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¿Hermanos o irmãos?

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Nos llaman “hermanos”. Así, en castellano, arrastrando la “r”. No irmãos, como llaman a sus verdaderos hermanos. Somos sus visitantes más incómodos, los primeros que tendríamos que haber vuelto a casa después de que el fantasma uruguayo del Maracanazo confirmara que era un alma sin cuerpo.

Sin embargo, los argentinos estamos en la última semana del Mundial. Para los anfitriones, ahora sólo queda el sueño de que la partida sea desde Brasilia y no desde Río de Janeiro. La relación entre “hermanos” durante este mes fue tensa. Pero, al menos hasta el momento en que escribo, una hora después del final del partido en Brasilia, no hubo que lamentar más que muchos cruces de palabras fuertes, algunos manotazos y otros tantos vasos revoleados al aire. Como en cualquier familia.

Los “hermanos” fueron atravesados por sentimientos contradictorios. Cuando los brasileños no sabían si podían celebrar el Mundial en su casa, los argentinos entendieron que había que hacerlo. Pero en la casa del otro. Entonces, invadieron el Maracaná a los gritos, cantaron “somos locales”, que Maradona es mejor que Pelé, y presentaron un hit en el que cuentan la mejor versión de la historia en los mundiales que, por supuesto, no reconoce que los “hermanos” ganaron cinco títulos. Los anfitriones estaban sorprendidos, y hasta un poco encantados. Hicieron concursos en la televisión para elegir una letra y una música para alentar como Argentina a su selección y jubilar el clásico Sou brasilero, que es más para la tribuna de Xuxa que para la de un estadio de fútbol. No lo consiguieron, el preferido ayer en Brasilia fue el que compara al Pelé goleador con un Maradona cheirador (que aspira drogas). Nada ingenioso.

Hubo una simpatía inicial que mudó con la acumulación y la amenaza de permanencia hasta el último día. La respuesta local ya había asomado en Belo Horizonte, en el segundo partido: había falsos iraníes, cantos antiargentinos y abucheos cada vez que Argentina tenía la pelota. El trámite del partido estimuló el clima tenso y el gol en el final lo agravó: no hubo un solo argentino que no se lo gritara al “hermano” brasileño que lo había provocado durante todo el partido. En Porto Alegre, la Argentina fue más local que nunca. En San Pablo, en cambio, fue realmente visitante. Otra vez el trámite con el desahogo argentino en el final puso en riesgo la hermandad. Ayer, lo mismo pero al revés: el grito argentino fue al principio y el aliento local para “secar” (quitarle suerte), después. Al final, siempre fueron los locales los que se fueron repartiendo algún insulto y también felicitaciones (difícil imaginar eso en la Argentina). Ahora todas las miradas están puestas en el posible choque cuerpo a cuerpo el domingo en el Maracaná, que puede confirmar que somos hermanos o irmãos. O como Caín y Abel.

*Corresponsal en Brasil.



Pablo De La Fuente