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Impacto regional de la crisis brasileña

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Foto:CEDOC.

Hasta hace tan solo unos años, las discusiones sobre Brasil giraban sobre su rol como potencia media con aspiraciones globales, su liderazgo en el G-20 en el marco de las negociaciones comerciales con la OMC (Organizaciones Mundial del Comercio), su protagonismo regional en la desactivación de conflictos, o sus aspiraciones internacionales con esperanzas de conseguir un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero la escena ha cambiado radicalmente. En Washington y Nueva York las preguntas sobre Brasil se centran sobre cuándo será el “retorno” brasileño a la escena global y los organismos internacionales. Más al sur, en América Latina, analistas y consultoras se concentran en descifrar el impacto de la crisis brasileña sobre las economías de sus vecinos y socios comerciales. En el ámbito académico, se debate sobre las implicancias de la crisis para el escenario interno brasileño, así como sus repercusiones en la configuración política de la región que lideró.

Ninguno de estos debates está exento de validez. Durante los gobiernos de Lula, Brasil se dio el lujo de una política externa pro-activa y ambiciosa, asumiendo un liderazgo regional que le sirviera de plataforma global, a su vez que intentaba adentrarse en el sistema de Naciones Unidas como “emprendedor normativo” y explotaba su rol como potencia media miembro de BRICS acaparando inversiones. Pero de forma similar a otros países de la región, las aspiraciones e iniciativas se basaron en una bonanza económica dependiente de altos precios de los commodities, y a medida que los precios de estos productos bajaron, también se redujeron los recursos que financiaban su profusa política externa.

Es así que cabe preguntarnos: ¿Cuál es el impacto regional y hemisférico de la crisis brasileña?

Más allá del preocupante impacto económico y comercial que ya afecta a miembros de Mercosur así como muchos de los países en la región que encuentran en Brasil su principal socio comercial, la contracción económica y política de Brasil implica un vacío de poder y liderazgo en la región que, acoplado con la reformulación de las relaciones EEUU-Cuba, la decadencia del protagonismo venezolano y el desplazamiento del kirchnerismo en el gobierno argentino, diagrama un panorama de profunda reconfiguración hemisférica.

En Argentina, las expresiones de respeto al proceso institucional brasileño y las declaraciones de apoyo de la canciller Malcorra a Dilma muestran una postura prudente, donde no hay que interceder en asuntos internos brasileños, pero si resaltar la importancia de valores democráticos comunes. La prudencia también es reflejo de la falta de certezas, porque el escenario es complejo y hasta caótico, más allá de que Dilma logre sobreponerse al impeachment o no. Para Argentina la crisis brasileña implica elevados riesgos a medida que ya impactó negativamente las exportaciones hacia ese mercado clave, y la contracción económica de 4% que se calcula para este año seguramente derive en aun menores exportaciones al mayor país de Mercosur. Pero en el plano político internacional, el vacío creado por la ausencia brasileña en el escenario regional y hemisférico es una ventana de oportunidad para consolidar un rol regional ante las aspiraciones de liderazgo de la nueva administración argentina, aprovechando su servicio exterior profesional, su consolidado legado internacional y su nuevo pragmatismo en política externa.

México es otro país que ve la crisis en Brasil como un escenario de oportunidades y desafíos. En 2014 Brasil continuó siendo el mayor receptor de inversión extranjera directa al concentrar 95 mil millones de dólares, seguida por México que reportó 22 mil millones. Es así que Brasil mantiene una mayor captación de recursos, y el gobierno mexicano aspira a capitalizar sobre la crisis brasileña atrayendo a inversores que se vean desalentado por el pobre prospecto económico brasileño para los próximos años. En el plano político, muchos analistas se preguntan si esta no es la oportunidad para un retorno de México a América Latina, después de ser recortado del mapa discursivo suramericano durante la última década y media.

Desde la perspectiva del gobierno venezolano, no hay oportunidades en la crisis brasileña, sino más señales de un entorno internacional crecientemente hostil para los intereses de la administración chavista. Maduro ya venía sintiendo los efectos del alejamiento de su aliado brasileño a medida que este miraba hacia adentro preocupándose de sus problemas domésticos y buscaba mantener mayor distancia con el gobierno chavista para evitar los ataques de la oposición brasileña que denunciaban el vínculo Brasilia-Caracas. A pesar de la creciente distancia entre los dos gobiernos, Maduro ha asumido un fuerte discurso de defensa de Dilma y denuncia del impeachment como un golpe de estado, aunque esta postura es más una reacción a sus propios problemas internos en vez de parte de una agenda de política exterior y defensa de un aliado.

En Paraguay las preocupaciones toman una dimensión mayor: Más allá del impacto negativo que ya tiene la crisis en la relación comercial bilateral, de esencial relevancia en la economía paraguaya, existe el riesgo de que el Senado paraguayo (opositor a Cartes) busque emular el accionar del legislativo brasileño para desplazar al presidente del poder.

En definitiva, Brasil al representar un tercio del Producto Interno Bruto de América Latina, ser el primer socio comercial de los países del Mercosur (con excepción de Venezuela) y figurar entre los cinco primeros socios de la mayoría de los países de la región, genera muchas olas al profundizarse su crisis económica y política. No todos los países de la región pueden darse el lujo de ver oportunidades en los desafíos, por lo cual solo aquellos con aspiraciones de liderazgo regional pueden capitalizar la contracción de la política externa brasileña.

 

(*) Director de Investigaciones de CRIES. En Twitter: @SerbinPont



Andrei Serbin Pont