COLUMNISTAS NO NOS MERECEMOS SEMEJANTE BARCELONA

Indigno de estos tiempos

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Por alguna extraña razón que no consigo descifrar, tengo la sensación de que, cuando de fútbol se trata, los hinchas pretendemos de nuestros favoritos –principalmente, equipos y jugadores– algo muy parecido a la satisfacción eterna.
Si, como con el fútbol, fuésemos tan exigentes a la hora de valorar la vigencia y la perdurabilidad de los íconos, en la Argentina no existirían los partidos políticos –o lo que quede de ellos–, ni los grandes exponentes del arte ni, fundamentalmente, los sex symbols.

A veces pareciera que sólo aceptamos calificar como grandes exponentes a los equipos o a los jugadores poco menos que eternos. O que duren en su esplendor lo suficiente como para decirles “basta de placer que me empalago”. Así como la mediocridad del momento nos lleva a considerar cracks a chicos que tiraron dos caños y eludieron un par de postes de dos piernas en el mismo partido, suele costarnos asumir que, después de cierta cantidad de funciones de gala, otros muchachos y otros equipos ya merecen un lugar en nuestra mesita de luz.
Exigimos del fútbol una fidelidad y una constancia que nos llevaría a despreciar a la mujer más deseada. Nadie en su sano juicio se negaría a pasar una noche de lujuria con el hombre o la mujer de sus sueños, aun si supiéramos de antemano que no habrá ballotage. Sin embargo, a fenómenos incomparables para nuestro fútbol como Barcelona le buscamos en el lomo la fecha de vencimiento como si se tratase de un frasco de yogur. Conste que, a diferencia del señor o la señora sonados, este Barcelona nos ha dado las noches de sensualidad futbolera suficientes como para anunciar al mundo que nos retiramos de todo circuito erótico porque nuestra libido está definitivamente agotada. Sin embargo, parece no alcanzar.

Desde Guardiola para acá, el equipo catalán no sólo jugó centenas de partidos indignos de estos tiempos, sino que ha reivindicado el fútbol juego por encima de cualquiera de esas alquimias hediondas que venimos digiriendo desde los 80 para acá. Es decir, no se trata sólo de que gane el que nos gusta, sino de celebrar que ese que nos gusta le explica al mundo de las pelotas que aún es posible jugar este juego aspirando a trascender, soñando ya no con ganarle al de enfrente, sino con ser siempre mejor que el rival. Un rival al cual, en la mayoría de las ocasiones, se le avisa que al fútbol se juega con la pelota, esa cosa extraña que el adversario respeta sólo a veces. Barcelona no gana; Barcelona es mejor que el otro.

En realidad, la deslealtad de la desmemoria sólo es reprochable a quienes adoramos a este equipo. Admito que, hasta el último miércoles, me había tragado el sapo de un posible fin de ciclo. ¿Y por qué no? ¿Por qué la magia debería ser eterna? ¿No fue suficiente ya lo disfrutado? ¿Cómo no pensar en un funeral con honores de prócer si así fuera necesario? ¿Cómo soportar a los desagradables celebradores del fútbol feo y angustioso que disfrutarían del ocaso de nuestro feudo como aquellas viejas cogotudas festejaron el cáncer de Evita? En todo caso, un eventual final de fiesta tenía una cierta lógica. Para la idea de este equipo maravilloso, sonaba razonable que con Guardiola jugase distinto que con Vilanova y que el motor empezase a dañarse con Roura, que quizás ni siquiera fuera el plan C.

No comprenderé jamás a los que pregonan desde los micrófonos la celebración del fútbol feo, mal jugado, prescindente de la pelota, afecto al despeje sin destino que no es nada distinto a vivir sin armonía; ese fútbol en el que sólo sirve el jugador que hace lo que pretende el técnico y el técnico jamás hace nada que no signifique garantizarse una semana más de trabajo. Quizás lo de esta gente no sea una idea, sino una provocación. Algo así como el desesperado chillido de quien no acepta que el fútbol provoque placer desde el juego y no sólo desde el resultado. Como desprecian la belleza, apenas aspiran a que alguien la destruya. Entonces, inventan paradigmas. Como que el Real Madrid de Mourinho es la antítesis del Barça. Mentira. Eso sólo pasa cuando el provocador portugués, no conforme con ganarle bastante seguido al equipo catalán, decide que su bandera no es ni Ronaldo, ni Xavi Alonso, ni Ozil, ni Di María, ni Higuaín, sino el inclasificable Pepe. Pero es pura cáscara. No es la verdad. La verdad es que Real Madrid se ha convertido en uno de los pocos equipos del mundo capaces de superar a Barcelona cuando decide adueñarse de aquello que parece propiedad exclusiva de Messi y amigos. Tan mediocres son, que se hacen hinchas de equipos que ni siquiera son antagónicos al que desprecian. Lo hacen porque los equipos que sí representan a esta especie incapaz de gozar con el juego, suelen ser humillados por los catalanes.

Olvidemos a los negadores. Ocupémonos de nosotros y de no confundir nuestras sensaciones. Aunque en un par de semanas se quede fuera de la Champions, hasta si produjese el contramilagro de no ganar la Liga, esta maravilla colectiva que no acepta ni torpes ni tibios en su esquema ya nos ha dado demasiado más que lo que nos merecemos; nosotros, que discutimos a Dani Alves y al rato festejamos desaforadamente el gol de un señor que cabecea con las orejas.

Casi como si fuese una celebración póstuma –por suerte, todo indica que todavía tenemos un lindo rato de Xavis e Iniestas–, les propongo mirar cada partido de esta maravilla como si se tratase de un tour virtual por la historia del arte. Se darán cuenta, finalmente, de que con camiseta azul y grana están jugando a la pelota Mozart, Da Vinci, el Indio Solari, Van Gogh y David Gilmour. Tan eternos unos como otros.



Gonzalo Bonadeo