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Herencia e incoherencia

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Muy interesante el comentario de Nelson Castro, hace poco, en su programa de TV, acerca de una afirmación de Barack Obama. Obama había calificado al papa Francisco como un “hombre extraordinario”. ¿Por qué? Simplemente, porque hace lo que dice –explicó el periodista–. Lo cual parece algo inusual en el mundo de la política.

Entre nosotros, ¿qué podemos decir acerca de la coherencia? Se recitaban loas sobre los derechos humanos y se organizaban festivos asados en el sitio más siniestro en cuanto a torturas y desapariciones había en esta ciudad.

El día del golpe militar (24 de marzo) fue declarado feriado nacional.

Se habla de honestidad y transparencia, mientras la corrupción reinante hace colapsar cualquier esperanza.

El “relato” nos pintaba una economía idílica, y he aquí que ahora hay que pagar la deuda y lidiar con los holdouts.

Se invoca a cada rato la democracia, a la vez que se coordina la estrategia para un “pensamiento nacional”.

En los discursos, se acude permanentemente al concepto de “inclusión social” y cada vez hay más excluidos, durmiendo en la calle, mendigando en las esquinas, hurgando en la basura (un tercio de la población es pobre, dicen las encuestas).

Mientras la inseguridad aumenta día a día, las policías provinciales no cuentan con el equipamiento necesario para hacer frente a una demanda mínima de protección. Los patrulleros no llegan a destino porque les falta nafta o porque diluvia y tienen los vidrios de las ventanillas rotos. Lo vimos, hace poco, en un detallado informe de Lanata.

Claro que todo eso no es nuevo, hay toda una herencia de incoherencia y contradicción. Para no recurrir a memorias lejanas, basta con recordar que en las peores épocas de la dictadura, con las peores violaciones a los derechos básicos de las personas, el eslogan lanzado desde el poder (pero que aparecía en las calcomanías pegadas en los parabrisas de los autos, en las vidrieras y en las puertas de la gente así llamada “común”) proclamaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”.

La coherencia es la relación o enlace entre una cosa y otra, entre el pensar y el hacer, entre el hacer y el pensar. Y la incoherencia, obviamente, lo contrario. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago –reza el proverbio nacido en estas tierras por alguna razón…

Es fácil bregar por la paz del mundo, mientras nos peleamos con el vecino de enfrente. ¿Cómo se hace para mantener una coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace?

Las figuras icónicas de la humanidad, cualquiera sea el ámbito de su quehacer, han sido ejemplos de coherencia. Gandhi, Mandela, la Madre Teresa, para nombrar sólo algunos líderes del siglo XX.

Entre los intelectuales franceses, por ejemplo, André Malraux y Albert Camus llevaron su coherencia al extremo –afirma la escritora española María José Furrió–. En el caso de Malraux, eso significó no volver a pisar tierra española después de la derrota de la República y, en el de Camus, su activo y permanente testimonio a favor de la causa republicana y de los exiliados.

Malraux fue, acaso, uno de los hombres más íntegros que dieron las letras francesas y la militancia por la libertad, porque quiso –según sus propias palabras– transformar en conciencia la mayor experiencia personal posible.

En estos tiempos, tenemos a un argentino ocupando un lugar de honor en el escenario internacional: el papa Francisco, a quien –mientras era el cardenal Bergoglio– se le negaban (como es sabido) repetidas veces audiencias en la Casa Rosada.

Ahora, todos lo quieren visitar en el Vaticano, llenarlo de regalos, sacarse una foto y recibir una palabra de aliento. Ayer nomás, la historia era bien distinta.

Esto lo escribe alguien ajeno al mundo de la política, pero que, al igual que Obama, respeta sobremanera un valor: la coherencia. Alguien que confiesa estar muy atento a la línea de conducta de las personas. Acaso no sea fácil juntar pensamiento y acción, ideas y hechos, relato y realidad.

Pero ya conocemos los lamentables frutos del doble discurso, de la hipocresía y la contradicción. Y como sociedad, ¿no los habremos padecido demasiado?

*Escritora y columnista.



Alina Diaconu