COLUMNISTAS A COPAR EL CONGRESO

Imberbes, patéticos

Como en los 70, ahora el kirchnerismo intentará mostrar que es una roca. Dislates propios y también ajenos.

Para hoy, como en los 70, la consigna arrebatadora es ocupar el Congreso, adentro y afuera. En la primera línea, cerca de Ella, pelearse por figurar como antaño, cuando se mataba o moría por la cercanía al palco y la ocupación de la Plaza, suponiendo entonces y ahora que esa contingencia le otorga más crédito y legalidad al Gobierno –que la imaginería popular asimila una movilización sectaria– como la garantía de que la Administración es una roca. Cuestión de imberbes con su orga, antes; patetismo de veteranos, ahora.

Cristina, que compra lo que ella misma vende (lo que no es bueno para el negocio), no ignora el apoyo crematístico de su propia Casa Rosada –expresado en las mejores y peores formas posibles– para que la nutran el día del inicio legislativo de un calor vocinglero y colorido que parece jurar conformidad y obediencia a ciegas. Engañosa simulación que no es patrimonio exclusivo de la dama. Ya los radicales con Alfonsín también entendían que la movilización era clave para el convencimiento colectivo, igual que ahora los sedientos barones pejotistas del Conurbano junto a los admiradores de La Cámpora, como si un pogo perpetuo y musical fuese el fundamento de la democracia.

Para más de uno, típico que lo de hoy será discusión por el número de asistentes a la vecindad o por si algún travieso le opaca la fiesta al oficialismo (como el día de la última jura, cuando los camporistas no monopolizaron las invitaciones y muchas fueron copias pícaramente realizadas por otros peronistas). O por un escándalo previsible o una refriega eventual, ya que abundan los disgustados con el hecho de que el Congreso hoy mude su habitualidad de escribanía para convertirse en una mera dependencia del Gobierno. Importan esos acontecimientos más que el mamotrético discurso presidencial (hay promesas de que reducirá la exposición para evitar que se retiren los opositores), seguramente dominado por algunas desopilantes leyes de Murphy y la hogareña esencia filosófica de que “no reniegues cuando todo va mal, porque te podría ir peor”.

Ver, por ejemplo, la discusión colectiva e insolvente que se esparce sobre el valor, conveniente o no, de la venta de YPF: van de la campaña oficialista y las obvias traiciones psicológicas de Kicillof (¡cómo jodimos a los gallegos!) para justificar un precio controversial, a las tonterías de Elisa Carrió, quien aludió a emprender una acción penal por burlar la intervención del Tribunal de Tasación, cuando éste sí participó, más allá de que haya procedido en forma criteriosa. Hay infinidad de argentinos conocidos que han hablado sin leer u hojear el acuerdo. Ni conocen el negocio petrolero: cada vez se habla más en forma unánime de las excelencias que producirá Vaca Muerta, de la conversión de cada argentino en un tío patilludo, justo cuando las estadísticas de enero indican que en esa veta prodigiosa se ampliaron más pozos y rindió menos.

Cristina, para su presentación, seguramente acudirá a su principal vena de estudio, el Derecho. A propiciar con nombre y apellido un sueño reformista y reducidor de los códigos Civil y Penal, dos temas que envolverán intensos debates y cuyo punto de partida reconoce flojedad intelectual en los promotores elegidos. Lo que aparece como mejor expresión democrática quizás oculte una representatividad menguada y, sobre todo, exponga un dominio aristocrático que pretende saber la ocurrencia del mundo en los próximos 20 o 100 años con la misma solvencia de lo que costará YPF en ese tiempo.

Es posible, además, que la mandataria incurra en otras cuestiones menos versadas, pero imprescindibles para completar su ciclo con cierto piso popular. Como ha empezado a enternecerse con el peronismo, que cita a sus bonaerenses cultores sobrevivientes, tal vez introduzca en ese giro anuncios de la llamada justicia social, que puede escandalizar a empresarios y financistas (restricciones a sus ganancias, según temen) y alimente el espíritu de los convocados a la Plaza y anime a un sindicalismo que jura bramar contra la pérdida de salario sin un atisbo de rebelión física. Muchos, en su inercia pasiva, parecen tentados por una regularización de la caja de las obras sociales que los favorece arbitrariamente, otros disimulan su enojo por algún temor personal-judicial y la reverencia a lo institucional para no ser tildados de destituyentes (además de ejercer la excusa martínezdehocista o guevarista del cuanto peor, mejor, traducido a no pedir aumentos o reparaciones cuando hay que cuidar el empleo).

Para Ella, este tipo de anuncios le permitiría decir que no es hija del FMI, de los buitres, de los Repsol, del Club de París o de los banqueros devaluadores, a pesar de haber devaluado, modificado el Indec, pactado con las petroleras y negociado con las organizaciones internacionales del poder.

Si pareció indigestarse con esos tragos de importancia estructural, también le importan otros simplemente coyunturales. Como el convenio que cerró Lionel Messi con Mauricio Macri para estos meses previos al Mundial, elección que implicó no involucrarse con el gobierno nacional ni con provincias adláteres, a pesar de que las sumas prometidas multiplicaban por cuatro la tentación (fondos que al parecer vuelven a la ciudad por la generosidad del jugador y su fundación). Una insolencia, sin duda, que habría sido gestada por un operador (Avelino Tamargo, de diversos servicios para el intendente) que se mimetizó en la familia del 10 del Barcelona.

Curioso, sin duda, como el propio Macri, quien se ufana de la conquista (tres publicidades filmadas sobre las bondades de la ciudad) y nada ha dicho, en cambio, del premio que le dieron en Davos por haber redactado el mejor tuit entre todos los participantes al simposio sobre la cuestión social. Algo así como “los pueblos hoy son ricos en información y multimillonarios en expectativas”. Una expresión certera, quizás no políticamente correcta para estos tiempos de la reaparición peronista.



Roberto García