COLUMNISTAS PODER BRITANICO

Impunidad colonial

En los 60, el Reino Unido expulsó a los nativos del Archipiélago de Chagos para alquilarlo a la CIA. Hoy, los chagosianos luchan por un retorno que Londres intenta convertir en pesadilla.

En el vasto Océano Indico, lejos de las dos grandes masas continentales, el archipiélago de Chagos agrupa sesenta pequeñas islas y siete atolones, el mayor de los cuales es Diego García. Nos hemos referido a este lugar con anterioridad; es útil ampliar el tema.

Poblado por Francia a partir de la Isla de Mauricio, con esclavos africanos empleados en plantaciones de cocos, el archipiélago fue a dar a manos inglesas en 1814, como resultado de la derrota de Napoleón. La población, francófona, cambió de amo y continuó viviendo del empleo colonial y de la pesca.

Varias generaciones después, movido por la ansiedad de una guerra fría cuya temperatura subía, Washington inició conversaciones con Londres tendientes a establecer una base estratégica en un área en la que no estaba presente. Eran los tiempos de la descolonización, la década de los 60.

El plan que juntos diseñaron se cumplió en tres etapas: la primera, el 8 de noviembre de 1965, consistió en separar el Archipiélago de Chagos de la colonia de Mauricio, creando el BIOT (British Indian Ocean Territory). Mauricio logró su independencia en 1968 y hoy mantiene con el Reino Unido una disputa por soberanía, ya que reclama el archipiélago que le fue amputado mediante un ardid imperial.

La segunda etapa se cumplió con el alquiler de la isla de Diego García al gobierno de los Estados Unidos hasta 2016 y con una cláusula de tácita reconducción –intercambio de notas del 30 de diciembre de 1966–, incluyendo el compromiso de “barrer” y de “desinfectar” (sic) el área.
Para cumplir con este puntilloso deber contractual, se pasó a la tercera etapa: la expulsión de los cerca de 1.700 habitantes. Esto se perfeccionó entre 1968 y 1973 e incluyó la Order in Council de 1971 –algo así como un decreto ley– del gobierno inglés, que exigía un permiso de entrar o salir del archipiélago… a sus propios habitantes. De modo que los chagosianos que viajaban a Mauricio para visitar parientes o atender su salud se encontraban con la imposibilidad de regresar a su hogar, y los que solicitaban el permiso de salir lo hacían ignorando, muchas veces, que no podrían regresar o impulsados por la desesperación por volver a reunirse con los ausentes. Es en estos años cuando se desarrollan los hechos más reprobables, protagonizados por ingleses y norteamericanos.
Llamamos repetidamente la atención sobre esto, porque es indicativo de la delgadez de la lámina de civilización que recubre algunos pretendidos “hábitos culturales”. Y es el caso de los perros de los chagosianos.

Los isleños, a lo largo de décadas, habían logrado enseñar a sus canes cómo pescar en las aguas de las lagunas coralíferas. Y ellos lo hacían con destreza inusual, toda vez que regresaban a la orilla con dos presas de tamaño regular: una para el amo y otra para sí. Ambos, felices.

Pues bien, alarmados por la impaciencia de un almirante, un tal Zumwalt, que había dicho sobre los últimos chagosianos su “famosa” frase: “Absolutely must go” (“se tienen que ir ya”), los militares se dedicaron a capturar unos mil perros de los isleños, los que acto seguido fueron encerrados en un galpón, luego asfixiados con los gases de escape de camiones militares y finalmente incinerados sobre una inmensa fogata de cocos vacíos. Todo ello a la vista de los chicos y grandes que exclamaban y lloraban, viendo cómo una parte de su vida se diluía entre las brasas.

El uso de la cámara de gases para exterminar mil canes, contrapuesto al amor casi obsesivo de los británicos por sus perros, configura una contradicción que, o bien no tiene explicación, o bien refiere a una aplicación anglosajona de criterios de discriminación racial extensibles a los animales. En cualquier caso, una brutalidad injustificable. Pero también un siniestro preludio a los vuelos de “rendición” usados por la CIA para que la base de Diego García fuese utilizada para otros “tratamientos” a supuestos terroristas musulmanes.

Un magnífico documental de John Pilger sobre los desventurados chagosianos incluye una película filmada por unos misioneros hacia 1960, que muestra a las mascotas insulares nadando en la laguna y trayendo los pescados, y entrevistas a algunos viejos isleños. Uno de ellos relata que dos de sus hijos murieron de sagren; otro expresa que muchos no pudieron sobrevivir a lamizer. En su dialecto, que fueron creando a lo largo de cinco generaciones, sagren equivale a chagrin en francés (y a “tristeza” o “dolor” en castellano); y lamizer a la misère (“la miseria”). Un médico local resume: “No hay tratamiento para la tristeza”.

Pasados unos años, los isleños expulsados comenzaron a reunirse y a organizarse, y finalmente iniciaron reclamos ante los tribunales del Reino Unido. Aceptados en primera instancia en 2000 y en la Cámara de Apelaciones en 2007 fueron finalmente rechazados por la Cámara de los Lores en 2008, por tres votos contra dos, emitidos por cinco lores jueces. En junio de este año, 2015, los chagosianos presentaron nuevamente su caso ante la nueva Corte Suprema de ese país.

Frente a la posibilidad de un retorno –aún parcial– de los chagosianos a sus islas (excluyendo Diego García), el gobierno inglés creó una reserva marina que abarca todo el archipiélago, clausurando así todo eventual aprovechamiento del recurso pesquero –a escala artesanal– por parte de los exiliados. Este nuevo ardid, pomposamente bautizado como Marine Protected Area (Area Marina Protegida), fue creado el 1º de abril de 2010 y prohíbe la pesca en el área oceánica de Chagos. 

El verdadero objetivo, detrás del disfraz ambientalista, queda develado gracias a un “wikileak” que detalla los diálogos entre el Foreign Office y el Departamento de Estado. En particular, un cable “confidencial” y “no para extranjeros” cursado por la embajada de EE.UU. en Londres dice: “… (la creación del) parque marino hará que los ex habitantes encuentren difícil, si no imposible, continuar reclamando su retorno a las islas, si hacemos de todo el archipiélago de Chagos una reserva marina…”. Mientras, los militares de la base de Diego García pescan y consumen unas 28 toneladas anuales. Dijo Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.



Redacción de Perfil.com