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Hay vida después de una derrota

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De pronto –cada vez pasa más seguido–, el fútbol hablado más que jugado pasa a ser asunto de un puñado de iluminados capaces de sumarle melodrama al bodrio. Con la elocuencia de una cachetada, ese espectáculo que tanto nos entusiasma pasa a tener el atractivo de una mala película iraní. Sin subtítulos. Una vez más, rotular como superclásico a lo que se vio el jueves es como decirle Proceso a la Dictadura: un eufemismo.

Asumo que todas estas quejas son vanas y aburridas. En todo caso, con sólo matizarlo con un par de precisiones –resultado final, árbitro, cantidad de córners, autores de los goles si los hubiera habido–, el concepto hubiera valido para la enorme mayoría de los River-Boca que se han visto. Al menos en los últimos treinta años.

Tal vez por la orfandad estética de un partido como el del Monumental, no queda demasiado espacio para hablar del juego. Ni un programa de tele, ni uno de radio ni un artículo en un diario pueden alimentarse sólo de prepotencia, mediocridad, tedio y falta de jerarquía. Para sintetizar la idea de lo que se vio en Núñez no hace falta mucho más que un par de minutos de aire o un párrafo en la web.

Entonces, los periodistas apelamos a nuestros bienamados atajos, a las colectoras, a los caminos alternativos al juego, que tanto nos costaría explicar porque, sencillamente, no lo entendemos.

Una especie recurrente de estos días –y de las previas a cualquier clásico decisivo; desde principios del siglo XX, sospecho– apunta a que casi todos pelean más que juegan estos partidos porque, al día siguiente, el que pierde no puede salir a la calle. Dicho de otro modo, al que se queda afuera, el verdulero le vende naranjas a 30 pesos –lamentablemente, el tomate a 50 te lo cobran en cualquier lado aunque no juegues a la pelota– o el quiosquero le manda el Olé con la tapa adulterada como a Arroyo Salgado.

No deja de ser el reflejo de lo que muchos hinchas sienten ante la impotencia de no poder gastar y, encima, ser gastados. Porque, bueno es recordarlo, para muchos de nosotros, ganar un clásico importa exclusivamente para gozar al vecino. Algo así como levantarse a Kirsten Dunst sólo para cagársela a otro.

Es decir, no es disparatado pensar que esa idea –la de “convertir en un paria al que defrauda nuestra ilusión”– pasa exclusivamente por la vesícula biliar del hincha derrotado. Y de ese dirigente que nunca pierde y que explica que el fútbol es para vivos. Como algunos gremios.

Debo recordar que vivimos en un país en el que Cavallo sigue explicándonos cómo son la vida y la economía. Y en el que Carlos Menem es senador.
Además.

Hubo un tiempo, a principios de los ’80, en los que Boca soportó una de las peores rachas negativas en el clásico. Ganó apenas 11 de 13 oficiales jugados entre 1982 y 1986.

Gatti, Ruggeri, Mouzo, Gareca, Graciani fueron sólo algunos de los que perdían casi siempre. O ganaban casi nunca. Los últimos partidos de la racha coincidieron con la clasificación de River para las semifinales de la primera Libertadores que ganaría. Nadie dudaría de la “actitud” de señores como Krasouski, Hrabina o Passucci, hombres ante quienes el Beto Alonso y compañía celebraron más buenas que malas. Les digo más, varios de ellos (Gatti, Passucci, Hrabina y Graciani) más Olarticoechea, el Chino Tapia, Jorge Higuain y Jorge Rinaldi fueron testigos privilegiados del 0-2 tan famoso del gol del Beto Alonso con la pelota naranja. Una afrenta en la mismísima Bombonera.
Del otro lado.

