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Humor social y tercera vía

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Foto:Cedoc

La política es la menos previsible de las actividades. Pocos hubieran imaginado hace seis meses que Macri –tras haber obtenido el PRO sólo 8% de los votos nacionales en las elecciones de octubre pasado– estaría hoy disputándole, cabeza a cabeza, a Massa y a Scioli su lugar en el ballottage, amenazando desalojar a uno de ellos de la competencia y al peronismo en su conjunto, del poder. Menos aún alguien hubiera podido imaginar hace seis meses en Brasil que el PT de Lula tendría más posibilidades de perder que ganar en el seguro ballottage de octubre próximo y que el artífice de esa amenaza no sería su tradicional archival –el PSDB de Fernando Henrique Cardoso, esta vez con el ex gobernador de Minas Gerais, Aécio Neves, como candidato–, sino la ex ambientalista radical del Partido Verde, Marina Silva, quien hasta hace pocas semanas apenas era candidata a vicepresidenta de la fórmula que encabezaba Eduardo Campos, fallecido en un accidente de avión y por entonces tercero, lejos, en las encuestas.

Los casos de vices que cambian la historia política no son tan excepcionales en Brasil: José Sarney llegó a ser el primer presidente de la recuperada democracia tras la repentina muerte de Tancredo Neves, e Itamar Franco, también vicepresidente, asumió tras la destitución del presidente Collor de Mello.

Hoy Marina Silva, aunque viuda simbólica, está gozando de la misma corriente de afecto que tuvo Cristina Kirchner tras la muerte de Néstor Kichner, lo que multiplicó la cantidad de votos de Eduardo Campos. Hace semanas, era Aécio Neves el que iría al ballottage con Dilma, y en ese caso el PT lograría reelegir a su candidata.

Ahora todo cambió. En la última encuesta, anterior al primer debate presidencial del pasado miércoles, Marina Silva superaba a Aécio Neves, pasando al ballottage con Dilma. Y, al revés de lo que sucedía en un segundo turno entre Dilma y Aécio, donde ganaba Dilma, Marina Silva le ganaría a Dilma porque los votos de centro de Aécio, con tal de que pierda el PT, serían para Marina, mientras que los votos de Marina, en un eventual segundo turno entre Dilma y Aécio, irían para Dilma por mayor afinidad ideológica con el PT.

El “huracán Marina” trasciende la trágica muerte de Campos. Ella ya había sacado 20% de los votos en la elección de 2010, en la que Dilma fue electa. Y Marina es quien mejor encarna el cansancio con los partidos tradicionales, que se reflejó en las violentas protestas anteriores al Mundial.
El relato de Marina Silva tiene como núcleo estructurante ser lo que ella llama “una tercera vía” y “la nueva política” ante la tradicional disputa entre el centro del PSDB y la izquierda del PT, que vienen gobernando Brasil desde hace dos décadas.

En este punto coincide con Macri, quien también se autobautizó como “la nueva política”, al proponer romper con décadas de gobiernos surgidos de internas peronistas. Comparten también al asesor político Jaime Duran Barba, quien trabajó para la campaña presidencial de 2010 de Marina Silva.

Pero la misma labilidad política que catapultó a Macri y a Marina Silva a una posición inesperadamente expectante puede volver a cambiar todo rápidamente. Aún Lula no salió a hacer campaña por Dilma; el actual intendente de la ciudad de San Pablo, Fernando Haddad, tenía sólo 3% de intención de voto hasta que Lula se puso al hombro su candidatura, y meses después Haddad le ganó el ballottage a José Serra, del archirrival PSDB, con más de 55% de los votos. Y, aunque en menor proporción, lo mismo se podría decir sobre Fernando Henrique Cardoso, quien  tampoco aún salió a hacer campaña por Aécio Neves.

Pero Marina Silva cuenta con la ventaja de que falta sólo un mes para las elecciones. De cualquier forma, ya comenzaron a bombardearla: se difundió que el avión en el que se estrelló Eduardo Campos fue comprado con dinero negro de testaferros del estado de Pernambuco, donde Campos era gobernador, y que en el registro de propietarios  figuraba un panadero que ni siquiera sabía que lo habían puesto a su nombre. Algo así a Lula no le afectaría porque el PT es valorado a pesar de tener fama de corrupto, pero Marina Silva tiene la ética como una de sus banderas.

Vale ver (arriba) en la entrevista que al día siguiente del debate le realizó el Jornal Nacional (equivalente a Telenoche en Brasil), donde, a partir del caso del avión, se le reprocha no tener para sí la misma intransigencia ética que para el resto. Y también vale ver (abajo) cómo Marina Silva sale vencedora frente al resto de los candidatos, especialmente frente a Dilma (ambas candidatas  vestidas de blanco, como actualmente Cristina).

 

Marina prometió no presentarse a una reelección y mantener el mismo trípode macroeconómico de Cardoso y Lula: rigor fiscal, metas de inflación bajas y cambio libre, aumentando aún más la independencia del Banco Central (la izquierda en Brasil es diferente).

El cambiante humor social es el que determina la suerte de los candidatos. En Brasil, Marina Silva es receptora del malestar general con los políticos y ante el estancamiento económico. También en la Argentina Macri recibe esa corriente de votos, pero aquí falta más de un año para las elecciones –no un mes–, y así como el empeoramiento económico mejoró las posibilidades electorales del PRO, no habría que descartar que un agravamiento que llegara a generar crisis social –con una sucesión incontenible de protestas callejeras– termine llevando a la sociedad a pensar que sólo otro peronista podría controlar a los sindicatos y a los grupos de choque. En ese caso, Massa podría volver a crecer en intención de voto.

Lo que pase en Brasil tendrá enormes consecuencias en nuestra economía y, por efecto de ella, en nuestra política.



Jorge Fontevecchia