COLUMNISTAS MUNDIAL DE BUITRES

Ibamos hacia el default y vamos hacia el default

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En el conflicto judicial con los holdouts a la Argentina le sucede lo mismo que a Luis Suárez.

El problema no es que no corresponda “un castigo”, el problema es que la “sanción”, en ambos casos, fue exagerada. El jugador uruguayo todavía puede apelar la sentencia del tribunal de la FIFA. Por el contrario, la Argentina apeló y perdió.

Y no es Griesa. Después de Griesa hubo tres jueces de una instancia superior que ratificaron el fallo. Y luego siete jueces de la Corte Suprema de los Estados Unidos que le negaron a la Argentina la protección de la Ley de Inmunidad Soberana.

Suponer que once jueces norteamericanos, incluyendo a siete jueces de la Corte Suprema de los Estados Unidos, han conspirado contra la Argentina es, como diría la Presidenta… too much.

Comparto, de todas maneras, que la interpretación que hicieron los jueces de la forma en que la Argentina debe pagarles a los bonistas que no entraron al canje es, como mínimo, arbitraria, pero ahora sólo queda cumplir el fallo o aprovechar la oportunidad que nos da el sistema judicial norteamericano para negociar un esquema de pagos aceptable para todos los acreedores y pagable para los argentinos.

Antes de avanzar, permítanme aclarar un punto. La deuda externa argentina no nació por generación espontánea. Es el resultado de una acumulación de déficits fiscales.

En otras palabras, cuando se gasta más de lo que ingresa, para financiarse se recurre a una mezcla de emisión de moneda (impuesto inflacionario) y deuda. Cuando la acumulación de deuda llega a un límite y la sociedad rechaza un impuesto inflacionario creciente, se usan las reservas acumuladas en el Banco Central, cuando éstas llegan a un nivel peligrosamente bajo, se entra en crisis, devaluación y default.

Esta es la “la ruta de la deuda”: explosión de gasto público por encima de los ingresos, inflación, emisión de deuda, uso de reservas, crisis, default.

En ese sentido, aun antes del fallo de los once jueces, la Argentina iba en camino del desastre.
Llevamos casi seis años consecutivos gastando más de lo que ingresa (pese al récord de recaudación). Como no pudimos emitir deuda, el financiamiento fue con inflación y usando las reservas del Banco Central. Una proyección de este escenario nos llevaba al default, o a un nivel de reservas que no permitía un manejo razonable de la política cambiaria y monetaria. Aun, insisto, sin pagar la deuda de los buitres ya íbamos al default.

En ese contexto, el Gobierno decidió introducir el control de cambios y racionar las importaciones. Luego devaluar y subir fuertemente la tasa de interés. Todo esto, sin bajar el déficit, para llegar con reservas suficientes a fines de 2015, sin un nuevo default.

Pero este “programa” era políticamente inviable porque es recesivo y porque requiere seguir recaudando mucha inflación a través del IVA y el Impuesto a las Ganancias.

La única manera de reactivar la economía, sin perder más reservas, era conseguir nueva deuda. Pero para ello hacía falta pagarle a  Repsol. Arreglar con el Club de París y cancelar juicios en el Ciadi de empresas norteamericanas, para que el gobierno norteamericano intercediera sobre  la Corte de Estados Unidos, para que tomara el caso, o al menos lo pateara para delante, hasta el momento en que se pudiera dejar el tema como “herencia”.

Pero el gobierno norteamericano “nos traicionó”, y lo que iba a ser bien entrado el año que viene fue ahora.

Las alternativas son dos. Negociar un pago con bonos de largo plazo para estos buitres y todos los que ya están en litigio (ya estaban, no es que el fallo los “creó”), y retomar, entonces, el “programa de endeudamiento”, aunque ahora más limitado en dólares frescos por las  emisiones que habría que hacer para la deuda en default. O, por el contrario, “culpar” a Griesa, al gobierno norteamericano, a las corpo, etc. etc. de “impedirnos pagar como queremos”, iniciar una nueva gran batalla épica en La Haya, entrar en default con toda la deuda y usar las reservas que íbamos a usar para pagar deuda para reactivar la economía y llegar a 2015 con una mejor economía.

Claramente, esto último es una fantasía, porque las consecuencias del default serían mucho más recesivas que los dólares que podríamos gastar de las reservas para consumir.

Esperemos, con esperanza, entonces, estar ante una “genialidad negociadora” y no ante una “ineptitud suicida”.



Enrique Szewach