COLUMNISTAS

Historia de una grieta

El lunes 6 de septiembre de 1971, Borges le hace saber a su amigo Bioy Casares que tal vez no vea más a otra amiga: Esthercita Zemborain. La razón que aduce es la siguiente: que ella habló bien de Perón, que hasta dijo que su regreso al país podía ser beneficioso.

La historia parece encajar a la perfección en eso que hoy se denomina “la grieta”. Y demuestra de paso que dicha grieta, pese a lo que se pretende, no fue creada por Cristina Kirchner ni descubierta por Jorge Lanata. Existe entre los argentinos cuanto menos desde aquellos años 40 en los que el general Perón, de una sola vez y bajo un mismo gesto, fundó tanto el peronismo como el antiperonismo, las dos fuerzas políticas más vigorosas de la Argentina.

Lo propio de la grieta, según se dice, es que trasciende la estricta disidencia política y comienza a extenderse y a afectar otras esferas de la vida: personales, familiares, afectivas (como lo prueba el caso de Borges con Esthercita Zemborain); o incluso esferas estéticas (dificultades para reconocer que un escritor o un cineasta puedan ser buenos si pertenecen al bando adverso; o que un músico pueda no desentonar, si eso mismo ocurre). Imbuidos en definiciones absolutas (la república soy yo, el pueblo soy yo, la democracia soy yo, la patria soy yo, etc.), se enfrascan en antinomias de tenor igualmente absoluto (contra los enemigos de la república, contra los enemigos del pueblo, contra los enemigos de la democracia, contra los enemigos de la patria, etc.). Por eso mismo, sin dudas, es que no deja asunto alguno sin involucrar ni lazo personal sin influir.

Quienes no participamos de ninguno de esos dos fanatismos, o de ese solo fanatismo bifronte, y nos posicionamos políticamente de otra manera, solemos contemplar sus incidencias no sin cierta curiosidad. Podríamos proponer, llegado el caso, que la verdadera grieta que divide a los argentinos no sería esa, sino otra (pero entonces no habría que llamarla grieta, sino solamente distingo). Por una parte, estarían aquellos que se encuentran en condiciones de conversar con, casarse con, ser amigo de, apreciar un libro de o una película de quienes sostengan una posición diferente a la suya (me consta que hay kirchneristas que pueden, sé de antikirchneristas que también). Y por otra parte, están los que no pueden, los que por nada del mundo pueden, los que sólo consienten el trato con quienes se parezcan a ellos o sean por completo iguales.



mkohan