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Hitler y los judíos

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Además de Los protocolos de los sabios de Sión, hacia 1920 uno de los rumores antisemitas más difundidos era el que aseguraba que los “miembros del pueblo elegido” se habrían librado de combatir en el frente durante la guerra mundial. Como éstas y otras ideas eran cada vez más habituales, se estableció que el día 1º de noviembre de 1916 se realizaría un “recuento de judíos” en todo el ejército alemán. Sus resultados, sin embargo, se mantuvieron en secreto, lo que dio pie a muchas especulaciones. Pronto se empezó a decir que uno de cada nueve soldados de la retaguardia era judío, mientras que en las trincheras sólo había un hebreo por cada ciento ochenta hombres. Considerando que en la población alemana general los judíos representaban el 1%, eso habría significado que la mitad de los judíos alemanes evitaron prestar servicio en el frente, mientras que en la retaguardia, relativamente tranquila, su proporción era diez veces superior a lo que habría cabido esperar.
En realidad, el “recuento de judíos” habría arrojado unos resultados completamente diferentes. Se calculó que el porcentaje de alemanes judíos era incluso algo superior al de alemanes cristianos.
Se ignora por qué el ministerio no publicó estas cifras, que había recopilado a través de los cuestionarios que respondieron los oficiales de tropa. ¿Tal vez porque contradecían claramente la idea de aquel supuesto “escaqueo”?
Pese a que, como muy tarde, en 1922 los hechos se explicaron en las publicaciones científicas judías, dos años después Hitler aún seguía describiendo lo ocurrido según su propia visión. En el primer volumen de Mi lucha asegura: “El emboscarse se  consideraba casi como una prueba de inteligencia superior, en cambio, la firme lealtad como una característica de debilidad moral o de estupidez. Las oficinas estaban ocupadas por elementos judíos; casi todo amanuense era un judío y todo judío un amanuense. Me asombraba ver aquí tantos ‘combatientes’ del pueblo elegido y no podía menos que comparar su número con los escasos representantes que de ellos había en el frente”. El experto en economía nacional Franz Oppenheimer, que, como asesor del Ministerio de Defensa, trabajó en el “recuento de judíos”, había previsto que cualquier explicación sobre los resultados reales de la estadística sería ignorada: “Los señores de la cruz gamada, los de profesión antisemita, seguirán creyendo que en la retaguardia había 11% de judíos”. Y añadió: “En esta refutación verán incluso una muestra de la osadía de los judíos. Y si no es así, es que conocemos mal la mentalidad de nuestro pueblecito”. Mi lucha confirmó esta hipótesis.
Pero ¿de dónde le venía a Hitler esa fijación por “los judíos”? En su libro explicó cómo se convirtió en antisemita. Según aseguraba, se trató de un proceso de unos cinco años: “Me sería difícil, si no imposible, precisar en qué época de mi vida la palabra judío fue para mí por primera vez motivo de reflexiones. En el hogar paterno, cuando aún vivía mi padre, no recuerdo siquiera haberla oído”. En su escuela de Linz sólo conoció a un chico judío, “al que todos nosotros tratábamos con cuidado, pero sólo porque, por experiencia, no confiábamos especialmente en su discreción”. No fue hasta 1903 o 1904 cuando oyó más “a menudo la palabra ‘judío’, a veces en conversaciones de tema político”, de las que le quedaba “cierta repulsión” y una “sensación desagradable”, aunque las cosas no pasaban de ahí: “De la existencia de un odio sistemático contra el judío no tenía yo todavía idea en absoluto”.
Sin embargo, cuando se mudó a Viena, a principios de 1908, la “cuestión judía” reclamó su atención. Después de ver por primera vez a un supuesto judío típico del Este, vestido con un largo caftán y con tirabuzones, empezó, siempre de acuerdo con lo que explicó en Mi lucha, a leer folletos antisemitas y a ver en todas partes a “judíos” en posiciones privilegiadas. Le molestaba especialmente su presencia en la prensa y en la vida cultural, además del hecho de que los dirigentes de la socialdemocracia austríaca fueran en su mayoría de confesión hebrea, supuestamente. Pronto reconoció las intenciones de sus mensajes: “Era pestilencia, pestilencia intelectual, peor que la peste negra de antaño, con la que se infectaba al pueblo. ¡Y ese veneno se producía y se expandía en enormes cantidades!”. Declaraba con orgullo: “De débil cosmopolita debí convertirme en antisemita fanático”. El motivo de ese cambio fueron los años que pasó en Viena, de una dureza supuestamente insoportable: “No sé cuál sería ahora mi modo de pensar respecto del judaísmo, la socialdemocracia –mejor dicho todo el marxismo–, el problema social, etc., si ya en mi juventud, debido a los golpes del destino y gracias a mi propio esfuerzo, no hubiese alcanzado a cimentar una sólida base ideológica personal”.
Sus posteriores experiencias en Munich no hicieron sino consolidar esta convicción. En Mi lucha asegura que se dio cuenta de que “las finanzas internacionales judías” habían urdido un plan a largo plazo para la “destrucción de Alemania, aún no sometida al control supraestatal general de las finanzas y la economía”. Una de las vías para aplicar ese plan había sido la guerra mundial, a la que el “judaísmo internacional” había arrastrado a Europa. Entre 1914 y 1918 Hitler volvió a encontrar motivos para su odio: “Mientras que el judío robaba a toda la nación y la sometía a su dominio, se animaba a enfrentarnos a los ‘prusianos’. En casa ocurrió lo mismo que había sucedido en el frente: los dirigentes no hicieron nada contra esta propaganda envenenada”, se quejaba. Y añadía: “Esa actitud me dolió profundamente. En ella sólo pude ver la más genial artimaña del judío, que conseguía desviar la atención general desde sí hacia otros. Mientras que Baviera y Prusia se estaban peleando, se les arrebataba a ambas su propia existencia delante de sus narices; mientras en Baviera se insultaba a Prusia, el judío organizó la revolución y destruyó al mismo tiempo a Prusia y a Baviera”. Sin embargo, no fue hasta el final del imperio alemán y la proclamación de la República, es decir, hasta noviembre de 1918, cuando extrajo consecuencias claras: “Con los judíos no caben compromisos; para tratar con ellos no hay sino un ‘sí’ o un ‘no’ rotundos”.

*Periodista y escritor.  Fragmento de Mi lucha. La historia del libro que marcó el siglo xx, Editorial Crítica.



Sven Felix Kellerhoff