravillosos. Lo queremos y extrañamos, pero –como dije a nuestra nieta mayor– mientras lo pensemos nosotros y sus hijos, y los hijos de los hijos, Pepe está.



Victoria Verlichak