COLUMNISTAS DEFENSOR DE LOS LECTORES

Hay que volver a las fuentes

PERFIL COMPLETO

Supongamos que un caño en la cocina decidió poner fin a sus días y el agua comienza a manar inundándolo todo. Supongamos que saltó la térmica, uno no sabe por qué, y carece de conocimientos para reparar el daño. Supongamos que un hijo tiene fiebre muy alta y que no hay otros signos que la justifiquen. Supongamos, en fin, que en el primer caso llamamos a un carnicero, en el segundo a un albañil y en el tercero a los bomberos. Algo estaremos haciendo mal, muy mal.

Violando las más simples reglas de la buena práctica periodística, quien consultó días atrás una fuente del Vaticano para certificar la autenticidad o no de una misiva papal para la presidenta argentina recurrió a la fuente equivocada, con o sin la intención de perjudicar. Fue superficial, se diría que displicente, en el tratamiento de la información y se quedó con una sola campana, violando otra ley de este oficio que obliga a recurrir a no menos de dos fuentes confiables. Así, la persona entrevistada en los pasillos del palacio pontificio fue un argentino (¿qué mejor, quién más fácil de entrevistar que un coterráneo?) dedicado a quehaceres diferentes del trato profesional con los periodistas. El funcionario, con muchos años de trabajo en el área de ceremonial y protocolo, respondió lo que podría responder el carnicero que no plomero, el albañil que no electricista, el bombero que no pediatra: de manera errónea.

Decir que las culpas son compartidas es intentar retirar el lazo del cuello propio. Era obligación de quien hizo la consulta chequear los dichos con otra fuente antes de afirmar, como finalmente lo hizo citando al funcionario vaticano, que la carta del Papa a la Presidenta era falsa y abriendo así un abismo (profundizado hasta la sima por los medios que se hicieron eco, en su mayoría con intereses políticos más que periodísticos) entre el buen ejercicio profesional y lo que les llegó a lectores y audiencia.

La desmentida, tardía por cierto por el insólito silencio de demasiadas horas por parte de la Nunciatura, no sirvió más que para acentuar el papelón. Que el propio jefe de la grey católica (además de su vocero oficial y el nuncio apostólico) haya tenido que salir a aclarar qué pasó potenció esa tremenda gaffe, equiparable con lo ocurrido con El País tiempo atrás, cuando publicó una foto trucha de la supuesta agonía del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez.

Me pregunto qué hubiera hecho PERFIL en una situación semejante y con el diario a punto de salir a la calle. Me consta que, en la mayoría de los casos, los periodistas de este diario consultan a más de una fuente antes de publicar algo, y más si se trata de información altamente sensible.

Tiendo a creer que, recibidos los dichos de monseñor Guillermo Karcher, el paso siguiente hubiese sido agotar la búsqueda de mayor información en la Nunciatura y fundamentalmente en el área de prensa del Vaticano, que es naturalmente el lugar donde hallar la información correcta.

En un seminario realizado en La Paz, Bolivia, el periodista uruguayo Roger Rodríguez (quien fue juzgado y encarcelado por negarse a identificar a sus informantes en la investigación que hizo por el caso Gelman) dijo con claridad: “Para elaborar una noticia no es recomendable jugar con el Señor Fuente”. El Señor Fuente, en este caso, fue Guillermo Karcher, el contacto más a mano aunque equivocado con quien se jugó un juego al cabo perverso.

Debo destacar el buen tratamiento que este diario le dio ayer al tema, sin estridencias, con buenos datos y sin entrar en el perverso juego de los medios plantados contra el Gobierno y los que lo defienden a ultranza.

Ayer, el jefe de redacción de PERFIL. Javier Calvo, proponía “hacer un examen más riguroso de lo que hacemos y cómo lo hacemos”, y cerraba su columna (“El fin del periodismo”) con un disparo al corazón del mal ejercicio de esta profesión: “Porque no lo estamos haciendo bien”.

Días atrás, en las redes sociales circuló la tapa de una revista española que anunciaba una entrevista ficticia a Letizia, la esposa del príncipe Felipe. Muchos tomamos eso como un mero ejercicio humorístico, pero también como una advertencia: el periodismo que se hace, hoy, se está acercando peligrosamente a ese abismo del que hablaba líneas atrás.
 
Gramática. Tiene razón el lector Durante al quejarse por errores en el empleo de los tiempos verbales que suelen detectarse en textos de este diario. Su ojo clínico ya ha apuntado varias veces a los editoriales de contratapa. El buen uso del lenguaje es regla esencial de este diario, consagrada en su manual de estilo. Y una obligación para beneficio de los lectores en general y del señor Durante en particular. Seguramente, tanto la carta como este comentario serán tomados en cuenta por el autor de los textos y por quienes deben corregirlos.



Julio Petrarca