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Invertir en aquello que da ganancia

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Como cualquier acontecimiento que transcurra en el tiempo, los partidos de fútbol son mundos aparte, cada cual con su realidad concreta, su ambiente específico y una comunidad de especuladores exteriores (nosotros, atletas cebados dando vueltas en el opinódromo) que interpreta el funcionamiento de ese mundo según las herramientas bien o mal utilizadas con que cuenta.

Argentina ganó los tres partidos de su grupo, digamos que contra Mercurio (Bosnia), Venus (Irán) y Marte (Nigeria), resolviendo cada pleito en los diferentes niveles en que se presentaron.

Contra Mercurio (ni que hubiéramos jugado contra Júpiter), Sabella salió con cinco defensores de los cuales sólo Rojo puede considerarse agresivo. La depresión de Messi lo empujó a enmendar el dibujo –una figura sin dinámica, como la del caballo atado al palenque– y la imagen del equipo terminó mejorando, como con un toque de photoshop.

Venus tuvo otra formación geológica. Cruzó dos trenes frente al arco propio y esperó un guiño de Alá, que casi llega. Todo eso en un mediodía brasilero, lo que hizo que Argentina agotara sus tediosas ofensivas burocráticas en un tiempo y luego le diera la llave a Messi para abrir y cerrar el partido en tres segundos.

Contra Marte reapareció la Argentina que se siente cómoda en el sufrimiento, la Argentina sadomasoquista que goza, pero por lo general gana en los intercambios. La que la hace fragil en defensa pero la más temible del mundo en ataque. Con lo cual, ya tenemos la moraleja de esta fábula interplanetaria de tres capítulos: este equipo jamás será seguro atrás. ¿Para qué invertir en aquello que no da ganancia?

La defensa se puede reforzar con la atención sostenida del fondo y los volantes, y el trabajo sucio de algún delantero termocéfalo que interfiera la salida rival. Está visto que Lavezzi puede hacerlo en reemplazo de Agüero, lo que le quita refinamiento a la definición pero carga de electricidad la zona en la que no se suele recuperar la pelota.   

En 270 minutos Argentina se probó varias caretas, pero hay una sola que le queda bien: la que se parece a su cara.

*Escritor.



Juan José Becerra