COLUMNISTAS PELICULAS


Impuesto de fe

Es probable que gran parte de nuestra vida la pasemos buscando maestros, gente que nos guíe, que nos diga lo que tenemos que hacer, que nos inicie, que nos emancipe o nos embrutezca.

En una hermosa escena del film de Peter Brook sobre la juventud de George Gurdjieff –Encuentros con hombres notables– un personaje se sienta a una mesa en un bar y le pregunta a otro que está frente a él: “¿Es usted un maestro?”. “¿No reconocés a un maestro cuando lo ves?”, le repregunta el hombre cuestionado. “Sí, es usted un maestro”, le dice el primero, convencido. Es probable que gran parte de nuestra vida la pasemos buscando maestros, gente que nos guíe, que nos diga lo que tenemos que hacer, que nos inicie, que nos emancipe o nos embrutezca.

En el último disco de los Babasónicos se trata este tema en la canción El Maestro ¿La escucharon? “Una vez el viento más atronador/ habitó dentro de mí/ por esos tiempos no pude escuchar mis ideas/tuve que seguir las tuyas/ […] Un ave, un manto, perla de terror/ aulló dentro de mí/ mi perro lazarillo me abandonó/ tuve que guiarme con tu voz”. Hace dos días volví a ver una película que me había impactado mucho, The Master, de Paul Thomas Anderson. La película tiene sobre mí un poder fractal porque esta vez, aunque la vi a partir de la mitad, me impactó todavía más. Anderson no se preocupa por la linealidad de la narración, más bien trabaja con islas de sentidos, escenas fabulosas, oníricas, que se cruzan y se constelan entre sí, potenciándose, y nunca se explican, nunca se agotan.

¿De qué va The Master? Está basada muy ligeramente en la historia de Ron L. Hubbard, un escritor mediocre de ciencia ficción que creó la cienciología, culto religioso que tiene miles de adeptos entre los actores de Hollywood y del que, tal vez, Tom Cruise sea el más representativo. La cienciología surgió como miles de cultos en los Estados Unidos en la posguerra. ¿Qué se hace con la vida una vez que sos desmovilizado del frente de batalla? ¿Cómo se sigue después de que viste caer como moscas a miles de amigos en los bosques alemanes? Margaret Salinger cuenta que su padre, Jerome, a veces se quedaba en trance, con la mirada perdida, y decía: “Eran unos muchachos tan jóvenes los que morían”. La película de Anderson, entre otras cosas, es un dueto actoral entre dos grandes estilistas: Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. El primero es Freddie Quell, un ex soldado sexópata, violento y desquiciado que no sabe cómo volver a vivir en sociedad, cómo se hace para soportar la vida que, después de la guerra, se vende como prometedora. El segundo es Lancaster Dobb, el Maestro, un hombre carismático que funda un culto a su personalidad y que promete una redención para todos los que sufren en el mundo mediante el estudio –entre otras cosas– de las vidas pasadas.

Todos los cultos religiosos surgen en los libros de clase B de la ciencia ficción. Sus largas tiradas se explican porque el mundo es un lugar cruel y hermoso, y muchas veces inexplicable. Freddie Quell sigue al Maestro como un perro, pero es ese tipo de perro que puede atacar incluso al amo. Y el Maestro ve en él algo que sin dudas está bailoteando en su inconsciente. Sobre el final de la película –un final memorable– el Maestro le dice a Freddie que puede quedarse en la iglesia que él ha formado: “Si descubres una forma de vivir sin ningún amo, sea cual fuere, cuéntanos a los demás cómo lo lograste, pues serías el primero en la historia del mundo”. Pero Freddie, llorando, le dice que no, que prefiere irse. El Maestro le dice entonces que si se va, cuando se vuelvan a ver en otras vidas futuras, él va a ser su más acérrimo enemigo y no va a tener piedad con él. Freddie sonríe. Entonces pasa algo increíble: el Maestro empieza cantarle una canción de amor que deja en claro algo del deseo homoerótico en que se basaba la relación. Pero como en los grandes escritores, los personajes de Anderson no son de una sola pieza, son inestables, impredecibles. El final emociona porque uno se da cuenta de que no hay dos hombres actuando –Phoenix y Hoffman– sino una única entidad que, por el momento, tiene dos rostros.

Y si bien Freddie Quell es un animal difícil de domar aun para el Maestro, es evidente que Anderson nos dice que ser un animal verdadero es lo único que atenúa la desgracia de ser hombre.