COLUMNISTAS ASUNTOS INTERNOS

Idiota obcecado y otros insultos

PERFIL COMPLETO

El destino de ser insultado se inició en Baruch Spinoza tempranamente y continuó hasta mucho tiempo después de su muerte, acaecida el 21 de febrero de 1677. Christian Thomasius lo llama “escritor oscurantista”, “archijudío blasfemo y completamente ateo” y “monstruo atroz”. Johann Conrad Dippel se pasa de la raya, lo llama “diablo necio”, “saltimbanqui ciego”, “idiota obcecado”, “demente que merece que lo encierren en un manicomio”, “hombre loco y borracho” y “harapo filosófico”, dedicado a “bufonadas mágicas”, lleno de “gestos torcidos y miserables” –y no se queda ahí, sino que sigue durante páginas y páginas en un libro bastante voluminoso–. El matemático Jacques Charles François Sturm lo llama “pillo miserable”, “animal extranjero” y “hombre lleno de ideas nefandas”. Johannes Musaeus, un profesor de teología de Jena, se pregunta si entre todos cuantos había utilizado el diablo para reducir a la nada los derechos de Dios y de los hombres podía encontrarse alguno que hubiera demostrado más actividad en esa obra destructora “que aquel embustero, nacido para el mayor perjuicio de la Iglesia y del Estado”. Un profesor de oratoria dice que los libros de Spinoza están “llenos de ultrajes y ateísmo”, y que merece que vuelvan a arrojarlo a las tinieblas del infierno, de donde han “salido a la luz para perjuicio y vergüenza de la especie humana”, para concluir diciendo que “el mundo no ha conocido nada tan pernicioso desde hace siglos”. Un matemático de Dordrecht va más allá, para él hablar de siglos es poco: “Desde que existe la Tierra, no han aparecido libros más funestos que los suyos”. Voltaire opina que el sistema de Spinoza se edificó “sobre el abuso más monstruoso de la metafísica”. Leibniz llama a uno de sus libros un “escrito insoportablemente insolente y pavoroso”. Johann Georg Hamann se refiere a él como “un salteador de caminos y asesino del sano entendimiento y de la ciencia”. Arthur Schopenhauer también se ocupa de desplumarlo y dice que las exposiciones de Spinoza no sólo han dado lugar a malentendidos gracias a su oscuridad, sino que además “han hecho incurrir en contrasentidos clamorosos, falsedades manifiestas, contradicciones y absurdos”. Según Johannes Colerus, la tortura de animales era algo que Spinoza solía practicar con arañas y moscas para divertirse. Al parecer, la cosa le hacía mucha gracia, y no abandonó esa práctica sino horas antes de aquel 21 de febrero de 1677. Gilles Deleuze, hablando del Tratado teológico-político, dice que “pocos libros han suscitado tantas refutaciones, tantos anatemas, insultos y maldiciones: judíos, católicos, calvinistas y luteranos, todos los círculos bien pensantes, y los mismos cartesianos, rivalizaron en denunciarlo. Fue entonces cuando los términos espinozismo y espinozista se volvieron insultos y amenazas”, concluye.

Naturalmente, Spinoza tuvo también un número elevado de admiradores, pero él encarna al pensador que conserva en su haber el récord de haber sido insultado más veces y con mayor vehemencia que ningún otro.



Guillermo Piro