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Hogueras

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Habrá que tener y poner en juego mucha templanza y una cuota fenomenal de serenidad y paciencia. La Argentina se despeña, ostensiblemente, rumbo a un precipicio político escalofriante. Es un clima impuesto por un gobierno que, en retirada, sigue arrojando combustible a hogueras que podrían llevarse puesto a todo el país. Ni siquiera se advierte en el cada vez más reducido y ensimismado grupo gobernante conciencia sobre la gravedad alucinante del voltaje retórico que sigue alimentando el Poder Ejecutivo, incluyendo la última ronda de denuncias al voleo y anuncios de tremebundas amenazas internacionales.

No hay atenuantes ni matices; desorbitado, el pelotón gobernante sigue cortando amarras, volando puentes y menoscabando no sólo adversarios sino incluso sectores no totalmente irreconciliables. No queda títere con cabeza, sólo merece melancólica evocación la lista de los “viejos” enemigos de hace apenas un lustro (Clarín, los agrogarcas, los medios). Ahora, el desbarajuste es integral y todo sugiere que quienes tienen al país a su cargo se regocijan con los peores aliados y las amistades más nefastas.

Acometer con la paciencia infinita que impone la gravedad pasmosa de la situación será una empresa de dimensiones épicas, sólo factible si las fuerzas diferenciadas del oficialismo consiguen que el grupo que ocupa la Casa Rosada no logre pelearse más que consigo mismo, tarea fácil de postular pero que exige asiática paciencia. La catarata incontenible de agravios y enojos chillones contra países, medios, corporaciones, bancos y partidos necesita alimentarse con su propia incomodidad existencial. No debe haber en el mundo, salvo el caso patológico-sainetesco del venezolano Nicolás Maduro, un gobierno más enfurruñado que el argentino. En Buenos Aires o en Nueva York, quienes gobiernan este país denuncian ser el blanco predilecto y principal de una guerra planetaria para que esa Argentina centro-del-mundo aprenda la lección y escupa sangre. Desde esta convicción turbia y farsesca, el poder político oficial ha diseminado una secuela ya infinita de réplicas en su compacta legión de seguidores, para quienes la palabra “buitre” resume y expresa la guerra en la que creen que la Argentina se ha visto obligada a sumergirse.

El ciclo autoalimentado de pugnacidad oficial tiene para el Gobierno la capacidad potencial de arrastrar en su locura paroxística al entero país, no importa cuánta bonhomía y aguante demuestre la Argentina no alineada con la Casa Rosada, un 70% de la sociedad. No es, por ende, una tarea sencilla y no depende sólo de la sabiduría opositora. El oficialismo que gobierna a la Argentina desde hace hoy 3.787 días, y al que hasta las elecciones le quedan teóricamente (si se vota el 25 de octubre de 2015) otros 385 días, predica algo en lo que ha terminado creyendo, más allá de cinismos e hipocresías diversos. Es una religiosidad militante hecha dogma oficial: guerra, enemigos, complots, golpes, amenazas, conjuras. Viven una Argentina en las trincheras y desde las casamatas. Mientras que en naciones vecinas e infinitamente más tranquilas, pese a las amenazas de terrorismo en Chile y al voltaje indigenista en Bolivia, es impensable este clima de irredentismo insaciable en que se ha hundido la Argentina, aquí la temperatura aumentará semana a semana hasta el desenlace de octubre de 2015. ¿Finge el grupo gobernante o cree sinceramente que ellos son como la Cuba de Playa Girón en 1961? Opino que las diferencias entre ambas situaciones se han borrado; de tanto haber fingido, creen dócilmente en su relato, y por creer tanto en esas charlatanerías se ven obligados a mentir todo el tiempo para preservarlo, caso clásico de peligrosa e incontenible mitomanía.

Se acaba de publicar en Venezuela con la firma del profesor José Guerra, un economista de ese país, un diagnóstico sombrío: “No es cualquiera el deterioro que hoy vive Venezuela. (…) Persiste una crisis económica que a los ojos de todo el mundo se presenta en la forma de una inflación galopante, escasez exacerbada, contracción de la economía, devaluación de la moneda y, en consecuencia, una caída brutal del salario real de los trabajadores. No se trata de un ejercicio teórico la descripción de la calamidad que vive el pueblo para la adquisición de alimentos, medicinas, además del colapso de los servicios públicos que con los días es más que evidente. (…) La conjunción de todos estos elementos ha provocado una declinación de la popularidad de Nicolás Maduro, lo que amenaza con arrasar con el chavismo como sentimiento de adhesión al legado de Hugo Chávez. Esa amenaza es cierta aunque hay gente que no quiera verla, como no vieron otros el deterioro del sistema bipartidista durante los años 80 y 90. Maduro no es un líder. Es alguien que heredó un capital político inmenso, que grita y amenaza, pero ello no implica gobernar sino, las más de las veces, dejarse gobernar y aparentar que gobierna. Esto está removiendo a las fuerzas políticas que apoyaron al presidente Chávez y ahora se interrogan si ellas se hundirán con Maduro. Permanecer en el limbo no es opción. Y eso es lo que ha hecho Maduro. Sus autorizaciones de precios sin que ello obedezca a un programa económico potencian la inflación, a lo cual se añade la escalada del dólar paralelo hasta conformar un cuadro de previsible peligro hiperinflacionario. Las fuerzas democráticas en el seno del PSUV, hoy en clara minoría, tendrán una oportunidad de emerger con la aceleración de la crisis, aunque no les será fácil en medio del terror que ha impuesto el aparato propagandístico de ese partido. Así las cosas, el escenario para un cambio parece potenciarse”. El título del texto es ¿Se suicidará el chavismo con Maduro? Habla de Venezuela, pero suena bastante a una Argentina en la que desde la Casa Rosada se dice que “el Norte” quiere asesinar a Cristina Kirchner. Por eso, hay que respirar hondo y organizar con los labios apretados el futuro casi inmediato.

 

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