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Insistir en un camino inconducente

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Como era de esperar, el paro del jueves 10 adquiere distintos significados según el punto de mira desde el cual se lo juzga. En términos generales, mucha gente no trabajó el jueves y eso define al paro como exitoso. Desde el punto de vista político, es temprano para valorar el efecto. El Gobierno acusa moderadamente el impacto, gran parte del arco opositor toma distancia, el balance no es claro. La capacidad de los sindicalistas para hablar en nombre de la sociedad queda también en suspenso. Es sabido que es suficiente un paro del transporte  para paralizar en buena medida la actividad laboral; pero de ahí a establecer alguna cuantificación de la “adhesión” al paro hay una gran distancia.

La lógica del sindicalismo permanece invariable desde hace muchos años. Sus resultados también. Una vez decretado un paro y habiéndose constatado que los gremios del transporte adhieren en medida suficiente para dejar a la población sin medios de movilidad –eventualmente agregando algún refuerzo intimidatorio–, muchas empresas suspenden la jornada laboral o toleran la ausencia ese día. Hay paro, claro. ¿Y la gente? Algunos adhieren al paro por convicción; no pocas personas van a trabajar y algunos quisieran hacerlo pero no pueden; y en muchos casos hay gente que se siente feliz por disponer de un feriado más. La escena se repite asiduamente desde aquellos tiempos en que un día no laborable extra solía ser llamado “San Perón”. Cuánto consiguen los sindicatos de lo que declaran perseguir es una discusión abierta; el cálculo para dilucidarlo es complicado, pero su éxito como productores de feriados es innegable.

Hace tres décadas, la CGT molestó incesantemente al presidente Alfonsín. Le creó problemas y contribuyó a tornar deslucida su gestión durante los últimos años de su gobierno. ¿Y qué consiguió la CGT a partir de todo eso? Puede decirse que logró frenar los proyectos de leyes sindicales reformadoras que el alfonsinismo trató de impulsar –y que, de hecho, constituían uno de los ejes de sus propuestas originales–. Pero lo que siguió fue un gobierno peronista fuertemente comprometido con reformas que constituyeron una pesadilla para los sindicalistas y que prácticamente anularon su capacidad operativa durante diez años. Entretanto, durante esos años de los 80 y los 90, los sindicalistas fueron perdiendo la estima de la sociedad. Demostraron hasta el cansancio que pueden paralizar al país o sectores enteros de la economía; demostraron que las raíces de su poder corporativo son indestructibles y que si no se los tiene en cuenta pueden hacer daño. Pero no se ganaron la confianza de la sociedad, no lograron ejercer “representación” de otros intereses que no sean los suyos propios y no consiguieron  nunca ejercer la representación democrática de los trabajadores. Aun más, en el peronismo, como en cualquier otro espacio político, año tras año, cuando se dirimen candidaturas se los reconoce como “piantavotos” sin remedio.

En 1983 las encuestas de opinión registraban una valoración positiva de los sindicalistas en la sociedad en un orden de magnitud superior al 65% de la población. Desde entonces fueron cayendo sistemáticamente; en 1992 estaban en el orden del 20% de aprobación y así siguieron durante años. En la última década mejoraron un poco; pero el caso es que todos los grupos sociales mejoraron su imagen, porque la sociedad recuperó confianza a partir de la reactivación que siguió a la salida de la crisis. Desde hace treinta años la sociedad no quiere a los sindicalistas y éstos se mueven como un factor de poder sin otro respaldo que ese mismo poder. Hasta hoy, la reputación de hombres como Hugo Moyano o Luis Barrionuevo en la estima pública es baja.

En cuanto a los propósitos “gremiales”, los resultados son igualmente magros. El caso de los docentes es ilustrativo: a veces se sienten afines al gobierno del momento, a veces no, pero siempre están en huelga. Y nunca consiguen lo que buscan; de otro modo no se entendería que, año tras año, en algún lugar de la Argentina haya docentes en paro. Tras treinta años de poner en jaque al sistema escolar, sólo cabe una conclusión: ese camino es inútil.

*Sociólogo.



Manuel Mora Y Araujo