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Ignorancia al cuadrado

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Resultó penoso en la semana escuchar a la ministra de Educación de la provincia de Buenos Aires, a sus subordinados inmediatos y a alguna figura política, como el jefe de Gabinete de ese Estado, en sus intentos de justificar las aberraciones sancionadas en la materia.
La eliminación del mérito y del esfuerzo en el proceso de aprendizaje, la igualación del alumnado en el punto más bajo de la ignorancia, las escuelas como oficinas expendedoras de certificados de estudios (estudios inexistentes o de calidad paupérrima), los docentes reducidos a burócratas destinados a complacer clientelas políticas presentes (padres) o futuras (alumnos).
Ninguna excusa era sostenible en términos de lógica y razón, y mucho menos cuando se expresaban en un lenguaje tan pobre, carente de las menores nociones de sintaxis y concordancia, y con un vocabulario anémico y pedregoso. Si quienes planifican la educación tienen ese nivel cognitivo, esa mínima altura de razonamiento y esa indigencia en la argumentación, es fácil entender por qué la educación argentina se desbarranca hacia las peores del mundo, según lo certifican año a año estudios internacionales.
La ministra repetía, en cualquier frase, por cualquier motivo y como habiéndola aprendido de memoria, la palabra “sujeto” para referirse al alumno. Quizás la tomó al pasar de algún paper preparado por un asesor. Nunca peor empleado el término, dado que las últimas decisiones convierten al alumno en un mero objeto de políticas populistas, clientelistas y analfabetizadoras.
Al desguarnecer a los alumnos, al “liberarlos” de toda noción de proceso, aprendizaje, esfuerzo, logro, comprensión, deducción, comparación, verificación o experimentación (entre tantas otras), estas medidas alejan a los chicos de la posibilidad de convertirse en sujetos, es decir, individuos con herramientas cognitivas, intelectuales, informativas y emocionales suficientemente desarrolladas como para convertirse en personas, esto es, en seres autónomos y responsables, capaces de elegir rumbos existenciales y desarrollarlos. Un objeto, en cambio, es un mero instrumento que se usa para fines determinados. Gobernantes y funcionarios populistas necesitan hacer de los individuos simples herramientas de políticas perversas.
Si estas “autoridades” (un formalismo, puesto que a la autoridad respetable se accede por mérito y no por mero nombramiento) tuvieran tiempo y sensibilidad como para destinar a la visión de dos películas, quizás captaran alguna idea acerca de lo que es educar y de cómo se transita ese camino.
En El maestro de música (Bélgica, 1988, dirigida por Gérard Corbiau con José van Dam como protagonista) y en Escritores de la libertad (Estados Unidos, 2007, dirigida por Richard LaGravenese, con Hillary Swank) se muestra de manera contundente y conmovedora, a través de dos historias diferentes en anécdota y tiempo, cómo la educación es un proceso arduo de siembra y cosecha, en el que la preocupación de quien educa por el sujeto al que educa sólo puede plasmarse con presencia, paciencia, voluntad, rigor (no autoritarismo), respeto, valoración, límites, decisión, responsabilidad y actitud.
La primera película es la historia de cómo un barítono enfermo y en retirada entrega su tiempo final, sin concesiones, a extraer y consagrar el talento oculto en dos alumnos que sin él habrían pasado inadvertidos. El segundo film, basado en hechos reales, sigue el proceso por el cual una joven maestra en una riesgosa escuela de suburbios se obstina en que sus alumnos, pandilleros sin destino, busquen y encuentren el sentido de sus vidas y lo consagren a la comunidad.
En ambas historias el logro sólo resulta de esfuerzos rigurosos, de atravesar zonas oscuras, de confrontar sin hipocresía, de crear visiones compartidas y comprendidas. Nada más lejos del oportunismo, del facilismo y de la irresponsable manipulación política de vidas en formación e indefensas. Cuando se maneja la educación con ignorancia, el resultado sólo puede ser ignorancia al cuadrado

*Periodista y escritor.



Sergio Sinay