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Historia del miedo

Un punto de referencia en el horizonte de la memoria es la experiencia del terror.

Historia del miedo.
Historia del miedo. Foto:toledo

Un punto de referencia en el horizonte de la memoria es la experiencia del terror. El miedo es –incluso más que la felicidad– un hito en el recuerdo, sobre todo porque con el tiempo conserva su forma y se vuelve narrable como un sueño. Cuando pienso en el lugar del miedo en mi vida recupero enseguida momentos de viaje, escenas extranjeras y de juventud. Nunca un rastro cotidiano de Buenos Aires, donde el peligro parece una afección dominable y muchas veces racional. El miedo ante instancias de peligro fuera del país casi diría que es consecuencia de una posición y de una presunción: la libertad del viaje y el precio de la aventura implican un grado de ingenuidad vertiginoso.  

No recuerdo cómo –tal vez simplemente buscando socializar con alguien–, en las playas de Tulum, a fines de los 90, conocí a un joven local que me invitó a fumar porro. Me aseguró que era la mejor “mota” de la zona. Había caído la noche y bajo la luz de la luna lo seguí confiado entre los pasadizos que se formaban entre las hileras de papalas que los mochileros alquilaban para dormir y vivir un paisaje agreste controlado por las amenidades de la civilización.

Entramos a una palapa que él parecía conocer. En el interior había dos canadienses, un alemán y un norteamericano. Mi anfitrión me presentó y después sacó una bolsa que inmediatamente se materializó en varios porros. Nadie, salvo yo, sospechó de semejante generosidad. Observé de pronto que el joven local enterraba en la arena la bolsa y parecía atento a algo que estaba por ocurrir afuera. Casi al mismo tiempo que entró la policía en la choza, él salió. Observé que cambiaba con el primer policía una mirada cómplice, señalándole la zona en la que había enterrado la bolsa. Inmediatamente se esfumó dejándole un lote de rehenes a esos heraldos de la ley munidos de ametralladoras. Ninguno de los gringos entendió que les habían tendido una trampa. Hablaban poco castellano y no llegaban a considerar que se los iban a llevar presos o los iban a coimear. Rápidamente en mi cabeza pasaron variantes que de un modo u otro mellarían la juventud de esos mochileros: semanas en un calabozo hediondo, consulados impotentes interviniendo al estilo Expreso de medianoche frente a una burocracia terminal, una coima de mil dólares, padres puritanos que debían viajar a México y rompían lazos con sus hijos.

Intuí que gracias al idioma en común podía liberarme de todos esos factores y hablé con los policías. Me olieron las manos y afirmaron que yo estaba fumando mota. Les dije que no. Volvieron a olerme las manos. Intenté controlar el temblor y noté que otros dos oficiales se reían. “¿Edad?” “Veinte años”. “De dónde vienes”. “Argentina”. No mencionaron a Messi, porque por ese entonces no había saltado a la fama, pero sí a Maradona. “Ese güey sí que sabe jalar”. Uno de los policías me hizo una seña para que me apartara de la palapa. Adentro se desarrollaba un diálogo angustiante repleto de “Please sir… no”.  Como si mi origen no terminara de asegurarles rédito, otro policía con una mirada feroz cabeceó dos veces, señalándome la salida. Caminé sin volverme y al llegar a la palapa empecé a armar mi mochila para esfumarme al amanecer. Nunca supe si un rehén argentino valía en unidades de soborno castrense mucho menos que un canadiense o un norteamericano, o si me había salvado la veneración que los vicios de Maradona inspiraban en el brazo armado de la ley.



Oliverio Coelho