COLUMNISTAS REVOLUCIONARIOS

Historia de Lucha

Algunos se dedicaron a la tarea de evangelizar a los jóvenes, predicando “Los conceptos elementales del materialismo histórico”.

Berlin. Cuando cayó el Muro, la revolución y sus impulsores cambiaron las formas.
Berlin. Cuando cayó el Muro, la revolución y sus impulsores cambiaron las formas. Foto:Cedoc Perfil

Homero Cristali fue un zapatero, jugador de Estudiantes de la Plata y dirigente revolucionario que adoptó el nombre de combate de J. Posadas, cuando fundó su propia Cuarta Internacional Comunista. Muchos se entusiasmaron con sus contactos con alienígenas trotskistas que luchaban por el marxismo galáctico. Hacia fines de los 60, los tripulantes de los ovnis informaron a J. Posadas que se venía la guerra nuclear final entre Estados Unidos y la URSS y que era necesario construir refugios para protegerse.

Construyendo túneles conocí a Lucha, activista que había decidido no sonreír hasta que el proletariado se liberara definitivamente de las cadenas capitalistas. Nunca supe si Lucha venía de Luisa o si era su nombre de guerra, así como Ho Chi Min, “el que ilumina”, había sido el de Nguyễn Sinh Cung cuando se convirtió en líder de la revolución vietnamita.

Parecía inminente el triunfo de la revolución mundial. Althusser y otros habían encontrado la verdad definitiva en los textos de Marx y habían logrado analizar científicamente la historia de la humanidad que iba desde el comunismo primitivo, hasta la aparición del hombre superior, que ya existía en la URSS y en Cuba.

Con la aparición del catecismo marxista de Marta Harnecker, algunos se dedicaron a la tarea de evangelizar a los jóvenes, predicando “Los conceptos elementales del materialismo histórico”. Lucha fue una de las evangelistas de la nueva verdad con la que se adoctrinaba a los jóvenes en casi todas las facultades de algunas universidades, que suponían que esa era la base epistemológica sobre la que debían desarrollarse todas las ciencias. Lucha se convirtió en una celebridad intelectual revolucionaria y se formolizó. Algunos experimentan, viajan, estudian, crecen intelectualmente a lo largo de su vida, otros se sienten dueños de la verdad absoluta, viven toda la vida en el nirvana de sus mitos. Lucha estaba entre estos últimos.

Con los años, llegó a su país la revolución con la que había soñado. Llegó un poco tarde, pero fue algo. La ola comunista casi se había extinguido, los alemanes habían derrumbado el Muro de Berlín, los nuevos revolucionarios ya no mataban, buscaban tener automóviles de alta gama más que metralletas. Les gustaba la teocracia oscurantista de Irán. Lucha salió a las calles a defender el socialismo del siglo XIX, como Ned Ludd quería destruir robots para defender a la clase obrera. Si los alemanes no habían entendido lo que era el paraíso proletario, pronto llegarían los alienígenas para impulsar el socialismo galáctico.

Un día luminoso Lucha fue llamada a ocupar el Ministerio de Felicidad de la Vida Salvaje. El gobierno había creado setenta ministerios para combatir la desocupación y el de Lucha fue uno de esos. Feliz de encabezar la revolución, trabajó de manera incesante. No sabía muy bien qué se debía hacer, pero de todas maneras lo hacía a tiempo completo. Cuando Lucha iba o volvía de su trabajo el barrio se estremecía con las sirenas de las escoltas, las motos cortaban el tráfico. La protegían porque se había convertido en el principal objetivo militar de los Estados Unidos. Sus informantes le decían que, casi todos los días, el presidente norteamericano discutía con el Consejo de Seguridad qué hacer con ella.

A las tres semanas de su nombramiento, Lucha salió de casa con sus escoltas y tres horas después volvió en taxi. Parece que dijo en el Palacio que ella era la única inteligente del gobierno porque nadie más dominaba los conceptos del libro de Marta Harnecker. La frase sediciosa hirió la megalomanía del presidente. Un escolta le dijo que entregara su computadora y se fuera para siempre. En la vereda, constató que felizmente tenía algo de cambio para el taxi.

A partir de ese día, el complot imperialista para matarla y sus escoltas se desvanecieron como la carroza de la Cenicienta. Cuando la vi se preguntaba, mientras caminaba con su bolsita de pan, si valdrá la pena tratar de reconstruir el Muro de Berlín, en un mundo banal en el que ni siquiera el imperialismo la persigue a pesar de su sabiduría.

*Profesor de la GWU.



Jaime Durán Barba