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Impronta pop

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El pop intentó conciliar el arte con la cultura de masas a través de expresiones artísticas que usan la reproducción en serie del mercado de consumo y los símbolos de la publicidad. Al convertir los objetos cotidianos en una obra de arte desacralizaron el arte tradicionalmente encerrado en los círculos cultos. La política pop es la política de la comunicación en serie, de la receta publicitaria que tanto sirve para vender un candidato como para exaltar a un presidente, del mensaje reproducido masivamente, del esténcil como arte callejero. Al convertir personajes corrientes en líderes, la política pop parece desafiar los cánones de la política tradicional, por lo que muchos se entusiasmaron al considerarla una renovación. Pero lo que parecía nuevo en la política llevaba años en el cine, la radio y la televisión.

Lo más conveniente de la impronta pop de la comunicación gubernamental se acopla a cualquier inclinación partidaria. Un pionero fue Silvio Berlusconi quien, desde Italia, mostró al mundo que se podía entusiasmar a una sociedad descreída de los políticos de siempre aprovechando su emporio de medios y su cercanía a la farándula. Pero George W. Bush llevó el régimen político basado en los medios más lejos aún, cuando lo puso al servicio de la legitimación de una guerra global. Estos políticos mediocres adquirieron una relevancia mundial que no hubieran conseguido de no haber puesto el espectáculo al servicio de su gobierno. De esa forma, marcaron el camino para otros líderes al mostrar que se podía llegar al hombre común con el lenguaje universal de la publicidad y el entretenimiento. La combinación de los ingredientes del pop global con lo popular local dio lugar a toda una especie de políticos latinoamericanos que aparecieron casi al mismo tiempo en países muy diferentes.
La tradición populista de Latinoamérica le da al liderazgo pop cierto tono anacrónico cuando intenta inscribirlo en la lista de grandes próceres que, según la simpatía del analista, ubican a la izquierda o la derecha, en las revoluciones o en los totalitarismos. Esta perspectiva no permitiría incluir en el mismo grupo a personajes que llegan al poder de la mano de partidos de muy diversa naturaleza pero que hablan el mismo lenguaje de los medios de comunicación. Todos usan estas narrativas mediáticas para legitimarse y conseguir un entusiasmo que otros políticos, más apegados a las grises estructuras institucionales, no logran despertar. Se trata de un estilo que es a la vez moderno y posmoderno, heredero de la cultura pop, del contenido audiovisual, el entretenimiento, el culto de la celebridad. La política pop es una franquicia al estilo fast food que ofrece el patrón para reproducir políticos populares en sociedades despolitizadas. Del arte pop adopta la reproducción técnica y la publicidad como narrativa y metáfora, pero del arte de inicios del siglo XX toma la idea del arte como medio, al servicio de la propaganda. El pop de la política es el del mainstream del entretenimiento, de los medios de masas, de la cultura del mercado.

De allí retoma la narrativa sintética de la publicidad, el culto a la celebridad, el melodrama como clave de la lucha política, la metáfora del superhéroe, el ritual del consumo.

No se trata del populismo como un programa de gobierno sino del pop como ritual que permite consolidar un poder centralizado con un aparato de propaganda intensivo apoyado en los medios masivos.

El personalismo presidencial se basa en el carisma para justificar decisiones concentradas y un poder sin contrapesos. Recurre para eso a una intensa comunicación del Poder Ejecutivo con la que se intenta deslegitimar a los otros poderes a la vez que se subestima a los opositores y a los medios críticos y se desconocen las decisiones judiciales o disposiciones legislativas. Umberto Eco, especialista de la semiótica de los medios y personaje comprometido con su tiempo, vio esta tendencia en la Italia encantada por un personaje como Berlusconi y analizó el fenómeno en un libro llamado A paso de cangrejo, porque veía cierta vuelta a los regímenes totalitarios que habían tenido lugar a mediados del siglo XX en su país. Esa remisión al pasado también se da en Latinoamérica y es necesaria para que el discurso protector y omnipotente tenga resonancias culturales y pueda ser aceptado a pesar de estar reñido con ciertos principios democráticos. Eco recuerda que Berlusconi, cuando quería eludir las denuncias judiciales, decía que él, un elegido del pueblo, no iba a permitir que lo juzgara alguien que ocupaba el cargo por oposición. Son los mismos argumentos que usan los presidentes latinoamericanos para no acatar las decisiones judiciales que van en contra de sus arbitrariedades, justificándose en que el voto popular que los llevó al poder los autoriza para ponerse por encima de cualquier norma, por más constitucional que sea. Berlusconi argumentaba que el que había sido elegido por la mayoría electoral no podía admitir que una Constitución frenara su obra. Por eso, muchos líderes pop directamente las modificaron, en particular los artículos que habilitaban la continuidad indefinida de su poder.

Los políticos contemporáneos son hijos de la cultura pop, que convierte en especiales a los productos en serie por el simple hecho de portar una marca exclusiva. Con el mismo mecanismo, el político intenta convertir su persona en marca registrada, como delata el -ismo que adhieren a su apellido para convertirlo en chavismo, kirchnerismo, uribismo, correísmo. Son tipos originales pero no pueden dejar ninguna ocurrencia sin repetirla en serie por todos los medios a su disposición. La mediatización de la política inquieta porque de ser un instrumento de construcción de poder se ha convertido en un fin en sí mismo. El populismo latinoamericano hizo propia la lógica Google, que reemplaza la jerarquía canónica por la del enlace más visitado, así el político considera que alcanza con ser el más visto para ser el más votado y el más votado para ser el único poder a respetar.

 

*Licenciada en Letras.
Fragmento del libro Política pop, editorial Ariel.



Adriana Amado