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Indignación de todos

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¿Alguien podría ver con buenos ojos la antropofagia o, más precisamente, el canibalismo? Difícil. Sólo pensar una imagen espeluznante como esa nos hace poner la piel de gallina. La representación imaginaria de hombres comiendo restos de otros hombres es una figura que simplemente no podemos aceptar en el marco de nuestra cultura. Sin embargo, si nos retrotraemos a aquel octubre de 1972, cuando sucedía la tragedia de los Andes, es probable que cambie nuestra mirada sobre la idea de alimentarse de carne humana.

En general, el dilema ético y moral tiende a tener una dimensión relativa a cierto costo de oportunidad que representa sostener nuestro esquema de valores frente a la posibilidad de acceder a situaciones cuyo bienestar es significativamente superior al hecho de tener que sostener el conjunto de preceptos fundantes de nuestro paradigma en función del cual percibimos lo que nos rodea.
Por ello, cuando las autoridades nos plantean un blanqueo mediante el cual aquellos que sacaron ventaja a costa nuestra sencillamente son premiados con la posibilidad de regularizar su situación sin costo alguno, es necesario tener claro cuáles son los beneficios para el conjunto de dicha ventaja que se otorga a unos pocos, a costa de la indignación de todos.

En este sentido, frente a ambos instrumentos planteados en el proyecto de exteriorización de activos que se presentó en la semana aparece como importante analizar esto en el marco de los alcances que dice tener.
Por un lado, se presenta un instrumento bajo el nombre de Cedim, que tiene como finalidad funcionar como un certificado de depósito con garantía del Banco Central, el que encajará el 100% de la suma declarada, a fin de que al momento de utilizarlo en alguno de los alcances contemplados en el proyecto de ley –circunscripto al mercado inmobiliario y de la construcción–, éste pueda ser presentado como medio de pago, otorgándole al vendedor la posibilidad de obtener inmediatamente el dinero (moneda extranjera) en efectivo, en la entidad financiera correspondiente o bien endosarlo y volver a utilizar este Cedim nuevamente como medio de pago. Más allá del alcance de la medida para los grandes evasores, cierto es que aquellas personas físicas que tengan montos relativamente importantes, provenientes de ahorros no declarados, o de herencias que no pasaron por un proceso sucesorio, sino más bien se entregaron en mano, como el contenido dolarizado en una lata de dulce de batata familiar, tendrán aquí la oportunidad de regularizar la existencia de este dinero para luego utilizarlo en la compra de inmuebles (u otras operaciones) que sin esta iniciativa sería imposible de realizar por no contar con el debido justificativo respecto del origen de los fondos.

Matrix. Por otro lado, tenemos el Baaede, bono soberano emitido bajo ley nacional con vencimiento de capital en 2016, pago de intereses en forma semestral y asignación específica vinculada al fortalecimiento de la matriz energética que devengará una tasa anual de 4%. Este instrumento más bien luce pensado para montos grandes que no puedan canalizar su blanqueo por la vía de la operatoria inmobiliaria, ya sea por su cuantía o por provenir de empresas que no ven viable en el marco de sus planes de negocio la posibilidad de inmovilizar recursos en alternativas poco líquidas como las propiedades.
En este siendo, el Baaede resulta razonable para este público en particular.
Dado que ambos instrumentos sólo pueden suscribirse en dólares, el simple hecho de pensar que quienes tienen pesos quedan fuera de esta medida parece invitar a que sean considerados, ya que sin ello, y dado el marco en el cual la brecha entre el dólar oficial y el ilegal supera el 90%, y cuando el último blanqueo se realizó en 2009 parece poco probable que el resultado de la aplicación de estar norma alcance para compensar el “costo moral” que inevitablemente vamos a pagar como sociedad, una y otra vez al decidir pagar nuestros impuestos mientras vemos que aquellos que no lo hicieron resultan premiados con este tipo de iniciativas.

*Economista.



Matias Tombolini