COLUMNISTAS

Imprevistos

Por Beatriz Sarlo

El fascismo y la marcha sobre Roma, libro del italiano Emilio Gentile que acaba de publicar Edhasa, es una historia de suspenso. En especial el capítulo que narra los días inmediatamente anteriores a la llegada de los fascistas a la capital italiana para hacerse del poder en un acto que muchos adivinaban y muchos no querían creer. De un gran mitin del Partido Fascista en Nápoles, los oradores partían a la carrera para preparar una marcha que el mismo Mussolini se encargaba de envolver en otras líneas posibles de acción. La táctica era confundir al gobierno italiano, pero también el Duce dudaba si la marcha sobre Roma era la forma más apta para lograr la hegemonía fascista en el debilitado gabinete italiano. No eran sólo subterfugios. El suspenso se prolongó durante horas, incluso mientras los fasci di combatimento se estaban movilizando. ¿Qué habría sucedido si el Duce hubiera retrocedido en el instante preciso que lo condujo a Roma y al poder?

Traigo el ejemplo no para comparar la situación argentina con el avance del fascismo (no insulten, por favor), sino para mostrar de qué modo los escenarios futuros pueden ser un riesgoso despeñadero de la omnipotencia predictiva.
De las elecciones de octubre de 1983, que le dieron la presidencia a Raúl Alfonsín, tengo una anécdota que debería figurar en algún manual de instrucciones sobre pronósticos. Uno de los encuestadores más inteligentes de aquella época, días antes de los comicios, expuso los resultados de sus sondeos frente a un grupo de cientistas sociales. Los números  marcaban que el ganador sería Alfonsín. Después de mostrarlos, sacudió la cabeza, se sonrió y dijo: “Algo debo haber hecho no del todo bien”. No podía creer lo que le saltaba en sus encuestas, no sólo porque iba en contra de sus deseos sino porque iba en contra de las predicciones de casi todo el mundo. Quienes escuchábamos nos miramos, sin saber qué decir frente a ese hombre dividido entre su método y la historia argentina que (pensaba él) tendería a repetirse como en 1973. En ese momento, Pancho Aricó, el gran intelectual socialista recién llegado de su exilio en México, dijo: “¿Y no será que se ha producido un twist?” Usó la palabra con irónico tono cordobés.

Aricó tenía razón: se había producido un twist, en el que pocos creían en ese momento. Y téngase en cuenta que esto sucedía antes del desastroso acto de cierre de la campaña peronista, donde el caudillo Herminio Iglesias quemó un cajón frente a miles de manifestantes y, lo que fue peor, frente a las cámaras de la televisión. Ese fue el twist evidente.
Pero otro twist ya se había producido, y lo mostraban las encuestas de mi incrédulo amigo. Dicen que Alfonsín estaba convencido de que ganaba esas elecciones. El convencimiento de un candidato es un elemento central en el ímpetu con que encara la campaña, no en el resultado. Alfonsín tenía ese ímpetu. Pero derrotar al peronismo por primera vez en elecciones limpias y sin proscripciones era algo que pocos pensaban que podía suceder. El peronismo había sido proscripto después de 1955, entre otros motivos porque se lo creía imbatible. Las encuestas de mi amigo, que preludiaban la derrota peronista en 1983, no fallaban por su método sino por inverosímiles. La ideología y el imaginario (combinados) son tanto o más fuertes que el método.
Carlos Altamirano ha escrito sobre la llamada, y hoy olvidada, “renovación peronista” encabezada por Cafiero (puede leerse en la compilación de Palermo y Novaro La historia reciente). En 1988, poco antes de las elecciones internas del justicialismo, Cafiero parecía el seguro vencedor en un proceso que lo había tenido como estratega. Sin embargo, esas elecciones las ganó Menem, que derrotó a Cafiero incluso en la provincia de Buenos Aires, su plaza fuerte. Sólo después (señala Altamirano) “lo acontecido deja ver sus razones”. Recuerdo no sólo la tristeza de los peronistas renovadores, sino sobre todo la decepción de esperanzas que ellos creían fundadas.
 ¿Alguien anunció en mayo de 2003 que el débil presidente Kirchner, recién electo en comicios que lo habían dejado segundo detrás de Menem, acumularía un poder formidable dentro y fuera de la geografía justicialista? ¿Alguien dijo que iba a haber kirchnerismo por más de una década? Las predicciones de 2003 iban en un sentido contrario. Ni palabra sobre una década que hoy se debate sobre si es “ganada” o “perdida”. De atenerse a los pronósticos, habría que llamarla la década “impensada”.

Sin embargo, hacer pronósticos o trazar “escenarios posibles” es un ejercicio interesante. No puede suceder cualquier cosa en cualquier momento. Pero si es cierto que no puede suceder cualquier cosa, también es cierto que la política tiene sucesos impredecibles: la muerte, por ejemplo. La de Perón estaba entre las posibilidades cercanas, sólo se trataba de unos meses más o menos. La escalada por el poder dentro de su movimiento se había desatado antes. Pero la de Kirchner podía no haber sucedido. ¿Qué habría sido el kirchnerismo si Néstor hubiera seguido a cargo de la estrategia? ¿Qué habría sucedido si no se hubieran cometido equivocaciones muy evidentes?
Más que de las predicciones fallidas, la historia aprende de estas preguntas. ¿Qué habría sucedido si tal hecho no hubiera tenido lugar? Juan Carlos Torre, en sus Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo, sostiene que el 17 de octubre “no tuvo nada de inevitable” y por eso se propone hacer una “historia conjetural”, partiendo de que esa jornada histórica y mítica hubiera tenido un desenlace diferente. Se aprende de esa conjetura más que de la predicción del futuro. Cuando llega el momento de controlar las predicciones, sólo las recuerdan los memoriosos o quienes van a los archivos. Antes de que me lo recuerden, no voy a pasar por alto que, después de las elecciones de 2009, dije que el kirchnerismo estaba de salida.
¿Cuántos supieron antes que Kirchner se convertiría en el presidente del acto en la ESMA? Justamente él, que había permanecido alejado de las organizaciones de derechos humanos cuando gobernó su provincia. ¿Alguien lo imaginaba inaugurando una nueva etapa de la relación entre organismos y gobierno? No había datos de ese “escenario” en su pasado. No fue previsto.

La política está hecha de esos “no previstos”, que son la superficie rugosa del día a día, allí donde se ponen en juego la imaginación y el talento. Justamente un político interesante no es quien repite sino quien inventa. En ese sentido, la imaginación se diferencia del oficio político que, hasta cierto punto, puede aprenderse. Se aprende a ser un “buen cuadro”. Más difícil es que alguien aprenda a ser un gran dirigente que produzca un “escenario”. Helmut Kohl, jefe de los conservadores alemanes y canciller, llamaba a Angela Merkel “la muchacha”. ¿Alguien recuerda ese sobrenombre condescendiente con el que se designaba a la que hoy es la mujer más poderosa del mundo?
Por supuesto que es posible prever qué inversión necesitaría la Argentina para disminuir su importación de energía; es posible prever que en los próximos años la educación de los pobres y los excluidos será el gran desafío nacional (creo que no queda prácticamente nadie en este país que no haya pronunciado tal frase); es posible simular escenarios con distintas reformas impositivas y evaluar sus ventajas y consecuencias. La política, la mayor parte del tiempo, depende de esos datos predecibles. Pero los cambios importantes a veces recorren caminos no predichos y todavía dependen de iniciativas originales. Captar el momento de giro es sencillo cuando se piensa en tiempo pasado.

*Escritora y ensayista.



Redacción de Perfil.com