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El reportaje largo a Beatriz Sarlo y Horacio González que publica hoy PERFIL se sale de la norma. El procedimiento habitual en estas entrevistas se estructura alrededor de un cuestionario de setenta a cien preguntas, de las cuales esta vez sólo pudo realizarse cronológicamente la primera, porque una vez formulada la respuesta de uno de ellos, se generó la contestación inmediata del otro, y así se mantuvieron en debate sobre la Carta Abierta número 15 por casi la primera hora. Una vez que hicieron esa catarsis (que se publica en forma de recuadro aparte) pudo comenzar un reportaje un poco más normal, aunque nunca lo suficiente, porque cada tanto se volvía a desatar polémica entre ellos.

Después de casi tres horas de entrevista y habiendo quedado el 80% del cuestionario sin contestar,  se dio por terminada la entrevista, casi a las 9 de la noche, pero podría haber continuado más horas.

Hablaron de lo que ellos quisieron: cuando le preguntaba a González sobre la economía poskirchnerista, él decía “prefiero responderle a Beatriz sobre el papel del intelectual orgánico de Gramsci”. Debo confesar que podría escucharlos con placer debatir días enteros sobre temas que a mucha gente le parecería sólo onanismo intelectual. Sartre decía que “un intelectual es quien se mete donde no le importa”, lo que podría interpretarse como que le importa todo y no sólo aquello por lo que podrá obtener un beneficio o, de no preocuparse, saldría afectado.

Como la duda inquieta, el conocimiento produce pasión. Y la pasión intelectual es el rasgo característico de Sarlo y de González, que a lo largo de la entrevista se confesaron mutuamente ser cada uno el mejor especialista sobre el otro.

Atrapados en sus pasiones personales, les atrae más polemizar sobre el pasado que sobre el futuro; y cuando de economía se trata, Sarlo y González están en la misma vereda ideológica. En el reportaje surge la pregunta de si el kirchnerismo hizo una apropiación semántica de la palabra progresismo. Sarlo y González coinciden en los fines, sus divergencias están en los medios para alcanzarlos.

Derecha e izquierda no son categorías que sirvan para mostrar los límites donde comienzan sus diferencias. Ambos se definen como de centroizquierda y comparten cierta fascinación por Raúl Alfonsín. Quizás alrededor de la palabra “nacional y popular” puedan encontrarse algunos rasgos identitarios que explique mejor qué aglutina y separa a los colectivos que ellos representan. Por momentos, se avizora cuando González habla con desdén de la globalización, y en las preguntas se pone a prueba si palabras como cosmopolita o universal –como contrapuesto a nacional– generan en él el mismo efecto negativo. Otra señal en ese sentido sería que Sarlo, en un texto previo en PERFIL, ya había marcado que la expresión usada en la Carta Abierta 15 “patriotismo constitucional” la había difundido Habermas, quizás para hacer notar que era en contraposición con el patriotismo nacionalista que impregnaba a la Alemania de posguerra.

Lo identitario alrededor de Sarlo pareciera delimitarse mejor en torno al republicanismo, el vivere libero que nace en las municipalidades italianas de la Edad Media, herencia griega y romana, que  impregna a las democracias modernas. Ese republicanismo comparte conceptos con el liberalismo, pero busca una mayor igualdad social.

Esto se percibió en el rechazo de plano de Sarlo, a pesar de ser una estudiosa de la cuestión china y seguramente  por eso mismo, a considerar la evolución del Partido Comunista chino como ejemplo para cualquier modernización del peronismo, dando a entender que ninguna mejora económica puede justificar represión, censura y autoritarismo.

Esto surgió  cuando pregunté si el populismo precisaba un Deng Xiaoping, alguien que superara el ciclo de asistencialismo a la pobreza y aspirara a generar un crecimiento económico que lograra erradicarla sin conformarse sólo con palearla. Mi propuesta era debatir si existían experiencias asiáticas que permitieran consumar más verdaderamente la justicia social.

El inconcluso cuestionario ponía mucho foco en 2016, el modelo económico que sustituirá al del kirchnerismo y cómo podrá construirse un relato que haga mayoritaria la aprobación de las transformaciones que la Argentina precisa para volver a crecer. Agotado este ciclo de consumo de stocks de capital, la próxima fase pareciera venir de la mano de una mayor integración con el mundo y un crecimiento  de la inversión. Para lo cual habría que reconciliar a la sociedad con ciertos principios básicos de la economía y de política internacional.

El espejo invertido que fue Menem de Deng Xiaoping irradió sus efectos culturales sobre toda una generación. Cuando se necesita convencer de que la antinomia kirchnerismo o ajuste es falsa, y que es preciso imaginar posibles gobiernos de otros signos que hagan crecer a la Argentina mejorando las condiciones de vida de los que menos tienen, allí surge la roca dura que este reportaje no pudo superar. González reflexionó sobre la falta de intelectuales de centroderecha y Sarlo rescató a sus economistas.

La latente asociación entre economía y derecha, o capitalismo y ajuste (basta mirar lo opuesto que hace EE.UU. en su crisis), muestra que hay una asignatura pendiente en el debate cultural argentino para contribuir a nuestro desarrollo. Un debate donde los intelectuales cumplan un papel transformador, en lugar de orgánico, y guíen a la sociedad aportando ideas y creatividad a la política.



Jorge Fontevecchia