En el cancionero xeneize hay varias fechas marcadas en rojo. Una de ellas –de las últimas– es la del 27 de noviembre de 2004. Hoy podemos comprobar que también para los de River tatuada en el lado oscuro del corazón, ilusionados con la revancha. Aquella fue la noche de la gallinita de Tevez y de los penales de Ledesma y Alvarez. También la antesala de una inaudita derrota en la final con Once Caldas. Desde algún trasnochado concepto del éxito, más de un resultadista detiene su recuerdo en la victoria por penales en el Monumental minimizando que aquel penúltimo Boca de Bianchi perdió ni más ni menos que la final de la Libertadores con un rival inverosímil.

Aquella noche, entre los derrotados estuvieron Coudet, Lucho González y Rolfi Montenegro. Y Mascherano. Y Maxi López, que fue el que falló el penal. Y el mismísimo Fernando Cavenaghi.

Me animo a decir que con sólo seguir el derrotero de los nombres mencionados entre ambas listas de “traidores de la fe” no aparece ningún desterrado.

Si es verdad que los clásicos hay que ganarlos como sea, ¿en qué lugar del Olimpo de los Dioses debemos ubicar a Riquelme y a Francescoli? A Maradona y a Passarella. A Aimar, Gonzalo Higuain y Salas. Y a Tevez, Barros Schelotto y Palermo. Ellos son, apenas, unos pocos de los que, más recientemente, se empecinaron por demostrar que a los clásicos se los debe intentar ganar siendo mejor que el rival. Que si en algún momento de su vida futbolera hay que trascender es justamente cuando más se los necesita.

Me resisto a la idea de que no hay vida después de una derrota. No sólo es una idea patética sino que no es cierta. Por el contrario, esa vida puede ser mejor no sólo por ganar el clásico, sino por ser ese día el mejor jugador que jamás fuiste.

Después, hay que entender las coyunturas. Vivimos un tiempo en el que un señor hace guita sacándole una foto fumando a un futbolista; Enzo Francescoli, de cuya majestuosidad futbolera nadie dudaría, admitió más de una vez haber fumado hasta en algún entretiempo. Las redes sociales pueden hacerte sentir que sos el ser más miserable y torpe del planeta. Y tres sin vida disfrazados de panelistas te levantan el dedo acusador insinuando que sos esa persona que jamás creíste ser.

No es fácil absorber tanta idiotez. Mucho menos cuando, durante 90 minutos, hay decenas de miles de voluntades histéricas que no quieren que intentes jugar sino que te equivoques lo más lejos de tu arco posible.

Tal vez por eso hay buenos jugadores que, durante esos 90 minutos, eligen el taekwondo más que el fútbol. Por esa misma histeria es que hay buenos árbitros que lo permiten. Por lo pronto, sepan los hinchas de uno y otro equipo que ni Boca ni River figuran entre las principales víctimas de la injusticia de nuestro fútbol y que ambos tienen muertos en el ropero y presuntas estafas por reclamar en el historial entre ambos. Lo advierto, aunque por estas horas el hincha de Boca sienta que hay cierta licencia para el uso de artes marciales que alguna otra vez usaron los de su camiseta.

Si me obligaran a dar un pronóstico sobre lo que sucederá el próximo jueves estaría en un serio aprieto: no tengo un pronóstico sino un deseo. Que tanta grosería conceptual, tanto chamullo, tanta advertencia de finales de ciclos y de destierros, tanta sensación de que no hace falta jugar al fútbol para ganar estos partidos no conviertan el desenlace de la serie en un bochorno del cual todos nos avergoncemos.
Y una modesta sugerencia.

A los que jueguen el jueves. A los que tengan la fortuna o el merecimiento de ganar. Nadie les va a quitar la alegría de sentirse inmortales por una victoria trascendente. Inclusive si se lo consigue de la peor manera.

Sin embargo, debe haber pocas sensaciones más hermosas que ganar siendo superior, honrando el juego que nacieron para jugar tanto mejor que nosotros, los eternos pataduras. No se nos parezcan tanto.

Ganar siendo mejor y jugando bien no sólo es un mejor ejemplo.
Es indeleble.



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