COLUMNISTAS EN LOS AÑOS 70

Iglesia, militares y guerrilleros

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Foto:Cedoc

"Es importante transmitir a la juventud el buen manejo de la utopía. Nosotros en América Latina hemos tenido la experiencia de un manejo no del todo equilibrado de la utopía y en algún lugar, en algunos lugares, no en todos, en algún momento nos desbordó. Al menos en el caso de la Argentina podemos decir cuántos muchachos de la Acción Católica, por una mala educación de la utopía, terminaron en la guerrilla de los años '70". Papa Francisco, en su mensaje a los miembros de la Pontificia Comisión para América Latina, el 28 de febrero de 2014.

Francisco rompió el molde también en su primera referencia como Papa sobre la violencia política que desangró a nuestro país en los 70. Más políticamente correcta habría sido una mención a la represión ilegal durante la última dictadura, que fue respaldada por los sectores más conservadores de la Iglesia local. Pero no: le pareció más oportuno –hablaba de la educación de los jóvenes en la región– un esbozo de mea culpa sobre el papel de los obispos, sacerdotes y laicos más progresistas en la formación de las guerrillas.

El Papa no dio nombres, pero es evidente que se refería a Montoneros, la guerrilla de origen peronista, ya que la otra organización importante de aquella época, el Ejército Revolucionario del Pueblo, estuvo formada por jóvenes educados en el marxismo, con una fuerte, decisiva, influencia del Che Guevara y de la revolución cubana.

En realidad, el Che Guevara era un ícono revolucionario también para los montoneros, en cuyo imaginario funcionaba como un Cristo laico. Córdoba, que era la capital de la revolución socialista, nos muestra de dónde provenían los montoneros que debutaron el 1º de julio de 1970 con la toma de la localidad de La Calera: todos eran católicos, como expliqué en mi libro ¡Viva la sangre!

Es que Montoneros nació en las sacristías y en los colegios, las universidades, las residencias estudiantiles, los campamentos juveniles y las misiones de ayuda social organizadas por la Iglesia. Y eso fue así también en Santa Fe y en Buenos Aires.

Los primeros montoneros cordobeses reflejan la trayectoria típica de tantos jóvenes de buena posición social que, a partir de un compromiso católico, se fueron convenciendo de que la lucha armada era la única salida para terminar con “la violencia de arriba” –de “la oligarquía”, “el imperialismo” y sus aliados– y para liberar a “los explotados”, a los sectores populares.

“Era el mesianismo en todo su esplendor –explica Ignacio Vélez, uno de aquellos jóvenes–. La convicción profunda de que estábamos elegidos, de que nos tocaba cumplir la misión de Cristo: ‘Estoy dispuesto a dejar todo: padre, madre, amigos, por tu nombre’”. Tanto fue así que eligió “Mateo” como nombre de guerra en homenaje a uno de los apóstoles.

Esta forma de educar la utopía cristiana convirtió a la vida del buen revolucionario en algo relativo. La vida del otro también dejó de tener un valor absoluto; pasaba a formar parte de un cálculo político y podía ser sacrificada si así lo exigían los ideales superiores de la liberación y la revolución. Se llamara Pedro Eugenio Aramburu, José Ignacio Rucci, Arturo Mor Roig, Fernando Haymal o “el Negro” Luna.

Sólo de esa forma, con semejante cobertura ideológica y espiritual, tantos jóvenes pudieron salir a matar y morir.

La Iglesia estaba muy dividida; sectores ultraconservadores, integristas, armaron espiritualmente a los contrarrevolucionarios; por ejemplo, al general Jorge Rafael Videla y a la cúpula militar que tomó el poder luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. También Videla se consideraba un buen católico; mientras estaba en prisión, rezaba el rosario todos los días a las 19, y los domingos asistía a misa y comulgaba.

Antes de morir, seguía convencido de que Dios siempre lo había guiado y que nunca le había soltado la mano, ni siquiera luego de veinte años preso por violaciones a los derechos humanos. “Me ha tocado transitar un tramo muy sinuoso, muy abrupto del camino, pero estas sinuosidades me están perfeccionando a los ojos de Dios, con vistas a mi salvación eterna”, me dijo en Disposición final.

En el momento del golpe, el Episcopado era encabezado por monseñor Adolfo Tortolo, amigo y confesor de Videla y de su familia; un ultraconservador que consideraba que la Argentina era y debía seguir siendo una “nación católica” a través de la sólida alianza entre los dos pilares de la patria, la Iglesia y el Ejército. Era también arzobispo de Paraná y vicario general castrense. A los dos meses, el cardenal Raúl Primatesta, arzobispo de Córdoba, reemplazó a Tortolo al frente de la Iglesia y eso moderó el respaldo activo de la cúpula al gobierno militar.

Según Videla, “la Iglesia no era adicta a nosotros; teníamos nuestros encontronazos, pero, como institución, se manejaba con prudencia: decía lo que tenía que decir sin crearnos situaciones insostenibles. En ese contexto, la relación fue muy buena. En el plano individual, yo tenía una relación excelente con monseñor Tortolo: era un santo”.

La Iglesia llegó al golpe dividida y politizada, y a la hora de responder a los pedidos de ayuda de las víctimas de la dictadura pesaron más los cálculos políticos, como la conveniencia de no aparecer debilitando a un gobierno en plena lucha contra las guerrillas, que la preocupación genuina por los derechos humanos de los detenidos desaparecidos, que en su mayoría eran católicos.

Claro que, en forma individual, muchos obispos y sacerdotes salvaron a mucha gente. Ahora surgen testimonios de las personas que fueron ayudadas por Jorge Mario Bergoglio; también ocurrió con Pío Laghi, nuncio (embajador) del Papa en nuestro país, quien fue muy criticado por las Madres de Plaza de Mayo y otras organizaciones de derechos humanos por su presunta colaboración con los militares. Pero Laghi logró, por ejemplo, que el jefe de la Armada, el almirante Emilio Massera, liberara al padre Jorge Adur, ex superior de la congregación asuncionista, en 1976, e incluso lo llevó en auto hasta el avión en el que se embarcó. Luego, en el exilio, Adur asumió “la capellanía del Ejército Montonero”, según explicó por carta.

La realidad es siempre más compleja que el relato. Pero una cosa parece cierta: distintos sectores de la Iglesia alimentaron la violencia política de los 70. Y si bien los obispos produjeron algunos valientes documentos durante la dictadura, la sensación es que todavía falta una autocrítica completa, profunda, verdadera, ejemplar, inspiradora, por parte de la Iglesia. Tal vez Francisco haya comenzado a transitar ese camino.

*Editor ejecutivo de la revista Fortuna.



Ceferino Reato