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Imaginar a un rival contra el que no se va a jugar

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Hay muchas formas de ganar un partido de fútbol. Jugando con línea de cinco, con línea de cuatro, con doble cinco, con tres delanteros o sin ellos, con extremos o con doble delantero central, con falso nueve, dominando al rival hasta el sometimiento o sin siquiera patear al arco. Por lo general, todas las victorias son legítimas. Y se celebran.

Esta Argentina de Sabella que debutará hoy ante Bosnia viajó a Brasil con la certeza –de pronto, presunta, con lo cual abandona tristemente su condición de tal– de un once titular de memoria. Ese que, en su diseño cuasi telefónico de 4-3-3, nació en el segundo tiempo de las eliminatorias ante Colombia en Barranquilla. En ese vestuario perdedor después de 45 minutos espantosos, la Argentina parecía empezar a recorrer otro camino de incertidumbre como en tiempos del Maradona técnico. Según el propio Sabella, ése fue el momento de “parir” un esquema que, además de haber dado resultados óptimos, le dio a Messi la felicidad que parecía inviable con la celeste y blanca. La felicidad de tener intérpretes suficientes como para no necesitar ser siempre el superhéroe del seleccionado. Con Di María, Agüero e Higuain –eventualmente, Lavezzi o Palacio–, el crack del Barcelona siente que el fútbol es definitivamente un juego colectivo, entre semejantes. Y si está Gago –en un nivel que hace rato no tiene– entonces para Lionel la jugada puede comenzar varios metros más cerca del área rival.

Estas aclaraciones, que son sólo una pequeña parte de las razones por las que la Argentina debería respetar la idea que le aseguró un buen pasar en las eliminatorias, son necesarias en tanto, aun a horas del debut, la incertidumbre se debate entre el incomprensible y decadente misterio de no confirmar la formación, los indicios de que la Argentina jugaría con cinco defensores, y el deseo de que las pruebas realizadas el viernes último hayan sido sólo un engaño para los rivales, un artículo más dentro del catálogo de superficialidades bilardianas.

La sola insinuación de que ante un rival de muy segundo orden europeo la Argentina desactive una porción de su demoledora maquinaria ofensiva para acumular presunciones defensivas, justifica hablar antes de los hechos, ya no después de ellos.

De ninguna manera se dice que Sabella sentencie a muerte el debut de su equipo: se puede ganar con un esquema aun más conservador y perder poniendo hasta once atacantes. Lo que se dice es que da pena que ante un rival como Bosnia se desactive una parte vital del poderoso potencial ofensivo argentino en beneficio de una presunta solvencia defensiva. Aquí pesa mucho más la circunstancia –el debut mundialista– que el adversario. Lo deja en claro el mismo Sabella con sus antecedentes. Ante rivales como Alemania, Suiza , Italia, Suecia, Chile o Paraguay –todas victorias fuera de casa– alternó entre cuatro mediocampistas (Gago, Mascherano y dos volantes ofensivos) y dos delanteros, el esquema que más le rindió; ése que, dicen quienes conocen la intimidad de Belo Horizonte, estaría descartada para hoy. Eso de jugar con cinco defensores se usó en sólo cinco partidos, incluida aquella vergonzosa noche de derrota ante los venezolanos.

Sabella es una persona sumamente estudiosa de su materia de cabecera. Además de verse sensato e inteligente. Sólo un exceso de pánico futbolero en alguna noche de insomnio permitiría comprender semejante cambio de rumbo. Por eso, dejo abierta la puerta a que todas las conjeturas sean sólo eso y la Argentina pueda marcar rápidamente en un Mundial en el que casi todos los candidatos arrancaron sin vacilaciones.

En el fútbol actual ningún equipo importante prescinde de las virtudes del adversario. Sea para neutralizarlo o para herirlo, mal que mal todos saben en qué anda el de enfrente. Lo que ningún equipo hace es reducir sus posibilidades debilitando sus fortalezas.

Del mismo modo que se acepta que no siempre se gana con más delanteros ni se pierde con más defensores, no tengo la menor duda de que no hay mejor forma que buscar un destino que potenciando virtudes para disimular defectos. Es malo subestimar al rival. Peor es imaginar a un rival contra el que no se va a jugar.

Nuestra ilusión mundialista va mucho más allá de nombres como los de Dzeko o Ibizevic. Es una ilusión que incluye respetar rivales tanto como aspirar a reducirlos a su mínima expresión. Como hizo Holanda contra España.

No es sólo la ilusión de salir campeones.
Es la ilusión de ser los mejores. De ser superiores. De demostrar que nuestra idea es mejor que la de los otros.
Es un sueño para el cual el miedo es el peor adversario.

*Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo