COLUMNISTAS

Igual que antes

El incremento estadístico en la cantidad de denuncias de delitos no preocupa al Gobierno, que se conforma con estar igual que hace veinte años. 

Los números son, en definitiva, fríos, y muy poco expresivos, cuando se trata de asumir en su cabal dimensión la tragedia de la criminalidad. Es falso que en la Argentina haya un problema de “seguridad”. Ésa es una de las tantas frases hechas de las que hacen uso y abuso los medios de comunicación y, consecuentemente, la clase política. El problema argentino y metropolitano no es una cuestión de “inseguridad”: hay un superávit de criminalidad, que es otro cantar.

La vieja tradición nacional de aludir con semi verdades o semi falsedades a los problemas más acuciantes, nos impide mirar en la cara a la verdadera naturaleza del problema.

La Procuración de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires acaba de divulgar un estudio según el cual los delitos cometidos en la mayor provincia argentina se incrementaron, el año pasado, respecto de 2012, en un 5,28%: hubo 694.246 casos de episodios delictivos. El crecimiento de los robos agravados por el uso de armas ya representa el 8.45% del total de las denuncias. Estos números son pálidos reflejos. A quienes han vivido la angustia enorme de un episodio delictivo aun sin que haya mediado violencia, estos números poco les dicen. A los que no los han vivido, les transmiten de manera muy genérica y vaporosa la verdadera entidad del problema. La violencia delictiva ha aumentado, claramente, de un año al otro, en una secuela que no parece tener fin. Hay, además, un incremento en los secuestros extorsivos, secuestros de personas para canjearlas por dinero. Lo que es mucho más abominable y terrible, han aumentado los delitos contra la integridad sexual.

Mientras que en 2012 en la provincia de Buenos Aires se registraron 1043 homicidios, para 2013, la cifra de homicidios había ascendido a 1119. Esto da un promedio de tres asesinatos por día, todos los días, los 365 días del año, cada día de 24 horas: un asesinato cada 8 horas.

Los secuestros extorsivos, que parecía que habían disminuido y que tienen una matriz vinculada a bandas que gozan de protección o de omisión policial, también han aumentado. Mientras que en 2012 hubo en la provincia de Buenos Aires 31 secuestros extorsivos, el año pasado la cifra subió a 51. También advierte la Procuración una proliferación de armas en manos de la gente, que son utilizadas para delinquir, robar y matar. Mientras que en 2012 se produjeron 47.914 delitos con uso de armas de fuego, en 2013, los delitos con uso de armas de fuego fueron de 58.651. Más de 10 mil más.

Los delitos contra la integridad sexual no son un solo un fantasma ominoso. Son una realidad para todas las mujeres y las familias. Aumentaron en 2013 respecto de 2012: hubo 9.257 denuncias (admitiendo que se trata de un delito que en muchas ocasiones las mujeres no denuncian por pudor, vergüenza, o miedo), contra 8.562 el año anterior.

¿Qué dice a todo esto el poder? ¿Qué dice la política de esta situación que no admite eufemismos, titubeos, ni “sarasa” ideológica? Dice la presidente que “el delito no comenzó hace dos años”. Revela, una vez más, su aproximación frívola, distante, gélida y negligente ante una tragedia nacional. Esta presidente, que dice serlo de “los cuarenta millones de argentinos y de argentinas”, sostuvo esta semana que “en 1993 el problema del delito también era importante para los argentinos”. Es una de esas afirmaciones tan colosales que uno se tienta de decir “a confesión de parte, relevo de prueba”. Esa frase de la técnica procesal se traduce de manera muy simple: si el acusado confiesa haber cometido un crimen, la fiscalía queda eximida de tener que acreditar pruebas.

Si la propia presidente dice que, 11 años después de estar gobernando el país su marido y ella, estamos igual que hace 21 años, quiere decir que la década “ganada” no solamente fue una pésima invención publicitaria, sino además una aviesa estafa moral a los argentinos.

Uno de los logros que se podrían haber exhibido como producto de la redistribución de la riqueza, del efecto “derrame” (a su vez consecuencia del crecimiento formidable de la economía argentina a tasas que llamaban “asiáticas”), es precisamente ese: como los argentinos estamos mejor porque se ha distribuido más la riqueza, hemos salido del abismo, hemos abandonado el infierno del que hablaba su marido, ahora estamos en una situación en la que no se advierte esta caída, que -y eso es lo más grave- este mismo gobierno, con ella a la cabeza, se ocupó de negar, travestir, maquillar y ocultar durante años.

La idea oficial de que la criminalidad era una “sensación” térmica, producto de los aviesos medios de comunicación concentrados, es trágica, además de tragicómica.

El Gobierno se siente satisfecho con decir que el país está igual que en 1993, cuando era presidente Carlos Menem, un presidente que tanto Néstor Kirchner como Cristina Kirchner apoyaron en su primera elección y en su reelección en 1995. Al inaugurar ahora nuevos vagones ferroviarios, la presidente pretende que olvidemos que ella y su marido apoyaron firmemente a ese gobierno, que fue el responsable de las privatizaciones corruptas del sistema ferroviario.

Las estadísticas oficiales revelan que en la mayor provincia argentina han crecido, de manera notoria y escandalosa, los asaltos y los homicidios. ¿Puede tener el rostro tan duro y tan estólido el Gobierno como para decirle a nuestro pueblo que no hay de qué preocuparse, porque lo mismo pasaba hace 20 años?

(*) Emitido en Radio Mitre, el jueves 24 de abril de 2014.



Pepe Eliaschev